Una vida espiritual auténtica




Todo tipo de ocupación es bueno desde el momento en que ayuda a mantener la atención dirigida hacia Dios. No necesito precisar a que ocupaciones quiero referirme. Si una ocupación no enriquece vuestra vida de oración, es necesario abandonarla y tomar otra. Por ejemplo, abrís un libro y comenzáis a leer, pero esto no adelanta. Dejáis ese libro de lado y tomáis otro. Si ello tampoco resulta tomáis un tercero, y si sucede lo mismo dejad la lectura y haced postraciones o bien meditad. Deberéis tener algún trabajo manual que no distraiga vuestra atención.

Cuando vuestra atención hacia Dios este despierta y la oración continua en vuestro interior, es mejor no emprender nada. Manteneos sentado o caminad o mejor aún manteneos de pie ante los iconos y orad. Cuando la oración se debilita alimentad su fervor por medio de la lectura o la meditación.

Las reglas son necesarias para aquellos que entran a un monasterio a fin de que se acostumbren a las actividades y ocupaciones monásticas, pero mas tarde, cuando han alcanzado ciertas percepciones interiores y, particularmente, el calor del corazón, las reglas dejan de ser estrictamente necesarias. En general no debemos ligarnos excesivamente a las reglas, sino permanecer libres a su respecto no teniendo mas que un fin: Mantener la atención dirigida hacia Dios en un sentimiento de adoración.

Nuestro cuerpo debe estar siempre tenso como una cuerda de violín, como un soldado en la guardia, y no debemos dejar que se ablande. Y esto, no solamente cuando caminamos o estamos sentados sino igualmente cuando estamos de pie o acostados.

Todo lo que debemos hacer, sea importante o no, debe ser cumplido como si la mirada de Dios estuviera fija sobre nosotros. Todo visitante, toda persona debe ser recibido como un mensajero de Dios. El primer problema que debemos plantearnos interiormente es: ¿Qué es lo que El Señor desea que haga con esta persona o por ella? Debemos recibir a cada uno como la imagen de Dios; con respeto; listos para ir en su ayuda siempre que podamos.

No compadecerse a si mismo, estar siempre listo a prestar servicio, abandonarse totalmente al Señor. Esas son las cosas que construyen una vida espiritual auténtica.



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