La ermita del corazón



Soñáis con una ermita pero ya la tenéis, pues vuestra ermita está allí donde estéis. Sentaos en silencio y decid: «¡Señor, ten piedad!». ¿Si os aisláis del resto del mundo, cómo cumpliréis la voluntad de Dios? Simplemente preservando en vosotros el estado interior que debe ser el vuestro. ¿Y cuál es? Es el recuerdo incesante de Dios, mantenido con temor y piedad, y acompañado por el pensamiento de la muerte. El hábito de marchar en presencia de Dios y recordarlo es el aire que se respira en la vida espiritual. Puesto que somos creados a imagen de Dios, ese hábito nos debería resultar totalmente natural; si está ausente, es porque hemos caído lejos de Dios. Esa caída nos obliga a luchar por adquirir el hábito de vivir en su presencia. Todo nuestro esfuerzo ascético debe consistir en permanecer conscientemente a la presencia de Dios. Sin embargo, hay, además, otras actividades secundarias que son, también, parte de la vida espiritual, y es necesario esforzarse por dirigir esas actividades hacia su verdadero fin. Ya sea la lectura, la meditación o la oración, todas nuestras actividades, todas nuestras ocupaciones y nuestros contactos, deben ser conducidos de tal manera que no nos distraigan de la presencia de Dios.

El fondo de nuestra conciencia y de nuestra atención debe estar siempre concentrada en el recuerdo de Dios. El intelecto está en la cabeza y los intelectuales viven siempre en la cabeza. Viven cerebralmente y sufren una incesante turbulencia de pensamientos. Esa turbulencia no permite a la atención concentrarse sobre un solo pensamiento. El intelecto no puede, en tanto está en la cabeza, concentrarse únicamente en el recuerdo de Dios. Es necesario volver a traerlo a cada instante. Esa es la razón por la cual aquellos que desean establecer en sí mismos ese pensamiento único de Dios deben abandonar su cabeza, descender con el intelecto en el corazón, y permanecer allí en una atención continua. Es, entonces, solamente cuando el intelecto está unido al corazón, que es posible esperar tener éxito en mantener el recuerdo de Dios. He aquí el fin que debéis tener constantemente ante los ojos y hacia el cual debéis avanzar. No penséis que esta tarea sobrepasa vuestras fuerzas, pero no os la figuréis tampoco tan fácil que os bastará desearla para obtenerla.

La primera cosa que se debe hacer es atraer el intelecto hacia el corazón recitando vuestras oraciones con el sentimiento que corresponde a su sentido, pues son los sentimientos del corazón los que, habitualmente, gobiernan al intelecto. Si hacéis bien ese primer paso vuestros sentimientos se adaptarán al contenido de vuestra oración. Pero, además de esa primera clase de sentimientos, existen otros, mucho más fuertes y más dominantes, sentimientos que cautivan a la vez nuestra conciencia y nuestro corazón, sentimientos que encadenan el alma y no le dejan ninguna libertad porque retienen toda la atención. Ellos son de un género particular y, tan pronto como hacen su aparición, el alma comienza a orar por sí misma con sus propias palabras y sus propios sentimientos. Es necesario no interrumpir jamás esta efusión de sentimientos y de oraciones que nacen en el corazón; no intentéis continuar, sino deteneos inmediatamente, pues debéis dejarlos en total libertad para expresarse, hasta que se hayan agotado y vuestras emociones hayan retornado a su nivel habitual. Esta segunda forma de oración es más poderosa que la primera y sumerge el intelecto en el corazón más rápidamente. Sin embargo, ella no puede manifestarse más que después de la primera, o al mismo tiempo.

Cuando oráis con sentimiento, ¿dónde se encuentra vuestra atención, sino en el corazón? Obtened el sentimiento y adquiriréis también la atención. La cabeza es un mercado de pulgas llenado por la multitud. No se puede orar a Dios en ese lugar. Si en ciertos momentos la oración va bien y se prosigue como por propio impulso, es un buen signo, ello quiere decir que comienza a injertarse en el corazón. Tened cuidado de no dejar que vuestro corazón se ate y esforzaos por mantener a Dios en la memoria, por verlo ante vosotros y trabajar en su presencia.

Extraido del libro «El arte de la oración» de Teófano el recluso y otros autores espirituales



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