Los períodos de sequedad e insensibilidad son inevitables.




Emprendéis vuestras diversas tareas, me decís, la mayoría de las veces con repugnancia y sin ningún ardor. Debo forzarme.

Pero, después de todo, se trata de un principio fundamental de la vida espiritual: oponeros a lo que está mal y forzaros a hacer lo que está bien. Eso es lo que significan las palabras del Señor: El Reino de Dios sufre violencia y los violentos se apoderan de él (Mateo 11, 12). Es por ello que, seguir al Señor es llevar el yugo. Si se hiciera todo con placer, ¿dónde estaría el yugo? Sin embargo, al final, se llega a hacer todo voluntaria y fácilmente.

Me decís: Una oscura insensibilidad se apodera de mí, me convierto en un autómata, sin pensamientos ni sentimientos.

Un estado semejante aparece a veces como castigo, porque nos hemos dejado ir, en pensamiento o en deseo, hacia algo malo; a veces llega para educarnos, principalmente para enseñarnos la humildad, habituarnos a no esperar nada de nosotros mismos, a contar sólo con Dios. Algunas experiencias de ese tipo socavan la confianza en sí mismo.

Cuando estamos librados a ese embotamiento, sabemos de dónde vendrá el socorro, sabemos en quién debemos confiar sobre todas las cosas. Ese estado es deprimente, pero debemos soportarlo pacientemente, con el pensamiento de que no merecemos nada mejor, que lo tenemos bien merecido. No hay remedio, y la liberación sólo depende de la voluntad de Dios. Todo lo que podemos hacer es orar hacia el Señor: Que se haga tu voluntad. Ten piedad de mí. Ven en mi ayuda. Pero es necesario que en ningún caso nos dejemos llevar por la flojedad, sería funesto y peligroso.

Los santos Padres califican ese estado de enfriamiento o de aridez y están de acuerdo en considerarlo como algo inevitable para quien intenta hacer la voluntad de Dios pues, sin esas pruebas, llegaríamos a ser, rápidamente, presuntuosos.

Teófano El Recluso.

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