
San Juan Crisóstomo escribió: «Preguntáis: ¿Qué sucederá si Cristo está en nosotros? ‘Si Cristo está en vosotros, vuestro cuerpo está muerto al pecado, mientras vuestro espíritu vive para la justicia” (Rom. 8, 10)».
Si no tenéis en vosotros el Espíritu Santo, ya veis el mal que de ello resulta: la muerte, la enemistad respecto a Dios, la imposibilidad de serle grato sometiéndoos a su ley y de pertenecer a Cristo y poseerlo en vosotros. Ved también qué dulce es ser el templo del Espíritu, pertenecer a Cristo, llevarlo en sí con los ángeles; pues tener un cuerpo muerto al pecado significa el comienzo de la vida eterna, la posesión, en esta vida, de la garantía de la resurrección y la fuerza para avanzar por el camino de la virtud. Notad que el Apóstol no dice solamente «el cuerpo está muerto»; él agrega «al pecado»; comprended bien que es el pecado de la carne el que está muerto, no el cuerpo mismo. No es el cuerpo en tanto tal, al que se refiere el Apóstol. Por el contrario, quiere que el cuerpo, aunque muerto, esté siempre vivo. Cuando nuestro cuerpo, en lo que se refiere a las reacciones carnales, no difiere de aquellos que yacen en la tumba, se trata de un signo seguro de que poseemos en nosotros al Hijo y que el Espíritu permanece en nosotros.
Igual que las tinieblas no pueden habitar con la luz, todo lo que es carnal, apasionado y malo, no puede permanecer en presencia de nuestro Señor Jesucristo y de su Espíritu; pero, igual que la existencia del sol no excluye la de las tinieblas, la presencia del Hijo y del Espíritu no destruye inmediatamente todo lo que es malo y apasionado en nosotros; ella, simplemente, despoja al pecado del poder que ejercía sobre nuestra voluntad. Cuando una ocasión se presenta, los elementos apasionados e inclinados al mal que llevamos en nosotros se manifiestan y solicitan nuestra conciencia y nuestra voluntad. Si nuestra conciencia les presta atención existe un gran riesgo de que nuestra voluntad se vuelva igualmente hacia ellos. Pero si, en ese momento, nuestra conciencia y nuestra voluntad vigilan esas inclinaciones y se alinean del lado del espíritu, si ellas se vuelven hacia nuestro Señor y su Espíritu, todo lo que existía en nosotros de carnal y apasionado será inmediatamente llevado como el humo por el viento. Esto muestra que la carne está muerta y no tiene fuerzas.
He aquí pues una regla general para todos los cristianos cualquiera sea la etapa de la vida espiritual en que se encuentren: si alguien permanece firmemente con su conciencia y su voluntad, del lado del espíritu, en una unión viviente y consciente con nuestro Señor y su Espíritu, nada carnal o apasionado podrá subsistir en él, no más que las tinieblas ante el sol o el frío frente al fuego. En ese caso, la carne está completamente muerta y sin movimiento. Es de ese estado del que habla San Pablo en el texto citado por San Juan Crisóstomo. San Macario de Egipto, por su parte, también lo describe más de una vez.
La regla que debemos seguir en la vida espiritual está bien descrita por San Hesiquio. La esencia de su enseñanza es esta: «Cuando la carne y las pasiones se levantan, separaos de ellas con desprecio y disgusto y volveos en la oración hacia nuestro Señor Jesucristo que está en vosotros. Entonces, lo que es carnal y apasionado desaparecerá inmediatamente”.
Extraido del libro «El arte de la oración» de Teófano el recluso y otros autores espirituales