Autor: Alejandro191111
Un alma de deseo

¿Quieres saber si avanzas en el conocimiento de Dios? pregunta a los grandes Orantes de la Biblia y acepta el revivir su larga experiencia. Moisés ha contemplado al dios inaprehensible de la zarza ardiendo, se ha dejado amaestrar por Dios y se ha convertido en su amigo íntimo. “Yahvé hablaba con Moisés cara a cara como habla un hombre con su amigo”. Éxodo 33:11.
Moisés ha llegado pues a un gran conocimiento de Dios que le ha revelado su nombre, es decir, el fondo de su íntimo ser. Es el amigo de Yahvé. Y sin embargo, mira: Moisés pide un conocimiento mayor de Dios.
Haz tuya la triple petición que le hace a Dios: “Házme conocer tus caminos, házme conocer tu gracia, házme, por favor, ver tu gloria”.
La señal de que has empezado a conocer a Dios no se encuentra en las hermosas ideas que tienes sobre él y mucho menos en el gozo que te procura la oración, si no en el ardiente deseo de conocerle más. No desearías a Dios si no supieses que existe. Sii no tuvieses a Dios contigo, no podrías experimentar su ausencia. Precisamente en el vacío del deseo es donde se desvela la presencia de Dios. Es una presencia en la ausencia.
Dios es misterio y se te revela progresivamente. Cuanto más avances en el conocimiento de Dios, más cuenta te darás de que el misterio permanece y se oscurece, y tanto más desearás conocerlo mejor: “si existe un verdadero deseo si el objeto del deseo es de verdad la luz el deseo de la luz produce la luz”.
¿Quieres conocer la calidad de tu vida de oración? Empieza por preguntarte cuál es la calidad de tus aspiraciones y de tus deseos. San Pablo dirá: “los que viven según el espíritu desean lo espiritual” romanos 8:5. Cuanto más te invada el Espíritu de Dios tanto más tus deseos se corresponderán a los del Espíritu. Pero es preciso que esas aspiraciones sean efectivas y lleven a una realización al menos parcial. Entonces hazte esta pregunta: ¿tengo sed de Dios? ¿mi corazón y mi carne gritan hacia él? El verdadero conocimiento de Dios no se puede expresar. Dios es el indecible: Señor, ¡Haz que yo te desee!. La intensidad de tu deseo de Dios es la señal de la calidad de tu caridad. ¿Tienes nostalgia de la oración?
Dios responde al deseo de Moisés introduciéndole progresivamente en su misterio, pero para esto debe pasar por una muerte radical: “No puedes ver mi rostro y seguir con vida” Éxodo 33:20. Ahora, conoces a Dios como en un espejo, luego le conocerás como tú eres conocido, cara a cara, cuando hayas aceptado el morir. No puedes ni imaginar lo que verás mañana.
De momento, acepta el mantenerte en la hendidura de la roca, hundido en la tiniebla más profunda, y envuelto en la mano de Dios. Entonces, como Moisés, verás a Dios de espaldas, es decir, en los signos de su presencia. Entonces Dios pasa y pronuncia su nombre: “Yahvé, Yahvé, Dios misericordioso y Clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad” Éxodo 34:6. Cada vez que se te muestra Dios, se revela como la misericordia universal.
Y luego, mira la reacción de Moisés una vez que ha pasado Dios. Cae de rodillas en tierra, se postra y se humilla todavía más. El efecto del amor es la adoración, la humillación de ti mismo. Y entonces viene la oración de intercesión de De Moisés: “Si en verdad he hallado gracia a tus ojos, oh Señor, dígnese mi señor venir en medio de nosotros” Éxodo 34:9. Reconocerás la verdad de tu oración en la humildad de toda tu vida y en la solicitud por servir a tus hermanos e interceder por ellos. Como Moisés, no puedes ser intercesor y mediador sino en la medida de tu intimidad con Dios. Que el Espíritu Santo ahonde en ti un alma de deseo.
Jean Lafrance, Ora a tu Padre.
Elías El Presbítero. Extractos.

Aquel se mantiene de este lado del primer velo apartado durante su oración; aquel penetra en el interior: es el que realiza la oración monológica. Tan solo penetra en el santo de los santos aquel que, en la paz de todos los pensamientos naturales, escruta los atributos de la sustancia que sobrepasa toda inteligencia siendo gratificado aquí abajo con una cierta fotofanía.
