
¿Por qué no es posible que todos los divinos misterios trascendentes relacionados con el conocimiento y el amor de Dios sean revelados a la mente consciente del hombre? La respuesta es simple. La estructura de la mente consciente del hombre está basada en medidas materiales, conceptuales, y lógicas. la mente ha nacido, se ha desarrollado y ha madurado bajo la influencia de estas dimensiones. De esta manera se ha desarrollado al margen de un conocimiento genuino y comprehensivo de Dios. La naturaleza de Dios no está sujeta a medidas materiales conceptuales o lógicas. El conocimiento de Dios viene a ser, pues, una materia que, inevitablemente, trasciende la mente del hombre. Aquel que verdaderamente desea creer en Dios ha de ser elevado por encima de sí mismo, de su mente e incluso del mundo entero.
Por esta razón el valor de la fe es considerado mayor que el valor del hombre. Es incluso más elevado que el valor del mundo entero. De esta manera, la recompensa de la fe ha de ser mayor que todas las posesiones del hombre y todas las glorias de este mundo. La recompensa de la fe es Dios. El valor de la fe es, pues, mayor que el de éxtasis, visiones, o revelaciones. “Bienaventurados aquellos que no vieron y creyeron”. Juan 20:29.
Pero para mostrar su amor hacia el hombre que le ama y cree en Él, Dios necesita a veces revelarse a sí mismo al hombre. El amor de Dios ha de ser entonces personal y subjetivo en el nivel humano: «el que me ama será amado por mi padre y yo le amaré y me manifestaré a él” Juan 14:21. Para recibir estas manifestaciones de Dios, es vital que el hombre ignore cualquier cosa en la que sus ojos se posen o sus oídos escuchen o su pensamiento piense. En una palabra, debe despreciar todas sus percepciones físicas y conceptuales. Esto debe hacerse para no permitir a las percepciones físicas y conceptuales interferir o falsificar la realidad de Dios que las trasciende. Dios, aquí, se le aparece al hombre y manifiesta su amor a aquellos que le aman, pero esta apariencia requiere la cesación de toda la actividad y funcionamiento de la mente en relación a los sentidos. Este silencio de la mente y los sentidos tiene lugar durante un tiempo. Durante este tiempo, el contacto trascendente que sobrepasa nuestra naturaleza sensorial ocurre. Este éxtasis en Dios es lo que antes en este libro hemos llamado éxtasis absoluto debido a su elevación por encima de lo limitado y lo sensible.
La experiencia del éxtasis en Dios no requiere de unos méritos particulares por parte del hombre para que Dios se le revele. Lo único necesario es un amor profundo del corazón, de la mente y del alma de acuerdo al mandamiento de Dios. Es llamativo, de hecho, que la fuerte y básica relación entre el amor ardiente y abrasador y el éxtasis en Dios aparezca de manera más llamativa a nivel de la experiencia. Porque todos los que han experimentado el éxtasis en Dios son aquellos que han entrado en un estado de amor absoluto por él. En cuanto el amor alcanza un cierto nivel de intensidad, presagia la entrada del hombre en el éxtasis. El éxtasis es, pues, descrito como un exquisito rapto o placer.
Sin embargo, la gracia permanece desligada incluso de este prerrequisito, pues puede visitar al hombre repentinamente sin ningún mérito o sin ninguna preparación por su parte y puede transportarlo de una vez a un estado de éxtasis. Es como si repentinamente hubiera caído presa de un amor arrollador. Este amor le aparta de su libertad y autoconciencia para permitirle disfrutar del conocimiento y de la dicha inefable.
En nuestra opinión, los principiantes están de hecho en un estado que, incluso a pesar de su inexperiencia, les cualifica para el éxtasis. Pero esto es así no porque estén acostumbrados a ver la luz divina. Están cualificados para el éxtasis por el extremo fervor de su primera experiencia que sobrepasa toda comprensión. Porque es bien sabido por la experiencia práctica, que el fervor del principiante y su amor por Cristo, comienza desde la más alta cumbre. Los primeros momentos de su nueva vida son el Zenit de su experiencia espiritual. Esto le hace al hombre vivir en un estado de gozo y éxtasis espiritual que trasciende el mundo entero y que trasciende la razón misma. Uno vive casi en una constante perplejidad.
De esta manera escuchamos una y otra vez de los primeros padres y maestros que el hombre siempre debe vivir en el sentimiento de fervor y amor del primer día en que se arrepintió y dejó el mundo atrás. Muchos de los padres han probado su habilidad de vivir constantemente en una vida fervorosa abismados en el amor y en el éxtasis. Un ejemplo de esto es San Macario el Grande. Leemos de él en el libro de paladio que vivía en un constante estado de rapto.
Pero el éxtasis involuntario no es el único acceso a esta evolución mística o ascensión de la naturaleza humana hacia Dios. Existen almas con una profunda y amplia vida espiritual que tienen una poderosa estructura mental. Aún en un estado de plena conciencia, pueden alcanzar un cierto nivel de autoliberación. Aquí, pueden encontrarse con la divina verdad y contemplar el rostro de Jesucristo en lo más profundo; en los cimientos o fundamentos de su consciencia. Aquí pueden encontrarse cara a cara con Dios con todos sus poderes y potencias ya sean espirituales intelectuales o sensoriales activos. Esto puede tener lugar durante un instante cuando el alma alcanza un estado de amor sincero. Esta experiencia consciente en la que el alma se encuentra con Dios cara a cara puede ser de menor poder o profundidad que la del estado de éxtasis inconsciente e insensible de trance espiritual. Sin embargo, es más próxima a la vida de oración. Es también más realista en cuanto a lo que concierne a la belleza de la adoración. En ella, el alma gusta la felicidad de los placeres espirituales y deviene en un estado de despierta embriaguez.
Hay casos en la Biblia donde el alma es descrita como embriagada de vino. El trabajo del Espíritu Santo en el alma es comparado con el efecto del vino en la mente del hombre. Estos casos son descripciones del estado de éxtasis en sus diferentes etapas. Estas etapas pueden ser experimentadas de muy diferentes maneras en un variado rango de grados: de lo consciente a lo inconsciente de manera similar al efecto del vino en la mente del hombre.
Matta Meskin. Traducido del libro “Orthodox prayer life. The interior way”.