Deseo y sed de Dios

¿Qué sucede a aquél que desea ardientemente orar, o que es atraído por la oración y qué debe hacer? Cada uno tiene experiencia de ese deseo, en mayor o menor grado mientras avanza en el camino de la vida cristiana, – si es que ha comenzado a buscar a Dios mediante un esfuerzo personal -, y hasta que alcanza finalmente el fin deseado: la comunión viviente con Él. Esta experiencia se continúa, por otra parte, cuando el fin ha sido alcanzado. Es un estado que recuerda el de un hombre sumergido en profundos pensamientos, encerrado en sí mismo, concentrado en su alma, no prestando atención a lo que lo rodea, a las gentes, a las cosas, a los acontecimientos. Sin embargo, cuando un hombre está sumergido en sus pensamientos, es el intelecto el que actúa, mientras que aquí es el corazón.

Cuando sobreviene la sed de Dios, el alma está recogida en sí misma y permanece ante la faz de Dios; a veces, ella despliega, ante él, las esperanzas y los sufrimientos de su corazón, como Ana, la madre de Samuel; a veces, ella le rinde gloria, como la muy santa Virgen María; o incluso, permanece ante él en la admiración, como lo hizo a menudo San Pablo. En ese estado, toda actividad personal, todo pensamiento y todo proyecto se detiene; la atención deja de aplicarse a las cosas exteriores. El alma en sí misma no quiere ya interesarse en nada.

Esto puede suceder cuando se está en la iglesia o durante la oración, durante una lectura o una meditación, incluso durante alguna ocupación exterior o mientras uno se encuentra acompañado. Pero
en ningún caso depende de nuestra voluntad. Aquél que ha experimentado alguna vez esta sed no puede olvidarla y busca volverla a sentir; la busca, pero no logrará jamás hacerla volver mediante sus propios esfuerzos; ella viene por sí misma. Una sola cosa depende de nuestra libre voluntad: cuando ese estado
de deseo sobreviene, no permitáis que cese, sino poned la mayor atención en darle la posibilidad de permanecer en vosotros durante el mayor tiempo posible.

La oración interior comporta dos estados. El primero es arduo, es el de aquél que se esfuerza en alcanzarlo por sí mismo; en el otro, la oración brota y actúa por sí misma; se es involuntariamente
arrastrado a él, mientras que el primero debe ser objeto de un esfuerzo constante. En verdad, por sí mismo, ese esfuerzo está destinado al fracaso, pues nuestros pensamientos están siempre
dispersos; sin embargo, testimonia nuestro deseo de alcanzar la oración incesante, y es por ello que atrae sobre nosotros la misericordia del Señor; es por su causa que Dios, de tiempo en tiempo, colma nuestro corazón de un impulso irresistible a través del cual la oración espiritual se revela a nosotros bajo su verdadera forma.

En la oración puramente contemplativa, las palabras y los pensamientos desaparecen, no por nuestra voluntad, sino por impulso previo. La oración del intelecto se transforma en oración del corazón, o mejor, en oración del intelecto en el corazón; su aparición coincide con la del calor en el corazón. A partir de ese momento, en el curso normal de la vida espiritual, no hay ninguna otra. Esta oración, profundamente arraigada en el corazón, puede prescindir de palabras y de pensamientos; puede consistir únicamente en permanecer en presencia de Dios, abriéndole nuestro corazón en la adoración y el amor. Es un estado en el cual se es irresistiblemente empujado a permanecer interiormente en presencia de Dios; o bien es la visita del espíritu de oración. Pero todo esto no constituye todavía la verdadera oración contemplativa, que es el estado de oración más elevado, y que sólo aparece de tiempo en tiempo entre los elegidos por Dios.


Extraido del libro «El arte de la oración» de Teófano el recluso y otros autores espirituales




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