La ascesis es un medio, no un fin.




Las obras exteriores y los esfuerzos de la ascesis son medios y no fines sn sí mismos. No tienen valor mas que cuando nos conducen a nuestro fin y contribuyen expresamente a él. Es necesario que no ocupen vuestro pensamiento como si se tratara de cosas importantes. Las cosas esenciales son nuestros sentimientos y nuestra disposición interiores. Volved hacia ese lado toda vuestra atención una vez que hayáis establecido vuestra regla de vida exterior.

Pensad lo menos posible en los esfuerzos ascéticos exteriores. Aunque sean necesarios son solo el andamiaje en el interior del cual se eleva la construcción, no son la construcción en sí misma. La construcción está en el corazón. Llevad toda vuestra atención entonces sobre lo que sucede en vuestro corazón.

Teofano El Recluso.



Una vida espiritual auténtica




Todo tipo de ocupación es bueno desde el momento en que ayuda a mantener la atención dirigida hacia Dios. No necesito precisar a que ocupaciones quiero referirme. Si una ocupación no enriquece vuestra vida de oración, es necesario abandonarla y tomar otra. Por ejemplo, abrís un libro y comenzáis a leer, pero esto no adelanta. Dejáis ese libro de lado y tomáis otro. Si ello tampoco resulta tomáis un tercero, y si sucede lo mismo dejad la lectura y haced postraciones o bien meditad. Deberéis tener algún trabajo manual que no distraiga vuestra atención.

Cuando vuestra atención hacia Dios este despierta y la oración continua en vuestro interior, es mejor no emprender nada. Manteneos sentado o caminad o mejor aún manteneos de pie ante los iconos y orad. Cuando la oración se debilita alimentad su fervor por medio de la lectura o la meditación.

Las reglas son necesarias para aquellos que entran a un monasterio a fin de que se acostumbren a las actividades y ocupaciones monásticas, pero mas tarde, cuando han alcanzado ciertas percepciones interiores y, particularmente, el calor del corazón, las reglas dejan de ser estrictamente necesarias. En general no debemos ligarnos excesivamente a las reglas, sino permanecer libres a su respecto no teniendo mas que un fin: Mantener la atención dirigida hacia Dios en un sentimiento de adoración.

Nuestro cuerpo debe estar siempre tenso como una cuerda de violín, como un soldado en la guardia, y no debemos dejar que se ablande. Y esto, no solamente cuando caminamos o estamos sentados sino igualmente cuando estamos de pie o acostados.

Todo lo que debemos hacer, sea importante o no, debe ser cumplido como si la mirada de Dios estuviera fija sobre nosotros. Todo visitante, toda persona debe ser recibido como un mensajero de Dios. El primer problema que debemos plantearnos interiormente es: ¿Qué es lo que El Señor desea que haga con esta persona o por ella? Debemos recibir a cada uno como la imagen de Dios; con respeto; listos para ir en su ayuda siempre que podamos.

No compadecerse a si mismo, estar siempre listo a prestar servicio, abandonarse totalmente al Señor. Esas son las cosas que construyen una vida espiritual auténtica.



Distracción y seducción del corazón. Perseverar en el recuerdo de Dios.




Me decís que estáis sujeto a distracciones. Este es el primer ataque del enemigo y es peligroso para nuestro orden interior. Cuando entréis en comunicación con otras personas y os ocupéis de negocios seculares, hacedlo de tal modo que mantengáis al mismo tiempo, el recuerdo del Señor. Actuad y hablad siempre con la certidumbre de que El Señor está cerca y dirige todas las cosas según su buen parecer. Si, por consiguiente, algo requiere vuestra atención, preparaos de ante mano para que podáis ocuparos de ella sin abandonar al Señor, permaneciendo todo el tiempo en su presencia. Orad para que esto os sea acordado. Es ciertamente posible adquirir este hábito. Haceos simplemente una regla de actuar de este modo a partir de ahora.

