Podemos distinguir tres etapas:
- el hábito de la oración vocal común, en la iglesia o en la casa.
- la unión de los pensamientos y de los sentimientos de piedad con el intelecto y el corazón.
- la oración continua.
La Oración de Jesús puede ir a la par con la primera o la segunda de esas etapas, pero su verdadero lugar se encuentra con la oración continua. La condición principal para tener éxito en la oración es purificar al corazón de todas las pasiones y de toda ligazón con las realidades sensibles; a falta de ello, la oración permanecerá siempre en el primer grado, es decir, vocal. Cuanto más purificado esté el corazón, en mayor medida la oración vocal llegará a ser oración del intelecto en el corazón, y cuando el corazón haya llegado a ser totalmente puro, entonces la plegaria continua se establecerá en él ¿Cómo puede llegarse a esto? En la iglesia, seguid los oficios y retened los pensamientos y los
sentimientos que allí experimentáis. En vuestra casa, despertad en vosotros el pensamiento y el sentimiento de la oración, y conservadlo en vuestra alma con la ayuda de la Oración de Jesús.
Otras distinciones
La oración comporta diferentes grados. Al comienzo es sólo una oración en palabras pronunciadas, pero debe acompañarse de la oración del intelecto y del corazón que le da calor y estabilidad. Más tarde, la oración del intelecto en el corazón conquista su independencia; es a veces activa; estimulada por el esfuerzo personal, y a veces actúa por sí misma y es otorgada como un don. La oración en tanto que don es la misma cosa que la atracción interior hacia Dios y se desarrolla a partir de dicha atracción. Más tarde, cuando el estado del alma se ha estabilizado bajo la influencia de esa atracción, la oración del intelecto en el corazón llega a ser constantemente activa. Todas las atracciones pasajeras, experimentadas anteriormente, son transformadas en estado de contemplación; y es allí que comienza la oración contemplativa. El estado de contemplación es una captación del espíritu, y de la visión toda entera, por un objeto espiritual tan cautivante que todas las cosas exteriores son olvidadas y permanecen enteramente ausentes de la conciencia. El espíritu y la conciencia se sumergen tan totalmente en el objeto contemplado que es como si nosotros no lo poseyéramos más.
Oración del hombre, don de la oración, oración de éxtasis
Existe la oración que el hombre realiza, y existe la oración que Dios mismo otorga a aquél que ora (I. Sam. 2,9) (7). ¿Quién no conoce la primera?. Debéis conocer también la segunda, al menos en su comienzo. Quien desea acercarse al Señor comienza a hacerlo por medio de la oración. Comienza a ir a la iglesia, a orar en su casa, con la ayuda de un libro de oraciones o no. Sin embargo, sus pensamientos continúan vagabundeando. No llega a dominarlos. A pesar de todo, cuanto más se sostiene en la oración, en mayor medida sus pensamientos se calman y su oración llega a ser pura. Pero la atmósfera del alma no está verdaderamente purificada hasta que una pequeña llama espiritual no se haya encendido allí. Esa llama es la obra de la gracia, no de una gracia especial, sino de la gracia común a todos. Esta llama aparece cuando el hombre alcanza un cierto grado de pureza en el orden de su vida moral. Cuando se enciende esa pequeña llama, o cuando un calor permanente se forma en el corazón, el torbellino de los pensamientos se aplaca. Sucede al alma la misma cosa que a la mujer que padecía flujo de sangre: «El flujo cesó» (Lúe 8, 44). Cuando se llega a ese estado, la oración llega a ser más o menos continua; y es aquí que la Oración de Jesús sirve de intermediario. Este es el límite que puede alcanzar la oración realizada por el hombre. Creo que esto está bien claro para vosotros.
Más allá de ese estado, nos puede ser acordado otro tipo de oración, que es dada al hombre en lugar de ser realizada por él. El espíritu de oración se expande en el hombre y lo conduce hacia las profundidades del corazón, como si fuera tomado de la mano y conducido por la fuerza de un lugar a otro. El alma es mantenida cautiva por una fuerza que la invade, y ella prefiere permanecer así en el interior, tanto tiempo como esa fuerza irresistible de la oración mantenga sobre ella su dominio. Este «desvanecimiento» se hace en dos etapas. En el curso de la primera, el alma ve todo y permanece consciente de sí misma y de todo lo que la rodea; permanece capaz de razonar y de gobernarse, puede poner fin a ese estado si lo quiere. Esto también debe quedar bien claro para vosotros.
Sin embargo, los Santos Padres, y especialmente San Isaac el Sirio, mencionan un segundo grado de oración que es dado al hombre y desciende sobre él. Isaac considera que esta oración, que él llama éxtasis o arrobamiento, es más elevada que la descrita más arriba. En ésta también el espíritu de oración desciende sobre el hombre; pero el alma llevada por él, entra en tal estado de contemplación que olvida todo lo que la rodea, cesa de razonar y se contenta con contemplar. No tiene ya el poder de controlarse ni de poner fin a ese estado. Recordad aquello que los santos Padres relatan sobre un hermano que entró en oración antes de la comida de la tarde y no volvió en sí hasta el día siguiente por la mañana. Esa es la oración de contemplación, o de arrobamiento. Esta oración es acompañada, entre algunos, por una iluminación del rostro, o una luz que los envuelve o incluso, por la levitación. El apóstol San Pablo estaba en ese estado cuando fue arrebatado hasta el paraíso, y los santos profetas estaban también en ese estado cuando fueron arrebatados por el Espíritu.
Admirad la inmensa misericordia de Dios hacia nosotros, pecadores. Hacemos un pequeño esfuerzo y he aquí en qué maravillas culmina. Se puede, entonces, decir con derecho a aquéllos que luchan: continuad, pues vale la pena.
