La esencia de la vida cristiana

Las personas se preocupan de la educación cristiana pero la dejan incompleta. Desdeñan el aspecto más esencial y más difícil y permanecen en lo que es más fácil, lo visible y lo exterior.

Esta educación imperfecta y mal dirigida, forma cristianos que observan lo más correctamente posible todas las reglas y las formas exteriores de una vida devota, pero que se interesan poco o nada en los movimientos interiores del corazón y en el progreso verdadero de la vida interior. Evitan pecar gravemente, pero no velan sobre los pensamientos de su corazón. Se permiten a veces juzgar a los demás, se dejan llevar por el orgullo o la vanagloria, entran en cólera (como si ese sentimiento pudiera ser justificado por una buena causa), se dejan distraer por la belleza o los placeres, ofenden a los demás en sus momentos de irritación, son demasiado perezosos para orar, o se pierden en pensamientos vanos en el momento de la oración. No se turban por tales cosas, considerándolas insignificantes. Van a la iglesia y oran en sus hogares según una regla establecida, se dedican a sus ocupaciones habituales y están perfectamente satisfechos de sí mismos y en paz. Pero no se preocupan casi de lo que pasa en su corazón. Es posible que, durante todo ese tiempo, cultiven malos pensamientos, quitando a su vida, honesta y piadosa, todo el valor que ella pudiera tener.

Tenemos ahora el caso de alguien que conoció algunas debilidades en su vida cristiana. Toma conciencia de sus insuficiencias, constata la imperfección del camino que sigue y la inestabilidad de sus esfuerzos. Se separa entonces de lo que su piedad tenía de formalista para esforzarse en alcanzar una vida interior. Es llevado a ello por la lectura de libros espirituales, por conversaciones con aquellos que conocen la esencia de la vida espiritual o incluso por la insatisfacción que le producen sus propios esfuerzos, por cierta intuición de que algo le falta y que no todo está como debiera.

A pesar de la aparente honestidad de su vida, no ha encontrado la paz. Le falta lo que ha sido prometido a los verdaderos cristianos: «paz y alegría en el Espíritu Santo» (Rom. 14, 17). Una vez que este pensamiento turbador se introduce en él, sus conversaciones con personas experimentadas, o sus lecturas, le revelan lo que no anda bien. Ve el defecto esencial de su vida: su falta de atención a los movimientos interiores de su corazón y su falta de dominio de sí.

Comprende entonces que la esencia de la vida cristiana consiste en permanecer ante Dios con el intelecto unido al corazón, en Cristo Jesús, por la gracia del Espíritu Santo. Llega a ser, entonces, capaz de controlar todos sus movimientos interiores y todas sus acciones exteriores, a fin de ponerlo todo al servicio de la Santa Trinidad, haciendo consciente y libremente una ofrenda de todo su ser a Dios.

Intelecto, corazón, sentimientos

Una vez que se ha tomado conciencia de lo que es verdaderamente la esencia de la vida cristiana y cuando se ha descubierto que se trata de algo que todavía no se posee, el intelecto se pone a trabajar en la esperanza de adquirirlo. Se comienza a leer, a reflexionar y a hablar. Se llega a comprender que la vida cristiana depende de la unión con el Señor. Pero, mientras se reflexiona en esta verdad solamente con la inteligencia, ella permanece lejos del corazón, y no es de ningún modo «sentida». Y, por ese hecho, no da fruto.

Mirad hacia el interior; ¿qué encontráis allí?

En ese momento, el hombre, preocupado, mira hacia el interior de sí mismo: ¿Qué descubre allí? Un vagabundaje de pensamientos y pasiones en incesante movimiento, un corazón frío y duro, la obstinación y la desobediencia, el deseo de hacer todo según la propia voluntad. En una palabra, se descubre interiormente en muy mal estado. Viendo esto, su celo se inflama y pone esfuerzos encarnizados para desarrollar su vida interior, para controlar sus pensamientos y las disposiciones de su corazón.

Los consejos que recibe le demuestran la necesidad de velar sobre sí mismo, de vigilar los movimientos interiores del corazón. Para no aceptar nada malo, es necesario conservar el recuerdo de Dios. Se pone entonces a la obra para llegar a ese recuerdo, para detener tanto el viento como la marea de sus pensamientos. No puede evitar sus malos sentimientos y sus impulsos malvados, del mismo modo que no se puede evitar el mal olor de un cadáver. Su intelecto, tal como un pájaro mojado y transido, no puede elevarse hasta el recuerdo de Dios.

¿Qué hacer entonces? Sed paciente, se le dice, y continuad vuestros esfuerzos. Continúa pues, pero en su corazón todo permanece idéntico. Finalmente, encuentra a alguien experimentado que le explica que todo ese desorden proviene de que sus fuerzas íntimas están divididas. El intelecto y el corazón deben estar unidos, entonces, el vagabundaje de los pensamientos se detendrá y habrá encontrado un timonel para dirigir la barca, una palanca gracias a la cual podrá poner en movimiento todo ese mundo interior.

¿Pero, cómo unir el intelecto y el corazón? Tomad el hábito de pronunciar esta oración: «Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí», poniendo cuidado en mantener siempre la atención del intelecto en el corazón. Y esta oración, si aprendéis a hacerla bien, o mejor, cuando ella esté injertada en vuestro corazón, os conducirá al fin que deseáis. Unirá en vosotros el intelecto y el corazón, arrancará vuestros pensamientos de su vagabundaje habitual y os dará el poder de dirigir los movimientos de vuestra alma.

Extraido del libro «El arte de la oración» de Teófano el recluso y otros autores espirituales

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