El segundo ardid del enemigo que nos impide permanecer en nosotros mismos es la ligazón del corazón a alguna cosa que lo mantiene en cautividad, pues es peor que la distracción. Esto no es lo que os ha sucedido y habéis vuelto rápidamente a vuestro estado habitual. Pero si vuestro corazón hubiera estado ligado a alguna cosa habríais debido sostener una larga lucha para liberaros. En ese caso lo primero que se debe hacer es arrancar del corazón el objeto que lo mantiene cautivo y luego provocar un cambio completo de las disposiciones interiores. Mantened todo esto en vuestro espíritu y protegeos por todos los medios contra las distracciones y más aún contra ese embrujamiento del corazón. El remedio es siempre el mismo; no dejar que la atención se aleje del Señor ni perder la conciencia de su presencia.

¿Por qué una larga conversación deja un sentimiento de tristeza? porque en el curso de la conversación vuestra atención se aleja del Señor. Esto no le agrada al Señor y os hace tomar conciencia de ello poniéndoos tristes. Habituaos a permanecer sin cesar con el Señor mientras hacéis cualquier cosa y haced todas las cosas por él intentando actuar en armonía con sus mandamientos. Entonces no os sentiréis jamás tristes, pues sabréis que estáis siempre en tren de cumplir su obra.






Volvéos hacia Dios para implorar su ayuda


¿Qué hacemos cuando somos atacados por un malhechor? lo golpeamos y pedimos ayuda. Nuestros gritos alertan a los guardias, que vienen en nuestra ayuda. Debemos hacer lo mismo en nuestro combate interior contra las pasiones. Llenos de cólera contra ellas, gritad hacia dios: “¡ayúdame, Señor!”. “¡Jesucristo, Hijo de Dios, Sálvame!” “¡oh Dios, apresúrate a socorrerme!” “¡señor, ven en mi ayuda!”. Habiendo llamado de este modo al Señor, no dejéis vagar vuestra atención lejos de él, no la dejéis ocuparse de lo que pasa en vosotros, sino permanecer en presencia del Señor, e implorad su ayuda. El enemigo huirá como perseguido por el fuego.

No nos pongamos a discutir con nuestros pensamientos apasionados. Volvámonos inmediatamente hacia Dios con temor, con devoción y confianza, abandonándonos totalmente a su protección. Actuando así, rechazamos nuestras pasiones lejos del eje de nuestro intelecto y solo miramos al Señor. Puesto que no le otorgamos ninguna atención, el pensamiento apasionado es sustraído del alma; ella lo aparta por sí misma si ha despertado por alguna causa natural, y si el enemigo se encuentra allí es también abatido por el rayo de luz interior que brota de la contemplación del señor. Tan pronto como el alma se vuelve hacia Dios y lo invoca, es liberada del asalto de las pasiones.

Teófano el Recluso



El combate contra las pasiones





A partir del momento en que vuestro corazón es inflamado por el calor divino, vuestra transformación interior comienza.

Con el tiempo, esa llama ligera consumirá y disolverá todo en vosotros; comenzará y continuará la obra de espiritualizar todo vuestro ser. En verdad, en tanto esta llama no haya comenzado a arder en vosotros, vuestros esfuerzos no podrán alcanzar esta espiritualización. Encender esta primera chispa es, pues, la única cosa que importa por el momento, y es hacia este fin que debéis dirigir vuestros esfuerzos.

Debéis, sin embargo, comprender bien que esta llama no comenzará a arder en vosotros mientras las pasiones sean todavía fuertes y vigorosas, incluso cuando no cedáis ante ellas. Las pasiones son como una humedad que se impregna; ahora bien, una madera húmeda no podría arder. Lo único que se puede hacer es traer madera seca del exterior y encenderla; esas llamas harán secar, poco a poco, a la madera húmeda, hasta que esta, a su vez, esté lo bastante seca para tomar fuego. Es así como, poco a poco, el fuego de la madera seca terminará con la humedad, y se propagará hasta que toda la madera esté envuelta en llamas.

