Bajo la mirada de Dios

La práctica de la Oración de Jesús es simple. Permaneced ante el Señor con la atención en el corazón y decidle: «¡Señor Jesucristo. Hijo de Dios, ten piedad de mí!» El aspecto esencial de esta oración no se encuentra en las palabras, sino en la fe, la contrición, el abandono al Señor. Con tales sentimientos, se puede incluso permanecer ante el Señor sin ninguna palabra, y estar, sin embargo, en oración.

Trabajad recitando la Oración de Jesús. Que Dios os bendiga. Sin embargo, al hábito de recitar esta oración oralmente, agregad el recuerdo del Señor, acompañado de temor y piedad. Lo principal es marchar ante Dios, o bajo la mirada de Dios, conscientes de que Dios nos mira, que busca nuestra alma y nuestro corazón, que ve todo lo que pasa. Esta conciencia es la palanca más poderosa que existe en el mecanismo de la vida espiritual.

Está escrito en los libros que, cuando la Oración de Jesús adquiere fuerza y se establece en el corazón, nos colma de energía y expulsa la somnolencia. ¡Pero, una cosa es decir que ella viene habitualmente a la lengua y, otra, que se ha establecido en el corazón!

Penetrad profundamente en la Oración de Jesús con toda la fuerza de que seáis capaces. Ella realizará la unidad en vosotros, os comunicará un sentimiento de fuerza en el Señor y tendrá por resultado que permanezcáis sin cesar con él, ya sea que estéis solos o con otros, que os dediquéis a los cuidados de la casa, que leáis u oréis. Solamente, no atribuyáis el poder de esta oración a la repetición de ciertas palabras, sino al hecho de que conserváis el intelecto y el corazón vueltos hacia el Señor, repitiendo esas palabras. Dicho de otro modo, a la actividad que acompaña esa repetición.

La corta invocación dirigida a Jesús tiene un fin muy elevado, como es el de profundizar y hacer permanecer el recuerdo de Dios y nuestros sentimientos hacia él. Los llamados que dirigimos a Dios son demasiado fácilmente interrumpidos por la primera impresión que sobreviene; y a pesar de esos llamados, los pensamientos continúan bullendo en la cabeza a la manera de un enjambre de mosquitos. Para hacer cesar ese vagabundaje, hemos de ligar nuestro intelecto a un pensamiento único, o al solo pensamiento del Único. Una oración breve ayuda a realizar eso y a tornar el intelecto simple y unificado; ella desarrolla un sentimiento de amor hacia Dios y lo injerta en el corazón.

Cuando el sentimiento se despierta en nosotros la conciencia del alma se establece en Dios, y el alma comienza a hacer todas las cosas según la voluntad de Dios.

Al mismo tiempo que recitamos la oración, debemos mantener nuestro pensamiento y nuestra atención vuelta hacia Dios; si reducimos nuestra oración sólo a las palabras, seremos como un bronce que suena.

Sobre el fruto de esta oración, se dice que no hay nada más elevado en el mundo. Es falso. ¡La oración de Jesús no es un talismán! Nada en las palabras de la Oración, ni en su recitado, puede, por sí mismo, dar fruto. Todos los frutos pueden obtenerse sin esta oración, e incluso sin ninguna oración vocal, mientras se mantenga simplemente el intelecto y el corazón dirigidos hacia Dios.

La esencia de la oración consiste en permanecer establecido en el recuerdo de Dios y marchar en su presencia. Podéis decir cualquier cosa. «Seguid el método que queráis, recitad la Oración de Jesús, haced inclinaciones y postraciones, id a la iglesia, haced lo que queráis; solamente, recordad constantemente a Dios». Recuerdo haber encontrado en Kiev a un hombre que decía: «No he empleado ningún método, no conocía la Oración de Jesús, sin embargo, por la misericordia de Dios marcho continuamente en su presencia; cómo ha sucedido esto, no lo sé. Dios me ha otorgado ese don».

Incluso cuando recitamos la Oración de Jesús debemos continuar conservando el pensamiento de Dios; de lo contrario, la oración será sólo un alimento desechado. Es bueno que el nombre de Jesús se ligue a nuestra lengua, pero esto no nos impedirá forzosamente dejar de recordar a Dios, ni tampoco nos preservará de los pensamientos que se le oponen. Todo depende, pues, de la constancia de la mirada dirigida hacia Dios, consciente y libremente, y del esfuerzo realizado para permanecer en ese estado.

La Oración de Jesús es como cualquier otra oración. Si es más poderosa que ninguna otra es, únicamente, en virtud del nombre de Jesús, nuestro Señor y Salvador. Pero es necesario invocar ese nombre con una fe total y sin hesitación, con una certidumbre profunda de la proximidad de Dios, sabiendo que él ve, que él entiende, que él escucha con extrema atención nuestra demanda y que se mantiene listo para responder a ella y acordarnos lo que buscamos. Semejante esperanza no es jamás defraudada. Si lo que pedimos no nos es otorgado inmediatamente, esto puede provenir de que no estamos listos para recibirlo.

Respecto a las técnicas físicas, Los métodos mecánicos descritos en las obras de los Padres son perfectamente reemplazados por una lenta repetición de la oración, con una breve pausa después de cada invocación, una respiración calma y lenta, y el hecho de mantener el intelecto encerrado en las palabras de la oración. Con ayuda de estos medios es fácil progresar en la atención. Con el tiempo, el corazón comienza a vivir «en simpatía» con el intelecto que ora. Poco a poco esta simpatía se cambia en unión del intelecto con el corazón; y entonces las técnicas mecánicas sugeridas por los Padres aparecen por sí mismas.


Extraido del libro «El arte de la oración» de Teófano el recluso y otros autores espirituales





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