
También el mundo animal puede alcanzar su transfiguración gracias a nuestra mediación. Cuando Jesús pasó cuarenta días en el desierto estaba con las fieras salvajes. No sabemos qué pasaría entonces, pero sí podemos decir que ninguna criatura permanecería indiferente a la influencia de Jesús. Jesús mismo dijo de los gorriones que de ni uno de ellos se olvida a Dios.
Nosotros somos como Adán cuando tenía que dar un nombre a cada uno de los animales. De la tierra formó el Señor Dios las bestias del campo y los pájaros que vuelan por el aire y los condujo ante Adán para que les impusiera un nombre. Génesis 2:19.
Los científicos los llaman según sus criterios; nosotros invocando el nombre de Jesús sobre los animales, los reconducimos a su primitiva dignidad. Con demasiada facilidad nos olvidamos de la dignidad de los seres vivos, creados y amados de Dios en Jesús y por Jesús. “Cada ser viviente tenía el nombre que el hombre le diera” Génesis 2:19.
Sobre todo podemos ejercitar la obra de transfiguración en las relaciones de los hombres. El nombre de Jesús es un medio concreto y eficaz de transfigurar a los hombres en su escondida íntima y extrema realidad. Deberemos volver a salir para acercarnos con el nombre de Jesús en el corazón y en los labios a todos los hombres y mujeres que van por la calle, a sus negocios, oficinas, fábricas, en el autobús y especialmente a los que parecen cansados y antipáticos. Deberemos pronunciar su nombre sobre ellos. El nombre de Jesús es su verdadero nombre. Llámalos con su nombre, en su nombre, con espíritu de adoración entrega y amor. Adora a Cristo en ellos, sirve a Cristo en ellos.
En muchos de estos hombres y mujeres, en el pervertido, en el criminal, Jesús está prisionero. Libéralo al reconocerlo en silencio y adorarlo en ellos. Si vas por el mundo con esta mirada, pronunciando el nombre de Jesús sobre todo hombre, viendo a Jesús en todo hombre, todo será transfigurado en sí mismo y ante tus ojos.
Estarás más pronto a darte a ti mismo a los hombres cuanto más clara y vivida se vaya haciendo esta nueva mirada. La visión no se puede separar del ofrecimiento: “Jacob dijo a Esaú cuando se reconciliaron si he hallado gracia a tus ojos toma mi regalo de mi mano ya que he visto tu rostro como quien ve el rostro de Dios”.