Las potencias de nuestra alma y las actividades de nuestro cuerpo son la materia inflamable de nuestro ser, pero, mientras no velemos sobre nosotros mismos, estarán saturadas de agua y no podrán arder a causa de esta humedad de las pasiones. En tanto estas no son expulsadas, resisten con obstinación al fuego espiritual. Las pasiones penetran a la vez el alma y el cuerpo y tienen en su poder el espíritu del hombre, su conciencia y su libertad; de esta manera, llegan a dominarlo enteramente; como, por otra parte, están en convivencia con los demonios, estos hacen del hombre su esclavo, aunque se imagina ser su propio amo.

Liberado por la gracia divina, el Espíritu es el primero en salir de sus trabas. Colmado por el temor de Dios y bajo la influencia de la gracia, rompe todos los lazos que lo ligan a las pasiones y, arrepintiéndose del pasado, toma toma la firme resolución de agradar solo a Dios en todas las cosas, de no vivir más que para él, de marchar según sus mandamientos. Con la ayuda de la gracia divina, el espíritu puede perseverar en su resolución de arrojar las pasiones del alma y el cuerpo, y espiritualizarlo todo en él.

En vosotros también, actualmente, el espíritu ha sido liberado de todos los lazos que lo trababan. estáis ahora del lado de Dios, conscientemente y por una elección deliberada. Vuestro deseo es pertenecer a Dios y agradar solo a él. Ese es el punto de apoyo de vuestra actividad espiritual. sin embargo, aunque vuestro espíritu haya reencontrado su libertad original, vuestra alma y vuestro cuerpo están todavía bajo el dominio de las pasiones que los violentan. debéis, ahora, armaros contra ellas y vencerlas. Rechazádlas lejos de vuestra alma y vuestro cuerpo. ese combate contra las pasiones es inevitable, pues no abandonarán voluntariamente la posesión ilegítima de vuestro ser.

El recuerdo de Dios es la vida del espíritu. El inflama vuestro celo a su placer y hace inquebrantable vuestra decisión de pertenecerle. Ese es, repito, el punto de apoyo de la vida espiritual y ese es, también, el fundamento de vuestra lucha contra las pasiones que invaden el corazón.

Teófano el Recluso

Extractos de un breve tratado de oración contemplativa III



Algunos consejos para cuando se hace oración en grupo

Si en algún momento tienes la bendición de encontrar otras personas que, como tú, también practican la oración contemplativa, puede ser positivo el reunirse para orar en común algún día de la semana o quizás en períodos más largos como un fin de semana.

Cuando varias personas se reúnen es necesario un mínimo de estructuración para que la reunión pueda ser espiritualmente productiva y no termine por ser un desorden y una dispersión totalmente antiespiritual. Recuerda que la belleza y el orden son un reflejo y una cualidad de lo Absoluto.

Al tomar cualquier decisión, hasta la más mínima, o hasta la que parezca sin ninguna importancia, no perdáis nunca de vista el objetivo de «estar en presencia de lo Sagrado». Comprobar si aquella decisión realmente es buena para favorecer la presencia de Dios o no.

Hay que ser muy sincero y muy tajante en esto porque de ello depende la eficacia espiritual del grupo.

Tanto en el caminar solitario como cuando se hace en pequeños grupos, es posible y puede ser incluso recomendable la practica del Oficio Divino o la simple salmodia del Salterio como fuente de gracia, de inspiración y, cuando se hace en grupo, como oración compartida. Esto se puede hacer al comienzo del periodo de práctica y sin que llegue a ser la parte predominante, de manera que la mayor parte del tiempo sea de oración interior.

