
«Cualquier cosa que hagáis, en palabras o en actos, hacedlo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por El a Dios Padre» (Col 3,17)
San Pablo habla aquí de la tercera manera por la cual probamos que nuestra morada secreta está en Dios, que se trata de hacerlo todo en el nombre del Señor Jesús. En lo que se refiere a los otros dos métodos, por medio del primero – la lectura de la Santa escritura y la asimilación de las verdades que contiene- liberamos nuestro espíritu de las imaginaciones vanas e impuras y lo llenamos de pensamientos buenos, interesándonos sólo en las cosas divinas; por medio del segundo – la oración- tomamos el hábito de recordar constantemente al Señor y de marchar en su presencia. Estos dos métodos mantienen nuestra atención y nuestros sentimientos absortos en Dios.
¿Parece, tal vez, que esto es suficiente? Parece, pero no es así. Si esos dos métodos se utilizan solos, no nos conduce al fin que deseamos. El hombre no solo es pensamiento y sentimiento, es, ante todo, acción. Está siempre en movimiento, constantemente en actividad. Sin embargo, cada acción implica atención y sentimiento. El hombre que actúa es atrapado completamente por su actividad. Como Consecuencia, el hombre que busca a Dios descubrirá pronto que, por causa de ciertas cosas que hace, su pensamiento se aleja de Dios y, después de su pensamiento, sus sentimientos. Sus ocupaciones lo hacen descender desde el cielo a la tierra y lo hacen salir de la soledad con Dios para entrar en relación con otros hombres. Pues nuestras ocupaciones son casi todas visibles, porque se cumplen en medio de otras criaturas y objetos sensibles. Se desprende de ello, pues, que las ocupaciones del hombre no están organizadas de manera que sea preservada esa soledad en Dios; los dos primeros métodos resultan estériles y le llegará a ser imposible practicarlos como debe. Las ocupaciones nos distraen, incluso la lectura de las Sagradas Escrituras e incluso la oración. Por eso, el Apóstol, en el pasaje que acabamos de citar, nos enseña cómo hacer de todas nuestras actividades un medio para preservar nuestra vida secreta en Dios: hacer todo en el nombre del Señor. Si llegamos a acostumbrarnos a esto, no nos alejaremos jamás del Señor, ni en pensamiento ni en nuestros sentimientos. Hacer todo en el nombre del Señor quiere decir hacer todo para su gloria y con el deseo de complacerlo, habiendo comprendido bien su voluntad, incluso en las cosas más corrientes. De esta manera, los miembros del cuerpo trabajan como instrumentos, mientras que los pensamientos y los sentimientos están dirigidos hacia El señor, preocupados por cumplir su tarea una manera agradable a Dios y para su gloria.
Este método es mas eficaz que los otros dos para alcanzar seguramente nuestro objetivo. El éxito de los dos primeros métodos depende del éxito del tercero. Pues los dos primeros son de carácter mental, mientras que, a través de la acción, el pensamiento penetra todo nuestro ser. Cuando nuestra acción es santificada por su consagración a Dios, mientras la cumplimos, cierto elemento divino penetra todos los órganos y todas las potencias que participan en el trabajo. Cuanto mayor es el número de las acciones, más numerosos son los elementos divinos que penetran en el hombre. Finalmente, lo llenan completamente, de manera que toda su naturaleza está inmersa en lo divino y habita en Dios. Poco a poco, como esta orientación hacia Dios llega a ser un hábito, la oración, con la inquietud de lo que está bien, se establece también más sólidamente. La oración y la adoración impregnan el trabajo que es cumplido por la gloria de Dios; y como permanecemos en lo divino, nuestras acciones están dotadas de más fuerza y más eficacia.
San Pablo resume todas nuestras actividades en dos expresiones: palabras y acciones. Las palabras son pronunciadas por los labios, las acciones son cumplidas por los otros miembros. Desde el momento en que uno se despierta hasta que se duerme, está ocupado en una y otra actividad. Nuestras palabras corren casi sin detenerse, mientras que los diversos movimientos del cuerpo siguen continuamente. iQué magnífica ofrenda se haría a Dios, si todo esto fuera hecho para su gloria! Para que nuestras palabras sirvan para la gloria de Dios, es necesario desterrar no sólo los malos propósitos, sino igualmente la habladuría hueca e inútil; es necesario que subsista una sola forma de conversación, la que edifique a nuestros hermanos o por lo menos no les cause ningún daño.
Así debemos consagrar a Dios este don de la palabra que recibimos, recitando oraciones. Por otra parte, orientando nuestras acciones hacia la gloria de Dios, podemos no sólo desembarazarnos de las malas acciones llevadas a cabo bajo el efecto de la codicia o de la irritación (tales cosas no deberían venir al espíritu de un cristiano), sino llegar igualmente a ser capaces de ver con qué espíritu debemos cumplir esas acciones en la medida en que sean permitidas, necesarias y útiles. Esto libera nuestra actividad de toda búsqueda de sí, de toda servidumbre con respecto al mundo y a sus caminos.
Hacer todo en el nombre de Dios quiere decir orientar todo hacia su gloria, intentar cumplir todo de una manera que le sea agradable, porque ésa es su voluntad. Quiere decir, igualmente, envolver cada acción, comenzarla con oración y terminarla con oración: cuando comenzamos, pedir la bendición de Dios; durante el trabajo, implorar su ayuda; y, al terminar, darle gracias por haber querido cumplir su obra en nosotros y a través de nosotros.
Teófano el Recluso