
Ahora os explicaré cómo encender en vuestro corazón un continuo hogar de calor. Recordad cómo se puede producir el calor en el mundo físico: se frotan dos trozos de madera uno contra otro y el calor viene, luego el fuego; o bien se expone un objeto al sol: se calienta, y si se concentran suficientemente los rayos sobre él, terminará por inflamarse. De la misma manera se produce el calor espiritual. La fricción necesaria es la lucha y la tensión de la vida ascética; la exposición a los rayos del sol es la oración interior hecha a Dios.
El fuego puede ser encendido en el corazón por el esfuerzo ascético, pero este esfuerzo por sí solo no inflama fácilmente el corazón. Muchos obstáculos cierran el camino. Esa es la razón por la cual, hace tiempo, los hombres, deseando ser salvados y experimentados en la vida espiritual, deseando ser movidos por la inspiración divina y sin abandonar su combate ascético, descubrieron otro medio de calentar el corazón. Nos han transmitido su experiencia. Ese medio parece simple y fácil, pero de hecho, no es sin dificultades que se llega al fin. Ese recurso, para alcanzar nuestro fin, es la oración interior que dirigimos, de todo corazón, a nuestro Señor y Salvador. He aquí cómo se la debe practicar: permaneced con vuestro intelecto y vuestra atención en el corazón, persuadidos de que el Señor está cerca y os escucha, y suplicadle con fervor: «Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador». Haced esto constantemente, ya sea que estéis en la iglesia, en casa, en viaje, en el trabajo, en la mesa o en el lecho, en una palabra, desde el momento en que abrís los ojos hasta que los cerréis para dormir. Será exactamente como si mantuvierais un objeto bajo el sol, pues se trata de manteneros vosotros mismos ante la faz del Señor que es el sol del mundo espiritual. Al principio deberéis fijar un momento bien determinado, por la mañana o la tarde, para consagrarlo exclusivamente a esta oración. Luego descubriréis que la oración comienza a dar su fruto, ella se apoderará de vuestro corazón y se arraigará profundamente en él.
Cuando todo esto se hace con celo, sin negligencia ni omisión, el Señor mira a su servidor con misericordia y enciende un fuego en su corazón; ese fuego demuestra con certeza que la vida espiritual se ha despertado en lo más secreto de vuestro ser y que el Señor reina en vosotros.
El rasgo distintivo de ese estado, en el cual el Reino de Dios nos es revelado, o bien -lo que es igual- en el cual la llama espiritual arde incesantemente en el corazón, es que el ser todo entero se concentra en su vida interior. Toda la conciencia se recoge en el corazón y permanece allí en presencia de Dios. Esparcimos ante él todos nuestros sentimientos, nos posternamos en su presencia con un humilde arrepentimiento, listos para consagrar toda nuestra vida a su solo servicio. El alma permanece en ese estado día tras día, desde el despertar hasta el momento de acostarse; ello se continúa a través de las diversas actividades de la jornada, hasta que el sueño cierra nuestros ojos. Una vez que este orden se estableció en nosotros, los desórdenes que dominaban nuestra vida en el pasado, cesan.
La impresión de insatisfacción y de frustración que nos turbaba antes de qué esta llama espiritual fuera encendida en nuestro corazón, el vagabundaje del espíritu que debíamos soportar, todo ello cesa. La atmósfera del alma se aclara, se libera de nubes. Solo permanece un único pensamiento y un solo recuerdo, el pensamiento y el recuerdo de Dios. La claridad reina en nosotros y, en esta claridad, cada movimiento es necesario y apreciado según su valor en la luz espiritual que emana del Señor al que se contempla. Todo pensamiento malo, todo sentimiento malo que asalta el corazón, es perseguido victoriosamente desde su aparición. Si algo opuesto a Dios se desliza en nosotros a pesar nuestro, es rápidamente confesado con humildad al Señor, y lavado por el arrepentimiento interior o por la confesión exterior, de modo que la conciencia permanece siempre pura en presencia de Dios. En recompensa por toda esta lucha interior, obtenemos la audacia de aproximarnos a Dios en una oración que arde incesantemente en nuestro corazón. Ese calor constante de la oración es la verdadera respiración de esta vida, de tal modo que el progreso en nuestro peregrinaje espiritual se detiene cuando se extingue ese calor interior, igual que la vida del cuerpo se extingue cuando cesa la respiración natural.
Yo no pretendo que todo se cumpla desde el momento en que alcanzamos ese estado de comunión consciente con el Señor. No se trata más que del comienzo de la etapa siguiente, del comienzo de un nuevo capítulo de nuestra vida en Cristo. A partir de ahora, la transfiguración o la espiritualización del alma y del cuerpo comienza, mientras participamos cada vez más en el espíritu de vida que está en Jesucristo.
Habiendo adquirido el dominio de sí mismo, el hombre comienza a hacer penetrar en él todo lo que es verdadero, sano y puro, y a rechazar todo lo que es falso, malo y carnal. Hasta el presente, esto exigía de él los esfuerzos más encarnizados, cuyo fruto siempre se le escapaba; todo lo que conseguía realizar era internamente destruido inmediatamente. Ahora todo es diferente; se mantiene sólidamente de pie, no cede jamás ante las dificultades, y realiza todo lo necesario para alcanzar la finalidad de su vida.
Según San Barsanufio, cuando recibimos en nuestro corazón el fuego que el Señor arroja sobre la tierra (Luc. 12, 49), todas nuestras facultades comienzan a arder en nosotros. Cuando, por un largo frotamiento, el fuego es finalmente encendido y la leña comienza a arder, crepita y arroja humo hasta que está bien encendida; pero, cuando lo está, parece enteramente penetrada por el fuego y proporciona dulce calor y una agradable luz, sin humo ni crujidos. Lo mismo se produce en nosotros. Recibimos el fuego y comenzamos a arder. Pero en medio de humo y de crujidos, ¡solo aquéllos que han hecho la experiencia lo saben! Pero cuando el fuego está bien encendido, el humo y los crujidos cesan, y solo la luz continúa reinando. Ese estado es un estado de pureza y el camino que a él conduce es largo, pero el Señor es muy misericordioso y todopoderoso. Ello pone de manifiesto que, cuando un hombre ha recibido en él el fuego de, una constante comunión con Dios, debe esperar el esfuerzo y no la paz, pero luego, ese esfuerzo será dulce y fructuoso, mientras que, anteriormente era amargo y estéril.
Extraido del libro «El arte de la oración» de Teófano el recluso y otros autores espirituales