Los salmos se pueden recitar en grupo simplemente con el tono normal de lectura, pero todavía mejor es hacerlo con la entonación gregoriana que es muy sencilla de aprender y practicar, y que además crea una atmósfera mucho más contemplativa.

En reuniones de varios días, y si esto fuera posible, se puede incluir la celebración de la Eucaristía. Hacerlo de la manera más austera. Hacerlo sin prisa. Que no se pierda el sabor interior orante durante la celebración.

De utilizar cánticos, que sean gregorianos, evitando esa clase de músicas emocionales y dulzonas que se acostumbran hoy en día y que no favorecen para nada la elevación espiritual. No confundáis una subida emocional o sentimental, con la ascensión espiritual. Es mejor no emplear cantos antes que emplearlos mal. Si no conocéis la música gregoriana mejor hacerlo con la simple y austera palabra, y con abundantes momentos de silencio…. la mejor de las músicas.

Al estar en grupo es mejor marcar unos periodos de oración que resulten adecuados para el grupo. Alguien se encargará de marcar el tiempo con un toque de campana y si se hace la salmodia, alguien se encargará de dirigirla mínimamente.

Sobre todo nada de complicación y de dispersión. Lo más simple es lo más eficaz. Si a la simple oración se añaden algunos elementos es con el fin de facilitar la presencia del Espíritu, la inspiración, o el funcionamiento grupal, pero no es para nada obligatorio. Si no es necesario añadir nada, tanto mejor; y si se hace, que sea para mejorar la calidad de transparencia interior no para difuminarlo todo con decoraciones o emocionalidades.

El lema de un grupo contemplativo orante debe de ser el tradicional monástico de «Soledad compartida».

De un Ermitaño Anónimo

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Extractos de un breve tratado de oración contemplativa II



Si sois una familia, acostumbraros a orar juntos al atardecer o antes de dormir. ¡Apaga la televisión y enciende el Oratorio… tu alma te lo agradecerá!

A los niños les resulta muy fácil la oración siempre y cuando no se les complique con palabrerías inútiles o con doctrinas que no llegan a comprender. Enséñales a orar con el Padre Nuestro o con una invocación simple. Ya tendrán tiempo para doctrina y teología más adelante. Los niños captan magníficamente el «sabor» de lo Sagrado y les deja un recuerdo indeleble en sus almas. Valen más unos minutos de oración contemplativa todas las noches; viendo además el ejemplo de sus padres; que todas las explicaciones teóricas que se les pueda dar. Cuando sean mayores te agradecerán las horas pasadas en esa atmósfera sagrada en vez de viendo la televisión. Habrás sembrado una semilla de paz, alegría y plenitud con unas consecuencias que ni siquiera imaginas ahora.

Si en periodos largos de oración sientes molestias en el cuerpo, aprende a moverte muy lenta y armoniosamente. Inclínate hacia delante, hacia los lados o extiéndete hacia atrás. Haz, armoniosa y lentamente, torsiones hacia los lados o cualquier otro movimiento que te alivie las molestias. Aprende a moverte tan suavemente que el movimiento no perturbe el estado de oración. Así el movimiento también será oración e invocación.

De la misma manera que una palabra o una frase pueden invocar y evocar lo sagrado, también un movimiento, un gesto o la evocación visual de una imagen pueden hacerlo. Si sinceramente ese es tu caso hazlo así, pero no lo hagas por estar a la moda o por ser original; mira si eso realmente te sitúa en presencia de lo Sagrado. A fin de cuentas lo que importa es llegar a la presencia de Dios y el vehículo que empleemos para ello será, simplemente, aquel que más nos ayude a ese fin.

Reconocerás la presencia del Espíritu por sus frutos. Ahí donde aparezca una Alegría sin motivo mundano, una Bondad desinteresada, un Amor en estado puro y sin excepciones, una Belleza que todo lo abarca con su manto, una Paz interior y un Agradecimiento independientes de las circunstancias exteriores, ahí estará sin duda el Espíritu.

