
Lo que es esencial durante la oración, es unir el intelecto al corazón. Esto no puede lograrse más que por la gracia de Dios y en el tiempo señalado por él.
Las técnicas son ventajosamente reemplazadas por una recitación apacible de la Oración. Es necesario hacer una breve pausa entre cada invocación, la respiración debe ser calma y apacible, y el intelecto debe permanecer encerrado en las palabras de la oración. Por ese medio, se puede fácilmente alcanzar cierto grado de atención.
Muy rápidamente el corazón comienza a sentirse en simpatía con la atención del intelecto mientras ora; comienza entonces a existir acuerdo entre el corazón y el intelecto y, poco a poco, ese acuerdo se transformará en unión del intelecto y del corazón: de ese modo, la manera de orar recomendada por los Padres se establecerá por sí misma.
Los métodos mecánicos y corporales nos han sido propuestos, únicamente, como medios de lograr fácil y rápidamente la atención en la oración, jamás como algo esencial.
La práctica de la Oración de Jesús alcanza su cumbre cuando se llega a la oración pura, la que es coronada por la apátheia o perfección cristiana, don de Dios, que él acuerda a esos luchadores espirituales cuando le place. San Isaac el Sirio dijo: «Pocos reciben el don de la oración pura. Apenas se encuentra en cada generación una sola persona que alcanza el misterio cumplido en la oración pura y que, por la gracia y el amor de Dios, alcanza la otra ribera del Jordán».
Extraido del libro «El arte de la oración» de Teófano el recluso y otros autores espirituales