
La Oración de Jesús contiene pocas palabras, pero esas palabras lo contienen todo. Desde los tiempos antiguos se ha reconocido que esta Oración, cuando se ha convertido en un hábito, podía reemplazar toda otra oración vocal. Aquéllos que buscan la salvación no deben ignorar este Método. Si es utilizado de la manera descrita por los santos Padres, esta oración tiene un gran poder; pero entre aquéllos que adquirieron el hábito de recitarla, no todos alcanzan a descubrir ese poder, no todos alcanzan su fruto. ¿Por qué? Porque quieren adquirir por sí mismos lo que es un don gratuito de Dios y solo puede venir de la gracia.
No tenemos necesidad de ninguna ayuda particular de Dios para comenzar la obra que consiste en recitar esta oración por la mañana, por la tarde, sentados, caminando, acostados, trabajando, descansando. Actuando siempre de esa manera, podemos habituar nuestra lengua a repetir la oración, incluso sin esfuerzo consciente. Una cierta tranquilidad de espíritu puede nacer de este hábito y también una especie de calor en el corazón. «Pero todo esto no es más que la acción y el fruto de nuestros propios esfuerzos» dice el monje Nicéforo, en la Filocalia.
Detenerse allí, satisfecho de la facilidad con que se repite, como un loro, las palabras «Señor, ten piedad», es imaginar que se ha llegado a algo, cuando en realidad no se ha llegado a nada. Es lo que sucede cuando se adquiere el hábito de repetir esta oración maquinalmente, sin comprender lo que ella es realmente. El resultado es que uno se contenta con esos efectos naturales que la oración produce en los debutantes, sin ir más lejos. Pero aquél que ha comprendido verdaderamente la naturaleza de la oración continúa buscando; se da cuenta de que, cualquiera sea la diligencia en seguir las indicaciones de los antiguos, la verdadera recompensa de la oración se le escapará siempre; cesará entonces de esperarla de su esfuerzo personal y pondrá toda su esperanza en Dios. Desde entonces, la gracia puede actuar en él y, en un cierto momento, conocido sólo por ella, implantará la oración en su corazón. Todo, tal como lo enseñan los antiguos, permanecerá exteriormente igual, la diferencia se hallará en la fuerza interior.
Lo que es verdad de esta oración, lo es igualmente de toda otra forma de progreso espiritual. Un hombre de temperamento violento puede ser sorprendido por el deseo de superar su irritabilidad y adquirir la dulzura. Se encuentra en los libros que tratan de la ascesis instrucciones precisas sobre los medios de llevar a cabo esta transformación mediante una seria auto-disciplina. Este hombre puede leer esas instrucciones y seguirlas, ¿pero, hasta dónde llegará por sus propias fuerzas? No más allá de un silencio exterior durante sus accesos de cólera. Jamás llegará, por sí mismo, a extinguir completamente la cólera ni a establecer la dulzura en su corazón. Eso solo se puede hacer cuando la gracia invade el corazón y lo colma de dulzura.
Esto es verdad para toda cualidad espiritual. Lo que buscáis buscadlo con todas vuestras fuerzas, pero no esperéis que vuestra búsqueda y vuestros esfuerzos alcancen el fruto por ellos mismos. Poned vuestra confianza en el Señor, no atribuyéndoos nada a vosotros mismos, y él cumplirá el deseo de vuestro corazón (Salmo 36, 3-4).
Orad así: «Lo que deseo y busco, es que tú me vivifiques mediante tu justicia». El Señor ha dicho: «Sin mí, nada podéis hacer» (Juan 15, 5) y esta ley se cumple exactamente en la vida espiritual. Si alguien os pregunta:- «¿Qué debo hacer para adquirir tal o cual virtud? «, sólo podéis dar esta respuesta: «Volveos hacia el Señor y él os lo acordará. No hay otro medio de encontrar lo que buscáis».
Teófano El Recluso – El arte de la oración