La esencia de la oración

Sin oración espiritual interior, no hay oración en absoluto, pues sólo ella es la oración real, verdaderamente agradable para Dios. Lo que importa es el espíritu presente en el interior de las palabras de la oración. Sea la oración hecha en casa o en la iglesia, si la oración interior está ausente, las palabras no tienen más que la apariencia, y no la realidad de la oración.

¿Qué es, por consiguiente, la oración? La oración es la elevación del intelecto y del corazón hacia Dios, por la alabanza y la acción de gracias, por la súplica también, para obtener las cosas buenas que necesitamos, ya se trate de cosas espirituales o de cosas materiales. La esencia de la oración consiste, entonces, en la elevación espiritual del corazón hacia Dios. El intelecto, encerrado en el corazón, permanece totalmente consciente ante la faz de Dios, colmado de adoración, y expande ante él su amor. Esa es la oración espiritual, y toda oración debiera ser de tal naturaleza. La oración exterior, se haga en casa o en la iglesia, no es más que la expresión verbal y la forma de la oración; la esencia del alma de la oración está en el interior del intelecto y del corazón del hombre. Todo el orden de oraciones establecida por la Iglesia, todas las oraciones compuestas para el uso individual, están llenas de un movimiento de amor hacia Dios. Aquél que ora con sólo un poco de atención no puede evitar dirigirse hacia Dios, a menos que esté completamente desatento a lo que hace.

Nadie puede dispensarse de la oración interior.

No sabríamos vivir espiritualmente a menos de elevarnos hacia Dios por la oración; pero el único medio que tenemos de elevarnos así es la actividad espiritual, pues Dios es espíritu. Hay una oración espiritual que acompaña la oración vocal o exterior, ya sea en la casa o en la iglesia, hay también una oración espiritual que existe por sí misma, sin ninguna forma exterior y sin postura corporal; sin embargo, en uno y otro caso, la esencia es la misma. Esas dos formas de oración son obligatorias, tanto para el laico como para el monje.

El Salvador nos ha recomendado entrar en nuestra celda secreta y, allí, orar al Padre en secreto. «Esa celda secreta, dice San Dimitri de Rostov, significa el corazón». Por consiguiente, para obedecer al mandato de Dios, debemos orar a Dios secretamente con el intelecto en el corazón. Ese mandamiento se dirige a todos los cristianos. El apóstol Pablo da, también, el mismo consejo cuando dice: «Orad sin cesar, dirigiendo todas vuestras súplicas en el Espíritu» (Ef, 6, 18). Entiende por ello la oración espiritual del intelecto y recomienda a todos los cristianos sin distinción orar de esta manera. Recomienda también a todos los cristianos orar sin cesar (1 Tes., 5, 17). Sin embargo, la oración incesante sólo es posible cuando se ora con el intelecto en el corazón.

Cuando os levantéis por la mañana, permaneced con la mayor firmeza posible ante Dios en vuestro corazón, mientras ofrecéis vuestras oraciones; luego, id al trabajo, que es la voluntad del Señor respecto a vosotros, sin que vuestros sentimientos ni vuestra conciencia se alejen de él. De esta manera, cumpliréis vuestro trabajo con las facultades de vuestro cuerpo y de vuestra alma, pero en vuestro intelecto y en vuestro corazón, permaneceréis con Dios.

La oración exterior no es suficiente.

La oración exterior, por sí sola, no basta. Dios mira el intelecto y no son verdaderos monjes los que no unen la oración interior a la oración exterior. En su estricto sentido, la palabra «monje» significa un recluso, un solitario. Aquél que no ha entrado en sí mismo no es todavía un recluso, no es todavía un monje, aunque viva en el más aislado de los monasterios. El intelecto del asceta que no está recogido y encerrado en sí mismo habita, necesariamente, en el tumulto y la agitación. Esto sucede porque él deja entrar libremente una multitud de pensamientos. Su intelecto erra, sin fin ni necesidad, a través del mundo en su detrimento. El retiro del hombre al interior de sí mismo no puede hacerse sin la ayuda de una oración atenta y, en particular, la práctica atenta de la Oración de Jesús.

Alcanzar la apatheia y la santidad – es decir, la perfección cristiana -, es algo imposible para quien no ha adquirido la oración interior. Todos los Padres están de acuerdo sobre ese punto.

El sendero de la oración auténtica se hace mucho más estrecho cuando el asceta comienza a penetrar en él, gracias a la actividad del hombre interior. Sin embargo, cuando él entra en ese camino estrecho y siente hasta qué punto ese camino es necesario para la salvación, y llega a amar su actividad en la celda interior, entonces llega también a amar la estrechez de su vida exterior, porque ella le sirve de claustro y es el lugar de la actividad interior.

Extraido del libro «El arte de la oración» de Teófano el recluso y otros autores espirituales





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