Cuando aparezca esa Alegría sin objeto, contémplala, quédate mirándola; permanece en esa vivencia durante todo el tiempo que puedas, minutos, horas o días. Cuando aparezca la Bondad, contémplala, quédate impregnándote de esa vivencia; quédate con ella todo el tiempo que puedas. Así con todas las demás cualidades divinas: el Amor, la Libertad, la Misericordia, la Infinitud, el Silencio, la Paz profunda, etc… Conforme vayan apareciendo en la oración, quédate contemplándolas y así irán tomando cada vez más presencia en tu vida.

También reconocerás la presencia de lo Sagrado cuando al intentar describir la vivencia aparezcan las paradojas. Expresiones como: una «vacuidad plena», una «plenitud sutil», un «silencio sonoro», una «densidad ligera», una «soledad acompañada», etc. denotan que se ha visitado ese lugar donde mora el Espíritu.

A veces también lo puedes reconocer por algunos cambios físicos: notarás un cambio en la respiración que tomará una calidad «diferente», más profunda o más intensa o más lenta, según el momento o las personas. Puedes notar también algunos cambios en la calidad de la mirada, o en la relajación de la columna o de los plexos nerviosos. Pero todos estos cambios, si es que ocurren, ocurrirán de manera espontánea y como consecuencia de la profundización, no puedes forzarlos ni fingirlos desde afuera.

De la oración contemplativa al silencio contemplativo solo hay un paso. No fuerces el silencio; llegará de forma natural cuando el alma quede impregnada del Espíritu en una unidad. Entonces, de manera natural, cesará la repetición de la plegaria y te mantendrás en la simple presencia silenciosa. No quieras, por orgullo, llegar a lo más alto y permanece tranquilamente ahí donde Dios te ha puesto y donde puedas sentir su presencia. En estos tiempos es una pena que muchas personas con gran capacidad y vocación de interioridad, por querer llegar directamente al último peldaño de la unión mística…. ni siquiera alcancen el primero de paz interior. El silencio forzado será un silencio «vacuo», desprovisto de gracia, y que no tiene ningún sentido espiritual. Con frecuencia, incluso, se convierte en algo angustioso. Eso en vez de acercarte al Cielo, te deja a las puertas del Infierno. El silencio en sí mismo no es el objetivo, sino la presencia de Dios. La presencia de Dios viene acompañada de silencio, pero el silencio no siempre es acompañado por la presencia de Dios.

La palabra caerá como una fruta madura cuando aparezca lo que ella invoca. Entonces reposa y descansa en ese Santo Silencio, en esa Santa Presencia. Cuando veas que ese perfume desaparece, cuando veas que vuelve la inquietud o la sequedad, entonces vuelve a la palabra hasta que el fuego se avive de nuevo. Una y mil veces.

Por otra parte no debes forzar la oración verbal, la palabra, cuando veas que el silencio te ha tomado o esté llamando a tu puerta. En esos momentos, incluso la palabra que te elevaba puede convertirse en un estorbo y hacerte descender de esa «ligereza plena». No tengas miedo al silencio. La simple presencia, o el simple aliento son oración cuando están impregnados de Gracia.

Si tienes la bendición de encontrar un maestro de oración aprende de él, será una gran suerte. Desgraciadamente en los tiempos que corren, esto es cada vez más difícil por no decir imposible. Esto no debe desanimarte, confía en la inspiración y en la ayuda del Espíritu Santo y haz el camino en soledad. Si no tienes ayuda en la tierra confía en la ayuda del Cielo. La ayuda para el espíritu llega a raudales a las pocas personas que, en este profanado mundo de hoy en día, optan por una orientación interior. Con el tiempo puede que encuentres a algunas pocas personas como tú. Os reconoceréis enseguida.

