
¿Qué hacemos cuando somos atacados por un malhechor? lo golpeamos y pedimos ayuda. Nuestros gritos alertan a los guardias, que vienen en nuestra ayuda. Debemos hacer lo mismo en nuestro combate interior contra las pasiones. Llenos de cólera contra ellas, gritad hacia dios: “¡ayúdame, Señor!”. “¡Jesucristo, Hijo de Dios, Sálvame!” “¡oh Dios, apresúrate a socorrerme!” “¡señor, ven en mi ayuda!”. Habiendo llamado de este modo al Señor, no dejéis vagar vuestra atención lejos de él, no la dejéis ocuparse de lo que pasa en vosotros, sino permanecer en presencia del Señor, e implorad su ayuda. El enemigo huirá como perseguido por el fuego.
No nos pongamos a discutir con nuestros pensamientos apasionados. Volvámonos inmediatamente hacia Dios con temor, con devoción y confianza, abandonándonos totalmente a su protección. Actuando así, rechazamos nuestras pasiones lejos del eje de nuestro intelecto y solo miramos al Señor. Puesto que no le otorgamos ninguna atención, el pensamiento apasionado es sustraído del alma; ella lo aparta por sí misma si ha despertado por alguna causa natural, y si el enemigo se encuentra allí es también abatido por el rayo de luz interior que brota de la contemplación del señor. Tan pronto como el alma se vuelve hacia Dios y lo invoca, es liberada del asalto de las pasiones.
Teófano el Recluso