Cuando hayas liberado tu intelecto de la ligazón con la carne, el alimento y las riquezas, todo lo que hagas será aceptado por Dios como un don puro. Él te lo retribuirá abriendo los ojos de tu corazón, haciéndote meditar a libro abierto en sus leyes allí escondidas. Esas leyes por la suavidad que expanden parecerán más dulces a tu paladar espiritual que un panal de miel.
El activo sorbe la bebida de la compunción en la oración; el contemplativo se embriaga con el cáliz excelente. Uno, reflexionando sobre el orden de la naturaleza. El otro, ignorándose a sí mismo en la oración.
La contemplación de los inteligibles es un paraíso. A través de la oración, el gnóstico entra allí como en una casa interior. El activo en cambio es semejante a un transeúnte al que, a pesar de su deseo, le resulta imposible entrar por causa de su edad espiritual.
La vida activa tiene los riñones, las potencias vitales, ceñidos por el ayuno y la pureza. La vida contemplativa lleva las antorchas ardientes de las virtudes gnósticas: el silencio y la oración. La primera, tiene como pedagogo a la razón. La segunda, al verbo interior como Paraninfo.
La oración simple es el pan que fortifica a los principiantes. La oración acompañada por cierta contemplación, el aceite que suaviza. La oración sin forma ni imagen, el vino perfumado que saca fuera de sí a los que con él se embriagan.
Los que oran teniendo el alma todavía ligada a las pasiones por el hecho de ser aún materiales, están rodeados de renacuajos: los pensamientos que los arrastran. Aquellos que han introducido mesura en sus pasiones, son distraídos por contemplaciones que se asemejan a ruiseñores saltando de rama en rama. Ellos pasan de una contemplación a otra. Los impasibles, conocen en la oración un gran silencio y una extrema libertad de representación y de conceptos.
Clase de Elías El Presbítero en curso de Filocalía del blog El Santo Nombre
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El éxtasis en Dios

¿Por qué no es posible que todos los divinos misterios trascendentes relacionados con el conocimiento y el amor de Dios sean revelados a la mente consciente del hombre? La respuesta es simple. La estructura de la mente consciente del hombre está basada en medidas materiales, conceptuales, y lógicas. la mente ha nacido, se ha desarrollado y ha madurado bajo la influencia de estas dimensiones. De esta manera se ha desarrollado al margen de un conocimiento genuino y comprehensivo de Dios. La naturaleza de Dios no está sujeta a medidas materiales conceptuales o lógicas. El conocimiento de Dios viene a ser, pues, una materia que, inevitablemente, trasciende la mente del hombre. Aquel que verdaderamente desea creer en Dios ha de ser elevado por encima de sí mismo, de su mente e incluso del mundo entero.
Por esta razón el valor de la fe es considerado mayor que el valor del hombre. Es incluso más elevado que el valor del mundo entero. De esta manera, la recompensa de la fe ha de ser mayor que todas las posesiones del hombre y todas las glorias de este mundo. La recompensa de la fe es Dios. El valor de la fe es, pues, mayor que el de éxtasis, visiones, o revelaciones. “Bienaventurados aquellos que no vieron y creyeron”. Juan 20:29.
Pero para mostrar su amor hacia el hombre que le ama y cree en Él, Dios necesita a veces revelarse a sí mismo al hombre. El amor de Dios ha de ser entonces personal y subjetivo en el nivel humano: «el que me ama será amado por mi padre y yo le amaré y me manifestaré a él” Juan 14:21. Para recibir estas manifestaciones de Dios, es vital que el hombre ignore cualquier cosa en la que sus ojos se posen o sus oídos escuchen o su pensamiento piense. En una palabra, debe despreciar todas sus percepciones físicas y conceptuales. Esto debe hacerse para no permitir a las percepciones físicas y conceptuales interferir o falsificar la realidad de Dios que las trasciende. Dios, aquí, se le aparece al hombre y manifiesta su amor a aquellos que le aman, pero esta apariencia requiere la cesación de toda la actividad y funcionamiento de la mente en relación a los sentidos. Este silencio de la mente y los sentidos tiene lugar durante un tiempo. Durante este tiempo, el contacto trascendente que sobrepasa nuestra naturaleza sensorial ocurre. Este éxtasis en Dios es lo que antes en este libro hemos llamado éxtasis absoluto debido a su elevación por encima de lo limitado y lo sensible.
