
El problema que, más que cualquier otro, debe preocupar a aquél que quiere encontrar a Dios, es el desorden de sus pensamientos y de sus deseos. Debe poner todo su celo en eliminar ese desorden. Sólo existe un medio para lograrlo: adquirir el sentimiento espiritual, es decir el calor del corazón unido al recuerdo de Dios.
Cuando ese calor se encienda en vosotros, vuestros pensamientos se calmarán, vuestra atmósfera interior se aclarará, los primeros movimientos de vuestra alma, buenos o malos, os aparecerán con toda claridad desde su nacimiento y tendréis el poder de eliminar inmediatamente lo que sea malo. Esa luz interior se extiende igualmente a las cosas exteriores y revela lo que hay de bueno o malo en ellas; ella proporciona la fuerza de elegir lo que es bueno, a pesar de todos los obstáculos. En una palabra, a partir de ese momento comenzará para vosotros esa vida espiritual auténtica y efectiva que buscasteis hasta ese momento, y que sólo se manifestaba en vosotros de manera esporádica.
Ese deseo de Dios del que os hablaba más arriba trae también un calor, pero un calor temporario que cesa cuando cesa el deseo. Pero el calor del que ahora se trata, por el contrario, es permanente y mantiene la atención del intelecto constantemente fijada en el corazón.
Cuando el intelecto está en el corazón esa unión del intelecto y del corazón realiza de hecho la restauración de nuestro organismo espiritual.
El Señor vendrá a esparcir su luz en vuestro entendimiento, para purificar vuestras emociones y guiar vuestras actividades. Sentiréis en vosotros fuerzas que no conocíais. Esa luz vendrá, imperceptible a los sentidos y a la vista, invisible y espiritual, soberanamente eficaz. El signo de este acontecimiento es el nacimiento de un calor constante en el corazón. Cuando el intelecto permanece en el corazón, este calor constante infunde allí el recuerdo de Dios, os da el poder de permanecer en el interior de vosotros mismos; entonces todas vuestras potencialidades interiores llegan a ser realidades. Aceptáis lo que es agradable a Dios y rechazáis lo que le disgusta. Todas vuestras acciones son cumplidas con una conciencia precisa de lo que Dios quiere que ellas sean; recibís la fuerza de gobernar el curso de vuestra vida, tanto interior como exterior, y os convertís en amo de vosotros mismos. El hombre, en ese estado, es habitualmente más pasivo que activo. Cuando el corazón experimenta conciencia de la presencia de Dios en él, alcanza su plena libertad de acción. Es entonces que se cumple la promesa: «Si el hijo os libera, seréis verdaderamente libres» (Juan 8, 36). Es esto, y no algo totalmente desconocido lo que el Señor os da.
Extraido del libro «El arte de la oración» de Teófano el recluso y otros autores espirituales
«solo hay un medio para lograrlo: el sentimiento espiritual»
SENTIR ES EL SECRETO
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Que Dios nos conceda avivar el fuego de su Espíritu Santo y arder en amor a Él!
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