El calor del corazón

Si vuestro corazón toma calor con la lectura de las oraciones ordinarias y ellas os abrasan de amor por Dios, entonces manteneos en ellas.

La Oración de Jesús carece de valor si se dice mecánicamente. No es más útil, entonces, que cualquier otra oración recitada por la lengua y los labios. Recitando la Oración de Jesús, intentad daros cuenta, al mismo tiempo, de que nuestro Señor está próximo, que él permanece en vuestra alma y sabe todo lo que pasa en vosotros. Despertad en vosotros la sed de vuestra salvación y la certidumbre de que sólo nuestro Señor puede otorgárosla. Entonces, recurrid a aquél a quien veis ante vosotros en pensamiento y decidle: «Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí», o bien: «Oh misericordioso Señor, sálvame por el medio que conoces». No son las palabras lo que cuenta, sino vuestros sentimientos hacia el Señor.

La llama espiritual que hace arder nuestro corazón por Dios, nace del amor que sentimos hacia él. Como él es enteramente Amor, cuando toca el corazón, lo enciende e inmediatamente el corazón se abrasa de amor por él. Es esto lo que debéis buscar.

Que la Oración de Jesús esté sobre vuestra lengua, que Dios esté presente en vuestro intelecto, y que en vuestro corazón esté la sed de Dios, de la comunión con el Señor. Cuando todo esto haya llegado a ser permanente, el Señor, viendo vuestros esfuerzos, os acordará lo que le pedís.

¿Qué deseamos y buscamos mediante la Oración de Jesús?. Deseamos que el fuego de la gracia se encienda en nuestro corazón, y buscamos el comienzo de la oración incesante que pone de manifiesto el estado de gracia. Cuando la chispa divina cae en el corazón, la Oración de Jesús sopla sobre ella y hace brotar la llama. La oración no produce por sí misma la chispa, sino que nos ayuda a recibirla; ¿cómo lo hace? Recogiendo nuestros pensamientos y volviendo nuestra alma capaz de permanecer ante el Señor y de marchar en su presencia. Eso es lo más Importante: permanecer y marchar ante Dios, llamarlo desde el fondo del corazón. Es lo que hacía Máximo de Kapsokalyvia, y todos los que buscan el fuego de la gracia deben hacer lo mismo. No deben preocuparse de palabras ni de actitudes corporales, pues Dios ve el corazón.

Os digo esto porque demasiadas personas olvidan que la oración debe brotar del corazón. Todas sus preocupaciones se dirigen a las palabras y a las posturas del cuerpo, y cuando han recitado la Oración de Jesús un cierto número de veces en su postura preferida, o con postraciones, se muestran satisfechos y contentos de sí mismos, y están inclinados a criticar a aquéllos que van a la iglesia para participar, allí, en la oración común. Algunos pasan así toda su vida, y están vacíos de la gracia.

Si alguien pregunta cómo llevar a buen término la obra de la oración, le respondería: «Tomad el hábito de marchar en presencia de Dios, recordadlo y permaneced en adoración. Para mantener ese recuerdo, elegid algunas oraciones breves y repetidlas a menudo con los sentimientos y los pensamientos que corresponden. Mientras os acostumbráis a esto, el recuerdo de Dios iluminará vuestro espíritu y dará calor a vuestro corazón; y cuando hayáis alcanzado ese estado la chispa de Dios, el rayo de la gracia, terminará por llegar a vuestro corazón. No existe medio por el que vosotros mismos impulséis la oración, eso sólo puede venir directamente de Dios. Cuando la chispa haya llegado, dedicaos solo a la Oración de Jesús y, por su intermedio, convertid esa chispa en una llama. Es el camino más directo.

Extraido del libro «El arte de la oración» de Teófano el recluso y otros autores espirituales




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