Alguien que está siempre allí



Creed firmemente que, aunque estéis solos hay siempre, no solamente cerca de vosotros, sino en vosotros, alguien que os mira y sabe todo lo que sucede en vuestro interior. Lo que os escribí concerniente a la recitación frecuente de la Oración de Jesús durante la jornada se revelará como un medio muy poderoso para alcanzar ese fin.

Trabajad así y orad a Dios para que vele a fin de acordaros la gracia de saber lo que significa “tener una herida en el corazón”, como dice el Padre Partheno. Esto no sucede al primer intento. Os será necesario, tal vez un año o más de trabajo asiduo, antes de que se manifieste alguna cosa. Que Dios os bendiga en esta obra y sobre esta ruta. No veáis en esto algo secundario, sino la tarea principal de vuestra vida.

Tanto tiempo como dura vuestro desorden interior, incluso si oráis, vuestro corazón permanece frío, es movido raramente por un sentimiento de calor y una oración ferviente. Cuando esta confusión interior es dominada, el calor de la oración llega a ser constante y el corazón se enfría sólo raramente, siendo además, este estado, rápidamente superado al volver pacientemente a la regla de vida y a las ocupaciones que despiertan ese sentimiento de calor.

La actitud del corazón hacia los ataques de la vanidad y de las pasiones, será también muy diferente. ¿Quién puede dejar de sentir dichos ataques? Sólo que, anteriormente, ellos penetraban en el corazón, tomaban posesión de él y lo cautivaban por la fuerza, de tal modo que él estaba constantemente sucio por el placer que obtenía de los malos pensamientos, aún si ellos no lo llevaban al pecado. Ahora, cuando el ataque se prepara, el guardián, la atención, se mantiene permanentemente a la entrada del corazón y, por el nombre de Nuestro Señor Jesucristo, rechaza al enemigo. Sólo muy raramente el enemigo logra introducir en el alma alguna tentación, esta es, por otra parte, inmediatamente notada, rechazada, purificada por el arrepentimiento, y no queda de ella ningún rastro.

Durante el período de búsqueda, antes que se alcance este estadio, se pasa años sentado al borde del agua, como el enfermo de la piscina de Bethesda, implorando «No tengo a nadie para que me arroje al agua (Juan, 5, 7). ¿Cuándo llegará el Salvador de Israel, él, que puede arrojarnos en la piscina de aguas vivificantes? ¿Cómo es posible que él, que hemos acogido en nosotros, nos haga languidecer así? Es nuestra propia falta, él está en nosotros, pero nosotros no estamos en su presencia. Es por ello que debemos volver a entrar en nosotros mismos para encontrarlo.

Hemos leído bastante, ahora nos es necesario actuar; bastante hemos mirado como los otros avanzan, nos es necesario marchar.



Extraido del libro «El arte de la oración» de Teófano el recluso y otros autores espirituales

Deja un comentario