Hablando de la necesidad de la oración, el apóstol nos muestra cómo debemos orar si queremos ser escuchados: «Haced toda clase de oraciones y súplicas»-, dice, en otros términos: «Orad con ardor, con dolor en el corazón, con un ardiente deseo de amar a Dios». Luego agrega: «Orad sin cesar», en todo tiempo. Por medio de esas palabras nos invita a orar con perseverancia e infatigablemente. La oración no debe ser una ocupación limitada a cierto tiempo sino un estado permanente del espíritu. «Tened cuidado, dice San Juan Crisóstomo, de no limitar vuestra oración a un momento particular de la jornada». Es necesario orar en todo tiempo. El apóstol recomienda: «Orad sin cesar» (1 Tes. 5, 17) y, finalmente, nos invita a orar «en el espíritu»; en otros términos, la oración no debe ser solamente exterior, sino también interior, una actividad del intelecto en el corazón. Es en esto donde reside la esencia de la oración, en elevar el intelecto y el corazón hacia Dios.
Los santos Padres hacen, sin embargo, una distinción entre la oración del intelecto en el corazón y la oración suscitada por el Espíritu. La primera es una actividad consciente del hombre en oración, mientras que la segunda es dada al hombre; y aunque él no sea consciente de ello, ella actúa por sí misma, independientemente de sus esfuerzos. Este segundo tipo de oración, suscitada por el Espíritu, no es algo de lo que se pueda recomendar la práctica, pues no está en nuestras posibilidades realizarla. Podemos desearla, buscarla y recibirla con gratitud, pero no podemos alcanzarla cuando queremos. Sin embargo, en aquéllos cuyo corazón está purificado, la oración es, generalmente, movida por el Espíritu. Una oración semejante conserva al alma consciente ante el rostro de Dios omnipresente. Atrayendo hacia sí el rayo divino y reflejando a partir de sí ese mismo rayo, ella dispersa los enemigos. Se puede decir con certitud que ningún demonio puede aproximarse al alma que ha llegado a un estado semejante. Es sólo de esta manera que podemos orar siempre y en todas partes.
El Salvador también enseña la necesidad de la constancia y de la perseverancia en la oración en la parábola de la viuda importuna que consiguió ganar su causa ante el juez inicuo mediante la perseverancia en sus súplicas (Lúe. 18, 1-18). Aparece pues, claramente, que la oración incesante no es una prescripción accesoria, sino la característica esencial del espíritu cristiano. Según el apóstol, la vida de un cristiano está «oculta con Cristo en Dios» (Col. 3, 3). El cristiano debe, por consiguiente, vivir continuamente en Dios, con atención y sentimiento; hacer esto, es orar sin cesar. San Pablo nos enseña, también, que todo cristiano es «el templo de Dios», en el cual «permanece el Espíritu de Dios». Es ese Espíritu, siempre presente, el que ora en él «con gemidos inefables» (Rom. 8, 26), y el que le enseña cómo orar sin cesar.
La primera manifestación de la gracia, cuando ella se emplea en la conversión de un pecador, es volver su intelecto y su corazón hacia Dios. Más tarde, después que el pecador se ha arrepentido y consagrado su vida a Dios, la gracia, que no actúa en él más que exteriormente, desciende sobre él y permanece allí por medio de los sacramentos; entonces, el hecho de tener el intelecto y el corazón vueltos hacia Dios, que constituye la esencia de La oración, llega a ser en él un estado permanente. Esto sólo se hace por grados y, corno sucede con cualquier otro don, ese don debe ser conservado. Ello se logra mediante el esfuerzo en la oración y, en particular, por una práctica paciente y atenta de las oraciones de la Iglesia. Orad sin cesar, ejercitaos en orar, y llegaréis a la oración continua, que actuará por sí misma en vuestro corazón sin que haga falta un esfuerzo especial.
Es evidente que no basta, para observar el consejo del apóstol, practicar simplemente ciertas oraciones prescriptas a horas fijas; es necesario que se marche continuamente ante Dios, que se le consagren todas las actividades a aquél que ve todo y que está presente en todas partes, que se eleve un llamado cada vez más ferviente hacia el cielo, con el intelecto en el corazón. La vida entera, en todas sus manifestaciones, debe estar impregnada por la oración. Pero el secreto de esta vida es el amor del Señor. Como la novia que ama a su prometido está siempre con él por el recuerdo y por el pensamiento, así, el alma unida a Dios por el amor, permanece constantemente con él y le dirige ardientes súplicas desde el fondo de su corazón. «Aquél que está unido al Señor forma un solo espíritu con El» (1, Co. 6, 17).
Extraido del libro «El arte de la oración» de Teófano el recluso y otros autores espirituales