La experiencia del éxtasis en Dios no requiere de unos méritos particulares por parte del hombre para que Dios se le revele. Lo único necesario es un amor profundo del corazón, de la mente y del alma de acuerdo al mandamiento de Dios. Es llamativo, de hecho, que la fuerte y básica relación entre el amor ardiente y abrasador y el éxtasis en Dios aparezca de manera más llamativa a nivel de la experiencia. Porque todos los que han experimentado el éxtasis en Dios son aquellos que han entrado en un estado de amor absoluto por él. En cuanto el amor alcanza un cierto nivel de intensidad, presagia la entrada del hombre en el éxtasis. El éxtasis es, pues, descrito como un exquisito rapto o placer.
Sin embargo, la gracia permanece desligada incluso de este prerrequisito, pues puede visitar al hombre repentinamente sin ningún mérito o sin ninguna preparación por su parte y puede transportarlo de una vez a un estado de éxtasis. Es como si repentinamente hubiera caído presa de un amor arrollador. Este amor le aparta de su libertad y autoconciencia para permitirle disfrutar del conocimiento y de la dicha inefable.
En nuestra opinión, los principiantes están de hecho en un estado que, incluso a pesar de su inexperiencia, les cualifica para el éxtasis. Pero esto es así no porque estén acostumbrados a ver la luz divina. Están cualificados para el éxtasis por el extremo fervor de su primera experiencia que sobrepasa toda comprensión. Porque es bien sabido por la experiencia práctica, que el fervor del principiante y su amor por Cristo, comienza desde la más alta cumbre. Los primeros momentos de su nueva vida son el Zenit de su experiencia espiritual. Esto le hace al hombre vivir en un estado de gozo y éxtasis espiritual que trasciende el mundo entero y que trasciende la razón misma. Uno vive casi en una constante perplejidad.
De esta manera escuchamos una y otra vez de los primeros padres y maestros que el hombre siempre debe vivir en el sentimiento de fervor y amor del primer día en que se arrepintió y dejó el mundo atrás. Muchos de los padres han probado su habilidad de vivir constantemente en una vida fervorosa abismados en el amor y en el éxtasis. Un ejemplo de esto es San Macario el Grande. Leemos de él en el libro de paladio que vivía en un constante estado de rapto.
Pero el éxtasis involuntario no es el único acceso a esta evolución mística o ascensión de la naturaleza humana hacia Dios. Existen almas con una profunda y amplia vida espiritual que tienen una poderosa estructura mental. Aún en un estado de plena conciencia, pueden alcanzar un cierto nivel de autoliberación. Aquí, pueden encontrarse con la divina verdad y contemplar el rostro de Jesucristo en lo más profundo; en los cimientos o fundamentos de su consciencia. Aquí pueden encontrarse cara a cara con Dios con todos sus poderes y potencias ya sean espirituales intelectuales o sensoriales activos. Esto puede tener lugar durante un instante cuando el alma alcanza un estado de amor sincero. Esta experiencia consciente en la que el alma se encuentra con Dios cara a cara puede ser de menor poder o profundidad que la del estado de éxtasis inconsciente e insensible de trance espiritual. Sin embargo, es más próxima a la vida de oración. Es también más realista en cuanto a lo que concierne a la belleza de la adoración. En ella, el alma gusta la felicidad de los placeres espirituales y deviene en un estado de despierta embriaguez.
Hay casos en la Biblia donde el alma es descrita como embriagada de vino. El trabajo del Espíritu Santo en el alma es comparado con el efecto del vino en la mente del hombre. Estos casos son descripciones del estado de éxtasis en sus diferentes etapas. Estas etapas pueden ser experimentadas de muy diferentes maneras en un variado rango de grados: de lo consciente a lo inconsciente de manera similar al efecto del vino en la mente del hombre.
Matta Meskin. Traducido del libro “Orthodox prayer life. The interior way”.
II Jornada de contemplación. Meditación cristiana. Todos somos uno.
La transfiguración cósmica II

También el mundo animal puede alcanzar su transfiguración gracias a nuestra mediación. Cuando Jesús pasó cuarenta días en el desierto estaba con las fieras salvajes. No sabemos qué pasaría entonces, pero sí podemos decir que ninguna criatura permanecería indiferente a la influencia de Jesús. Jesús mismo dijo de los gorriones que de ni uno de ellos se olvida a Dios.
Nosotros somos como Adán cuando tenía que dar un nombre a cada uno de los animales. De la tierra formó el Señor Dios las bestias del campo y los pájaros que vuelan por el aire y los condujo ante Adán para que les impusiera un nombre. Génesis 2:19.
