
Mas aquí es de notar que no cualquier grado de caridad basta para dar al hombre esta paz y hartura interior de que hablamos, sino sola la perfecta caridad. Para lo cual es de saber que esta virtud así como va cresciendo, así va obrando en el ánima mayores y más excelentes efectos.
Porque primeramente ella (cuando Dios lo ordena) trae consigo un conoscimiento experimental de la bondad, suavidad y nobleza de Dios: del cual conoscimiento nasce una grande inflamación de la voluntad, y desta inflamación un maravilloso deleite, y deste deleite un encendidísimo deseo de Dios, y del deseo una nueva hartura, y de la hartura una embriaguez, y désta una seguridad y cumplido reposo en Dios, en el cual nuestra ánima descansa y tiene su sábado espiritual con él.
En lo cual parece que estos ocho grados van de tal manera encadenados, que uno abre camino para el otro, y el que precede, abre camino y dispone para el que se sigue.
Porque el primer grado (que es aquel conoscimiento experimental de Dios) es una muy principal puerta por donde entran los dones y beneficios de Dios en el ánima, y la enriquecen grandemente. Porque deste conoscimiento que está en el entendimiento (aunque derivado del gusto de la voluntad) procede una grande inflamación y fuego en esa misma voluntad, con el cual arde en el amor de aquella inmensa bondad y benignidad que allí se le descubrió.
Y deste fuego nasce un suavísimo deleite, que es aquel manna escondido, que nadie conosce sino el que lo ha probado, el cual es propriedad natural que anda en compañía del amor y procede del, así como la lumbre naturalmente procede del sol.
Éste es uno de los principales instrumentos que toma Dios para sacar los hombres del mundo y destetarlos de todos los deleites sensuales. Porque es tan grande la ventaja que hace este deleite á todos los otros deleites, que fácilmente renuncia el hombre á todos los otros por él. Y porque las cosas espirituales son tan excelentes y tan divinas, que mientras más se gustan, más se desean, luego deste gusto nasce un encendidísimo deseo de gozar y poseer este tesoro, porque ya el ánima en ninguna otra cosa halla verdadero gusto ni descanso sino en él. Y porque sabe que este bien se alcanza con el trabajo de las virtudes y aspereza de vida y con la imitación de aquel Señor que dice: Yo soy camino, verdad y vida, nadie viene al Padre sino por mí, de aquí nasce otro encendidísimo deseo, no sólo de meditar, sino también de imitar la vida deste Señor, y andar por todos los pasos que él anduvo. Y los pasos son humildad, paciencia, obediencia, pobreza, aspereza, mansedumbre, misericordia, y otros tales.
A este deseo sucede la hartura (tal cual en esta vida se puede poseer) porque no da Dios deseos á los suyos para atormentarlos, sino para cumplirlos y disponerlos para cosas mayores. Y así como él es el que mata y da vida, así también él es el que da á los suyos el deseo y la hartura, con la cual se engendra en el ánima un tan grande hastío de las cosas del mundo, que las viene á tener como debajo los pies, con lo cual queda ella pacíflca, satisfecha y contenta con solo este dulcísimo bocado, en quien halla todos los gustos y deleites juntos, y conosce por experiencia que en ninguna otra cosa puede la criatura racional hallar cumplido reposo, sino en solo él.
A este tan alto grado sucede la embriaguez, que sobrepuja á la hartura, á que nos convida el Esposo en el libro de los Cantares: con la cual el ánima se olvida de todas las cosas perecederas y á veces de sí misma, por estar sumida y anegada en el abismo de la infinita bondad y suavidad de Dios.
Desta celestial embriaguez se sigue el séptimo grado, que es seguridad, aunque no perfecta cual es la de la gloria, sino cual se sufre en esta vida, que es mayor de lo que nadie puede imaginar: con la cual canta el hombre alegremente con el Profeta (según traslada S. Hierónimo) diciendo: Tú, Señor, me heciste morar seguro en la confianza . Porque después de probada por tales medios la inmensidad de la bondad y providencia paternal de Dios, viene á participar una maravillosa seguridad y confianza en esta providencia, la cual le hace animosamente decir aquellas palabras del Profeta: El Señor es nuestro refugio y nuestra fortaleza, por tanto no temeremos, aunque se turbe la tierra y se trastornen los montes y vengan á caer en el corazón de la mar.
Pues desta tan grande seguridad y confianza nasce la tranquilidad del ánima, que es un cumplido reposo, una holganza espiritual, un silencio interior, un sueño reposado en el pecho del Señor, y es finalmente aquella paz que el Apóstol dice que sobrepuja todo sentido, porque no hay seso humano que baste á comprehender lo que es, sino aquél que la ha probado.
Y la felicidad destos dos postreros grados prometió el Señor á sus escogidos por Isaías, cuando dijo: Asentarse ha mi pueblo en la hermosura de la paz, y en los tabernáculos de la confianza, y en un descanso cumplido y abastado de todos los bienes.
Éste es, hermano mío, el reino del cielo en la tierra, y el paraíso de deleites de que podemos gozar en este destierro, y éste es el tesoro escondido á los ojos del mundo en la heredad del Evangelio, por el cual el sabio mercader vende todo cuanto tiene por alcanzarlo.
DEL TRATADO DEL AMOR DE DIOS DEL MEMORIAL DE LA VIDA CRISTIANA DE FRAY LUIS DE GRANADA.