
El espíritu de la gracia vive en los cristianos desde el momento en que han sido bautizados y recibido el crisma. Y la participación en los sacramentos del arrepentimiento y la comunión ¿no es también el medio de recibir torrentes de gracia?
Aquellos que ya recibieron el Espíritu, es útil que recuerden estas palabras: «No extingáis el Espíritu» (I. Tes. 5, 19). Pero, ¿Cómo se puede además, decirles: «Sed colmados del Espíritu Santo?». La gracia del Espíritu Santo es en verdad, comunicada a todos los cristianos, pues tal es el poder de la fe. Pero el Espíritu Santo, viviendo en los cristianos, no realiza por sí mismo su salvación; colabora con la libre determinación de cada uno. Es en ese sentido que el cristiano puede ofender o extinguir al Espíritu, o contribuir por el contrario a la manifestación perceptible de su acción en él. Cuando esto sucede, el cristiano se siente en un estado extraordinario, que se expresa por una alegría profunda, apacible y dulce, elevándose a veces hasta el alborozo del espíritu: es decir la exultación espiritual. Oponiéndolo a la ebriedad producida por el vino, el Apóstol dice que no debemos buscar esta última, sino la exultación que llama «estar colmado por el Espíritu Santo». El mandato: «Sed colmados del Espíritu Santo» nos exhorta, simplemente, a conducirnos de manera de cooperar con el Espíritu, o bien, de permitirle obrar libremente en nosotros, de manifestarse en nosotros por medio de un toque perceptible.
El Señor, una vez que ha entrado en comunión con el espíritu del hombre, no lo llena completamente en forma inmediata, ni lo habita enteramente. Esto no proviene de una vacilación de su parte, pues él está siempre listo a llenarlo todo, sino surge de nosotros, porque en nosotros las pasiones todavía están mezcladas con las potencias de nuestra naturaleza, todavía no fueron ni separadas de ellas ni reemplazadas por las virtudes que se les oponen.
Mientras cada uno pone todo su celo en combatir a sus pasiones, es necesario mantener el ojo del intelecto dirigido hacia Dios. Ese es un principio fundamental que debemos recordar sin cesar si queremos llevar una vida agradable a Dios. Nos servirá para discernir la rectitud o la perversión de las reglas y obras ascéticas que pensamos emprender.
Debemos tener viva conciencia de esta necesidad de estar incesantemente orientados hacia Dios, pues parece que todos los errores cometidos en la vida activa provienen de la ignorancia de ese principio.
En vez de concentrar toda la atención sobre su conducta exterior, el asceta debe fijarse, como fin, estar atento y vigilante, y marchar en presencia de Dios. Si Dios lo otorga, experimentaréis enseguida una especie de herida en el corazón; y entonces, lo que deseáis, o algo todavía mejor, vendrá por sí mismo. Un cierto ritmo se pondrá en movimiento y hará progresar todo correctamente, de una manera coherente y apropiada, sin que tengáis siquiera que pensar en ello. Entonces llevaréis vuestro amo en vosotros mismos, más sabio que ningún otro amo de la tierra.
Extraido del libro «El arte de la oración» de Teófano el recluso y otros autores espirituales