Los científicos los llaman según sus criterios; nosotros invocando el nombre de Jesús sobre los animales, los reconducimos a su primitiva dignidad. Con demasiada facilidad nos olvidamos de la dignidad de los seres vivos, creados y amados de Dios en Jesús y por Jesús. “Cada ser viviente tenía el nombre que el hombre le diera” Génesis 2:19.
Sobre todo podemos ejercitar la obra de transfiguración en las relaciones de los hombres. El nombre de Jesús es un medio concreto y eficaz de transfigurar a los hombres en su escondida íntima y extrema realidad. Deberemos volver a salir para acercarnos con el nombre de Jesús en el corazón y en los labios a todos los hombres y mujeres que van por la calle, a sus negocios, oficinas, fábricas, en el autobús y especialmente a los que parecen cansados y antipáticos. Deberemos pronunciar su nombre sobre ellos. El nombre de Jesús es su verdadero nombre. Llámalos con su nombre, en su nombre, con espíritu de adoración entrega y amor. Adora a Cristo en ellos, sirve a Cristo en ellos.
En muchos de estos hombres y mujeres, en el pervertido, en el criminal, Jesús está prisionero. Libéralo al reconocerlo en silencio y adorarlo en ellos. Si vas por el mundo con esta mirada, pronunciando el nombre de Jesús sobre todo hombre, viendo a Jesús en todo hombre, todo será transfigurado en sí mismo y ante tus ojos.
Estarás más pronto a darte a ti mismo a los hombres cuanto más clara y vivida se vaya haciendo esta nueva mirada. La visión no se puede separar del ofrecimiento: “Jacob dijo a Esaú cuando se reconciliaron si he hallado gracia a tus ojos toma mi regalo de mi mano ya que he visto tu rostro como quien ve el rostro de Dios”.
Retiro de oración: Vida en JESUCRISTO
El próximo sábado 13/04/2024, de 10:00 a 13:30 horas, haremos un retiro de oración en la capilla pequeña de la parroquia Virgen De La Candelaria.
Planificación del retiro:
10:00 – 10:30 Salmodia
10:30 – 11:15 Lectura individual de un pasaje del evangelio de Juan
11:15 – 12:00 Oración de silencio
12:00 – 12:45 Santa Misa
12:45 – 13:30 Oración de silencio
Haciendo click AQUÍ podéis descargar el pdf completo del retiro con los textos que leeremos.
La transfiguración cósmica

El uso del nombre santo no sólo nos trae el conocimiento de nuestra unión con Jesús en su Encarnación sino también el medio de una visión más dilatada de la íntima conexión existente entre el Señor y todas las criaturas de Dios. El nombre de Jesús nos ayuda a transfigurar el mundo en Cristo (sin confusión panteísta alguna). Así descubrimos otro aspecto de la invocación del Nombre: un camino hacia la transfiguración.
Bajo este aspecto, la invocación del Nombre tiene relación con la naturaleza, con el universo considerado como obra del creador, «El Señor que hizo el cielo y la tierra». El universo se convierte en símbolo visible de la invisible belleza divina. «Los cielos cantan la gloria del Señor». «Mirad los lirios del campo».
Sin embargo esto no es suficiente: la creación no es estática; tiende, sufriendo y gimiendo, a Cristo como a su cumplimiento y fin, «La creación entera gime» hasta que «sea liberada de la esclavitud de la corrupción para alcanzar la libertad y la gloria de los hijos de Dios».
Lo que llamamos mundo inanimado se siente impelido hacia Cristo; todo converge hacia la Encarnación; los elementos, los frutos de la tierra, las rocas y la madera, el agua y el aceite, el trigo y el vino adquieren un nuevo valor convirtiéndose en signo o instrumento de la gracia. Todo lo creado revela misteriosamente el Nombre de Jesús: «Yo os digo, si estos callaran, gritarían las piedras».
Los cristianos deben escuchar la palabra de este Nombre en la naturaleza pronunciando el Nombre de Jesús sobre todas las criaturas: las piedras, las plantas, los frutos, las flores, el mar, el paisaje o cualquier otra; el creyente expresa el misterio de estos seres y les conduce a su cumplimiento dando así respuesta a su duradera y silenciosa espera. «Porque el anhelo ardiente de la creación es aguardar la manifestación de los hijos de Dios». Pronunciemos el Nombre de Jesús en unión con toda la creación: «Al Nombre de Jesús toda rodilla se doble en la tierra y bajo la tierra».
