
El próximo viernes 25 de octubre retomamos las reuniones de oración. A las 19:00 en la parroquia Virgen De La Candelaria de San Blas, Madrid.
La gracia de Dios, manifestándose al hombre en su primer despertar espiritual y visitándolo luego durante todo el tiempo de su conversión, lo separa en dos.
Le hace tomar conciencia de la existencia de una dualidad en sí mismo y le enseña a distinguir entre lo que está contra su naturaleza y lo que debería serle natural. De ese modo le inspira la voluntad de rechazar todo lo que está contra su naturaleza, de modo que su verdadero ser, creado a la imagen de Dios, salga a la luz.
Pero, evidentemente, semejante decisión no es más que el comienzo de la empresa. Ya que es sólo de intención y de voluntad que el hombre abandona aquello que, en él, es contra su naturaleza, que él lo rechaza deseando reencontrar su naturaleza inicial. De hecho, toda su estructura interior permanece tal como era anteriormente, es decir, saturada de pecado; las pasiones dominan a su alma y a todas sus facultades, a su cuerpo y a todas sus funciones igual que antes, con una diferencia sin embargo: anteriormente él elegía y abrazaba todo eso con ardor y placer, al presente lo odia, lo arroja a los pies y lo rechaza.
Aquél que ha llegado a ese estado sale de sí mismo como de un cadáver en descomposición. Ve en qué medida, a pesar suyo, el olor infecto de las pasiones se exhala desde las diferentes partes de su ser, y llega a sentir ese hedor con tanto realismo que su espíritu resulta sofocado.
La verdadera vida de la gracia no está, por consiguiente, en el hombre, más que como una semilla y como una chispa; pero semilla sembrada en la mala hierba y chispa recubierta sin cesar por las cenizas. No es todavía más que una pequeña luz que brilla débilmente en la más espesa bruma.
Por su voluntad y por su conciencia el hombre se ha ligado a Dios, y Dios ha aceptado esta ofrenda y se ha unido a él en ese lugar de percepción de sí, de libre elección, en el interior de sí mismo, que San Antonio de Egipto y San Macario el Grande llaman espíritu. Y ése es el único lugar en él que es santo, agradable a Dios y salvado. Todas, las otras partes de su ser son todavía prisioneras, no quieren ni pueden obedecer a las exigencias de la vida nueva; el intelecto no sabe todavía pensar de esa manera nueva, sino que continúa pensando como anteriormente; la voluntad no sabe todavía desear correctamente, desea como siempre lo ha hecho; el corazón no siente de la manera nueva, sino como anteriormente. Lo mismo sucede con el cuerpo y todas sus funciones. El hombre es, por consiguiente, todavía enteramente impuro, salvo en ese punto único que constituye en él el poder consciente de elegir libremente, en su interior, y que llamamos el espíritu.
Dios, que es la pureza misma, sólo entra en comunicación con esta parte única, mientras todas las otras, todavía impuras le son extrañas y permanecen fuera de esta comunión. Dios está siempre listo para unirse al hombre todo entero, pero no lo hace porque el hombre es impuro. Tan pronto el hombre está enteramente purificado, Dios le hace sentir que lo habita íntegramente.