
Recordad la parábola de la levadura oculta en tres medidas de harina. La presencia de la levadura en la pasta no es visible inmediatamente, permanece oculta durante cierto tiempo; más tarde su acción se hace visible; finalmente, penetra toda la pasta. De la misma manera, el reino interior comienza por ser secreto; luego se revela y, finalmente, se abre y aparece en todo su poder.
Se revela, como hemos dicho más arriba, por la aspiración espontánea de retirarnos en nosotros mismos y permanecer en presencia de Dios. El alma no actúa ya por sus propias fuerzas, es movida por una influencia exterior. Alguien la toma a su cargo y la guía interiormente. Es Dios, la gracia del Espíritu Santo, el Señor y Salvador; poco importa como lo nombréis, el sentido es siempre el mismo. Dios muestra de ese modo que acepta la ofrenda del alma y desea llegar a ser el amo; al mismo tiempo acostumbra al alma a su dominación, revelándole su verdadera naturaleza.
Hasta que siente en él esta aspiración —y ello no se produce de golpe— el hombre parece actuar por sus propias fuerzas, aunque en realidad esté sostenido por la gracia; pero la acción de la gracia permanece oculta. Pone toda su atención y su buena voluntad en recogerse en sí mismo y recordar a Dios, en rechazar los pensamientos malos o inútiles y realizar todos sus deberes de una manera que sea agradable a Dios. Se ejercita y se aplica hasta quedar agotado, pero no consigue nada; sus pensamientos lo distraen, los movimientos de sus pasiones lo dominan, hay desorden y errores en su trabajo. Todo ello se produce porque Dios todavía no ha tomado las cosas en su mano. Pero, tan pronto como lo hace (lo que sucede cuando se es presa de un deseo no deliberado de permanecer en el interior de sí mismo, en su presencia), todo vuelve al orden. Es el signo de que el rey está allí.
Extraido del libro «El arte de la oración» de Teófano el recluso y otros autores espirituales