Extraído de «La invocación del Nombre de Jesús» Por un monje de la iglesia de Oriente.
Los esfuerzos del hombre y la gracia de Dios

La Oración de Jesús contiene pocas palabras, pero esas palabras lo contienen todo. Desde los tiempos antiguos se ha reconocido que esta Oración, cuando se ha convertido en un hábito, podía reemplazar toda otra oración vocal. Aquéllos que buscan la salvación no deben ignorar este Método. Si es utilizado de la manera descrita por los santos Padres, esta oración tiene un gran poder; pero entre aquéllos que adquirieron el hábito de recitarla, no todos alcanzan a descubrir ese poder, no todos alcanzan su fruto. ¿Por qué? Porque quieren adquirir por sí mismos lo que es un don gratuito de Dios y solo puede venir de la gracia.
No tenemos necesidad de ninguna ayuda particular de Dios para comenzar la obra que consiste en recitar esta oración por la mañana, por la tarde, sentados, caminando, acostados, trabajando, descansando. Actuando siempre de esa manera, podemos habituar nuestra lengua a repetir la oración, incluso sin esfuerzo consciente. Una cierta tranquilidad de espíritu puede nacer de este hábito y también una especie de calor en el corazón. «Pero todo esto no es más que la acción y el fruto de nuestros propios esfuerzos» dice el monje Nicéforo, en la Filocalia.
Detenerse allí, satisfecho de la facilidad con que se repite, como un loro, las palabras «Señor, ten piedad», es imaginar que se ha llegado a algo, cuando en realidad no se ha llegado a nada. Es lo que sucede cuando se adquiere el hábito de repetir esta oración maquinalmente, sin comprender lo que ella es realmente. El resultado es que uno se contenta con esos efectos naturales que la oración produce en los debutantes, sin ir más lejos. Pero aquél que ha comprendido verdaderamente la naturaleza de la oración continúa buscando; se da cuenta de que, cualquiera sea la diligencia en seguir las indicaciones de los antiguos, la verdadera recompensa de la oración se le escapará siempre; cesará entonces de esperarla de su esfuerzo personal y pondrá toda su esperanza en Dios. Desde entonces, la gracia puede actuar en él y, en un cierto momento, conocido sólo por ella, implantará la oración en su corazón. Todo, tal como lo enseñan los antiguos, permanecerá exteriormente igual, la diferencia se hallará en la fuerza interior.
Lo que es verdad de esta oración, lo es igualmente de toda otra forma de progreso espiritual. Un hombre de temperamento violento puede ser sorprendido por el deseo de superar su irritabilidad y adquirir la dulzura. Se encuentra en los libros que tratan de la ascesis instrucciones precisas sobre los medios de llevar a cabo esta transformación mediante una seria auto-disciplina. Este hombre puede leer esas instrucciones y seguirlas, ¿pero, hasta dónde llegará por sus propias fuerzas? No más allá de un silencio exterior durante sus accesos de cólera. Jamás llegará, por sí mismo, a extinguir completamente la cólera ni a establecer la dulzura en su corazón. Eso solo se puede hacer cuando la gracia invade el corazón y lo colma de dulzura.
Esto es verdad para toda cualidad espiritual. Lo que buscáis buscadlo con todas vuestras fuerzas, pero no esperéis que vuestra búsqueda y vuestros esfuerzos alcancen el fruto por ellos mismos. Poned vuestra confianza en el Señor, no atribuyéndoos nada a vosotros mismos, y él cumplirá el deseo de vuestro corazón (Salmo 36, 3-4).
Orad así: «Lo que deseo y busco, es que tú me vivifiques mediante tu justicia». El Señor ha dicho: «Sin mí, nada podéis hacer» (Juan 15, 5) y esta ley se cumple exactamente en la vida espiritual. Si alguien os pregunta:- «¿Qué debo hacer para adquirir tal o cual virtud? «, sólo podéis dar esta respuesta: «Volveos hacia el Señor y él os lo acordará. No hay otro medio de encontrar lo que buscáis».
Teófano El Recluso – El arte de la oración
Encuentros de oración en la iglesia Jesús De Medinaceli.
Van a empezar en la iglesia de Jesus de Medinaceli unos encuentros de oración basadas en el método del P Ignacio Larrañaga. Mañana lunes 26 de febrero a las 18 en esa misma iglesia es la primera sesión informativa.