Aunque estés en soledad, ponte en camino y ora en soledad. El mundo del espíritu ha estado desde siempre lleno de ermitaños y solitarios, y ahora, con el actual descalabro espiritual, sigue estándolo aunque permanezcan ocultos en las ciudades. Si lo puedes hacer en grupo o en familia hazlo así, pero sea cual sea la situación no dejes de meditar, orar y contemplar lo Sagrado.

No puede un ser humano hacer acto más bello que la oración. Sumergirse en el acto orante es sumergirse en la belleza que encierra dicho acto… El abandono y la entrega al acto orante es la mayor belleza que puede acompañar nuestra vida; esa entrega… esa rendición ante lo que nos sobrepasa…

Uno puede optar por cubrir su vida con un manto de belleza o permanecer en la sequedad, el desasosiego, la inquietud, la fealdad o en la amargura. En algún momento de tu vida tendrás que optar por lo uno o por lo otro, más allá de ideologías, argumentaciones y razonamientos de la mente pensante.

Merece la pena apostar por lo primero y que tu paso por este mundo esté acompañado de la Luz, el Calor y la Belleza de lo Sagrado, convirtiéndote así en un foco de irradiación de esas cualidades para tu entorno.

Si tu impulso y tu vocación son fuertes, esa opción se hará de una vez y para siempre. Pero lo más habitual es que esa opción sea un gesto que se renueva cada día o cada momento del día en una apuesta y una decisión constante.

Hay momentos de «sequedad» interior; cuando la «noche oscura», el desánimo y la aspereza invaden cada célula. En esos momentos lo mejor es poner orden en la vida exterior y mantener un «mínimo» de oración. [..] En esos momentos tienes que ser humilde y reconocerte en tu humanidad. No puedes en ese estado ponerte metas muy altas; se como un niño, Dios no te pide nada más allá de tus posibilidades actuales. Comprobarás como tan solo tres avemarías pueden obrar milagros…

De Un ermitaño anónimo.

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Extractos de un breve tratado de oración contemplativa I




PARA BUSCADORES SOLITARIOS DE DIOS


Algunos consejos sobre la oración

En la oración no se trata de pedir cosas a Aquel que todo conoce. La oración no es para decirle a Dios lo que quieres sino para escuchar lo que Él quiere para ti y que no es otra cosa que compartir lo que Él es: Tranquilidad profunda, Beatitud, Paz, Bondad, Belleza, Amor …

No se trata de pedir cosas sino de comprender que no necesitas nada más que la presencia de Dios y descansar en esa morada llena de sus cualidades.

Antes de orar debes de comprender que detrás de todos tus deseos de objetos o de situaciones del mundo, solo hay un deseo: la paz profunda. Y ese deseo último que tanto anhelas y que proyectas en los objetos y situaciones del mundo solo lo puedes obtener en la interioridad. La tranquilidad y la plenitud solo están en tu espíritu, que es el espíritu de Dios.

Una persona se pone a orar cuando ha comprendido claramente la futilidad y la relatividad de todos los objetivos convencionales humanos que, aún teniendo su importancia relativa, no pueden darle la paz profunda, la plenitud que todo ser humano anhela con nostalgia. Es comprendiendo claramente esto, bien sea por la propia inteligencia, o movido por las constantes dificultades de la vida, cuando uno se acerca a la Paz, la Belleza, la Bondad, la Plenitud y la Alegría que proporciona el contacto con lo Absoluto y con lo Sagrado a través de la oración en su calidad más contemplativa.

Sumergirse en el «acto orante» es el síntoma más claro de que se ha llegado al discernimiento (entre lo verdadero y lo falso), al desapego (de las cosas del mundo), a la sumisión (a la presencia de Dios), a la humildad (respecto a nuestra capacidad humana), a la sabiduría (habiendo comprendido donde está la plenitud y el gozo verdaderos), a la caridad (al abrazar en nuestra oración a toda la creación), y a todas las demás virtudes… Todas las virtudes están contenidas en la oración.

