La oración del intelecto en el corazón.

A veces oramos usando las palabras de oraciones ya compuestas; otras veces la oración nace directamente en nuestro corazón y, desde allí se eleva hacia Dios. Tal era la oración de Moisés ante el Mar Rojo. El apóstol se refiere a ese tipo de oración cuando dice: «Mediante la gracia, cantad en vuestro corazón al Señor». Explicando este texto, San Juan Crisóstomo escribe: «Cantad por la gracia del Espíritu, no es simplemente con los labios, sino con atención, permaneciendo en pensamiento ante Dios en vuestro corazón. He aquí lo que significa la expresión: cantando al Señor; de otro modo, el canto no sirve para nada y las palabras se desvanecen en el aire. No se canta para la asistencia. Incluso sobre la plaza pública, es posible dirigirnos a Dios en el interior de nosotros mismos, y cantar, sin ser escuchados por nadie. Es bueno orar en el corazón, incluso cuando se está en viaje, y ser elevado a las alturas por la oración». Solamente una oración semejante es una oración verdadera. La oración vocal no es una oración si tanto el intelecto como el corazón no oran igualmente.

Esta oración está formada en el corazón por la gracia del Espíritu Santo. Aquél que se vuelve hacia Dios y es santificado por los sacramentos, recibe al mismo tiempo un sentimiento de amor por Dios en el interior de sí mismo; desde ese momento, comienzan a construirse en su corazón los fundamentos del edificio que le permitirá elevarse hacia las alturas. Si no lo destruye por medio de una conducta indigna, ese sentimiento llegará a ser, con el tiempo, la perseverancia y el trabajo, una llama; pero si él lo destruye por su indignidad, aunque el camino del retorno y de la reconciliación con Dios no esté cerrado para él, ese sentimiento no le será ya otorgado en forma inmediata y gratuitamente. Tendrá ante él un largo y penoso esfuerzo para cumplir, para reencontrarlo a fuerza de oración. Pero Dios no rechaza a nadie.

Puesto que todos tienen la gracia, una sola cosa es necesaria: dejar a esta gracia en libertad de actuar. La gracia tiene libertad de actuar cuando el yo se encuentra desleído y las pasiones desarraigadas. Cuanto más purificado está nuestro corazón, más vivo llega a ser nuestro sentimiento hacia Dios. Y cuando nuestro corazón está enteramente purificado, entonces ese sentimiento de calor hacia Dios llega a ser un fuego. Incluso en aquéllos que han cesado por un tiempo de experimentar la obra de la gracia, este calor hacia Dios se reanima largo tiempo antes de que ellos hayan alcanzado una completa purificación de sus pasiones. No es todavía más que una semilla o una chispa, pero si se vela sobre ella con cuidado, brilla y comienza a llamear. Pero ella no es sin embargo todavía permanente; a veces se eleva y a veces vuelve a caer y, cuando brilla, no es siempre con la misma intensidad. Poco importa, por otra parte, con qué fuerza arde; esa llama de amor se eleva siempre hacia Dios y le canta su cántico. Es sobre ella que la gracia construye todo su edificio, pues está siempre presente en los creyentes. Aquéllos que se dan sin retorno a la gracia son guiados por ella; ella los forma y los educa de una manera que sólo ella conoce.

El sentimiento que se experimenta hacia Dios, incluso si no está acompañado de palabras, es una oración. Las palabras sostienen y a veces profundizan el sentimiento.

Conservad con cuidado ese don del sentimiento, que os es acordado por la misericordia de Dios. ¿Cómo? En primer lugar por la humildad, atribuyendo todo a la gracia y nada a vosotros mismos.
Desde que vosotros confiéis en vosotros mismos, la gracia disminuirá en vosotros y, si no os recuperáis, ella cesará por completo su obra Entonces sólo os restará lamentaros y gemir. Por lo tanto, considerándoos como polvo y ceniza, permaneced en la gracia y no volquéis vuestro corazón ni vuestro pensamiento hacia ninguna otra cosa, salvo por necesidad. Permaneced sin cesar con el Señor. Si la llama interior comienza a debilitarse un poco, inmediatamente esforzaos para que retome vigor. El Señor está cerca. Si os dirigís hacia Él con temor y contrición, inmediatamente recibiréis sus dones.

Extraído del libro “El arte de la oración”. Textos de Teófano el Recluso y otros autores espirituales.



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