Distracción y seducción del corazón. Perseverar en el recuerdo de Dios.




Me decís que estáis sujeto a distracciones. Este es el primer ataque del enemigo y es peligroso para nuestro orden interior. Cuando entréis en comunicación con otras personas y os ocupéis de negocios seculares, hacedlo de tal modo que mantengáis al mismo tiempo, el recuerdo del Señor. Actuad y hablad siempre con la certidumbre de que El Señor está cerca y dirige todas las cosas según su buen parecer. Si, por consiguiente, algo requiere vuestra atención, preparaos de ante mano para que podáis ocuparos de ella sin abandonar al Señor, permaneciendo todo el tiempo en su presencia. Orad para que esto os sea acordado. Es ciertamente posible adquirir este hábito. Haceos simplemente una regla de actuar de este modo a partir de ahora.

El segundo ardid del enemigo que nos impide permanecer en nosotros mismos es la ligazón del corazón a alguna cosa que lo mantiene en cautividad, pues es peor que la distracción. Esto no es lo que os ha sucedido y habéis vuelto rápidamente a vuestro estado habitual. Pero si vuestro corazón hubiera estado ligado a alguna cosa habríais debido sostener una larga lucha para liberaros. En ese caso lo primero que se debe hacer es arrancar del corazón el objeto que lo mantiene cautivo y luego provocar un cambio completo de las disposiciones interiores. Mantened todo esto en vuestro espíritu y protegeos por todos los medios contra las distracciones y más aún contra ese embrujamiento del corazón. El remedio es siempre el mismo; no dejar que la atención se aleje del Señor ni perder la conciencia de su presencia.

¿Por qué una larga conversación deja un sentimiento de tristeza? porque en el curso de la conversación vuestra atención se aleja del Señor. Esto no le agrada al Señor y os hace tomar conciencia de ello poniéndoos tristes. Habituaos a permanecer sin cesar con el Señor mientras hacéis cualquier cosa y haced todas las cosas por él intentando actuar en armonía con sus mandamientos. Entonces no os sentiréis jamás tristes, pues sabréis que estáis siempre en tren de cumplir su obra.






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