Orar es un acto simple de colocación ante la presencia de lo Sagrado.

No te compliques con rituales ni con palabrería o con lecturas excesivas. Orar es muy sencillo, no hace falta que te leas todos los libros que hay sobre el tema. Se trata de orar, no de leer sobre ello. Vale más un minuto de presencia en lo Sagrado que un año de lecturas sobre la oración.

El rato de oración es un paréntesis de tranquilidad en tu vida. Nunca tengas prisa. La prisa, la ansiedad, la complicación y la dispersión son los mayores enemigos del espíritu. Mantenlos a raya cueste lo que cueste. Nunca te dejes llevar por ellos. Mantente todo el tiempo que haga falta hasta que reconozcas la presencia de lo Sagrado. Esto puede llevarte desde unos pocos minutos hasta horas. Ten paciencia y espera.

Evita hacerlo de manera mecánica y rutinaria; hazlo, no por obligación, sino por devoción. Eso te coloca en una actitud y en una atmósfera totalmente diferentes.

El pensamiento racional puede llegar a ser un gran enemigo del espíritu. No pienses, razones ni elucubres sobre lo que haces. Simplemente hazlo; simplemente reza. Entra en esa atmósfera, no pienses sobre ella. El pensamiento no entiende esos estados y antes, durante o después de la oración, pondrá todo tipo de impedimentos y de razonamientos haciéndote ver lo absurdo de la práctica. El pensamiento empleará todo tipo de argumentos de lo más convincentes e ingeniosos. ¡No hagas caso al pensamiento! Diga lo que diga la mente, tú continúa con tu práctica de oración.

Ten en cuenta que esto te sucederá, incluso, después de muchos años de práctica y de frecuentación de esos «lugares del Espíritu». Muchos son los testimonios de personas de oración y de vida interior que así lo confirman. Nunca hagas caso a esos pensamientos. La mente pensante, hiper desarrollada en las personas actuales, no puede abarcar ciertas moradas y se resiste con todas sus fuerzas poniendo una barrera que debemos vencer con perseverancia e inspiración.

Enciende una vela delante del Oratorio y siéntate en el suelo, con las piernas cruzadas, sobre los talones o en un banquillo, según prefieras.

Puedes permanecer así desde unos minutos…. hasta el día entero. No hay límite para la adoración. Acuérdate del consejo evangélico de «permanecer en oración constante».

Preferentemente puedes rezar el Santo Rosario o el Ave María, haciéndolo con tranquilidad y dejando que en tu alma se reproduzca la receptividad de la Virgen María ante el anuncio del Ángel.

También puedes emplear una invocación más simple como por ejemplo:

AMOR, PADRE, DIOS, ¡¡ TE AMO !!

La repetición se irá uniendo, poco a poco, a la respiración: AMOR al tomar aire, AMOR al expulsarlo.

Puede llegar un momento en el que el aliento en sí, se transforma en oración. El contenido de la palabra se trasvasará al aliento, al cuerpo y al mundo. Entenderás lo que es «ver a Dios en las formas y las formas en Dios».

Si decides usar otra plegaria, mira que sea una sencilla frase o palabra que evoque en ti lo Sagrado y que repetirás con tranquilidad dejándote impregnar por su sabor.

Puedes centrar tu atención en el corazón. Eso enraíza la oración en el cuerpo y despeja a la mente del continuo pensamiento. De esa manera el espíritu se «corporaliza» y el cuerpo se «espiritualiza». En el corazón vivirá entonces una llama orante permanentemente encendida; como una luz que señala donde hay un «templo vivo de Dios».

Puedes abrir los ojos de vez en cuando un momento y mirar a la imagen que te inspira, de manera que añadas un impulso más hacia las alturas a través de la visión.

No fuerces la plegaria, ni mucho menos la respiración. Una de las claves fundamentales de la oración está en aprender la manera en que la plegaria «suceda» por sí misma, a su propio ritmo, «se rece» en ti, lo mismo que la respiración «ocurre» sin ningún esfuerzo.

Los momentos más propicios para la oración son el amanecer y el anochecer (los tradicionales momentos de Laudes y Vísperas), pero puedes hacerlo en cualquier otro momento del día o de la noche.

Con el tiempo la oración se irá haciendo continua en tu vida, tanto la «Oración Verbal» cuando sea posible, como la «Presencia en el Sabor de lo Sagrado» que se mantendrá como plano de fondo a lo largo de todo el día.

Sobre ese sagrado «lienzo de fondo» verás que se van dibujando las situaciones, los movimientos, las conversaciones, el trabajo etc… Toda tu vida quedará cubierta por el manto de tranquilidad de lo Sagrado e iluminada por la «dorada luz del Tabor»; un gran manto de tranquilidad, lucidez, comprensión y gracia que irá abarcando las situaciones, los paisajes, las personas en cada momento de tu vida.

También con el tiempo esa invocación, ese sabor o esa luz, se mantendrán por la noche durante los sueños.

De un Ermitaño Anónimo

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Haced todo en el nombre del Señor Jesús




«Cualquier cosa que hagáis, en palabras o en actos, hacedlo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por El a Dios Padre» (Col 3,17)

San Pablo habla aquí de la tercera manera por la cual probamos que nuestra morada secreta está en Dios, que se trata de hacerlo todo en el nombre del Señor Jesús. En lo que se refiere a los otros dos métodos, por medio del primero – la lectura de la Santa escritura y la asimilación de las verdades que contiene- liberamos nuestro espíritu de las imaginaciones vanas e impuras y lo llenamos de pensamientos buenos, interesándonos sólo en las cosas divinas; por medio del segundo – la oración- tomamos el hábito de recordar constantemente al Señor y de marchar en su presencia. Estos dos métodos mantienen nuestra atención y nuestros sentimientos absortos en Dios.

¿Parece, tal vez, que esto es suficiente? Parece, pero no es así. Si esos dos métodos se utilizan solos, no nos conduce al fin que deseamos. El hombre no solo es pensamiento y sentimiento, es, ante todo, acción. Está siempre en movimiento, constantemente en actividad. Sin embargo, cada acción implica atención y sentimiento. El hombre que actúa es atrapado completamente por su actividad. Como Consecuencia, el hombre que busca a Dios descubrirá pronto que, por causa de ciertas cosas que hace, su pensamiento se aleja de Dios y, después de su pensamiento, sus sentimientos. Sus ocupaciones lo hacen descender desde el cielo a la tierra y lo hacen salir de la soledad con Dios para entrar en relación con otros hombres. Pues nuestras ocupaciones son casi todas visibles, porque se cumplen en medio de otras criaturas y objetos sensibles. Se desprende de ello, pues, que las ocupaciones del hombre no están organizadas de manera que sea preservada esa soledad en Dios; los dos primeros métodos resultan estériles y le llegará a ser imposible practicarlos como debe. Las ocupaciones nos distraen, incluso la lectura de las Sagradas Escrituras e incluso la oración. Por eso, el Apóstol, en el pasaje que acabamos de citar, nos enseña cómo hacer de todas nuestras actividades un medio para preservar nuestra vida secreta en Dios: hacer todo en el nombre del Señor. Si llegamos a acostumbrarnos a esto, no nos alejaremos jamás del Señor, ni en pensamiento ni en nuestros sentimientos. Hacer todo en el nombre del Señor quiere decir hacer todo para su gloria y con el deseo de complacerlo, habiendo comprendido bien su voluntad, incluso en las cosas más corrientes. De esta manera, los miembros del cuerpo trabajan como instrumentos, mientras que los pensamientos y los sentimientos están dirigidos hacia El señor, preocupados por cumplir su tarea una manera agradable a Dios y para su gloria.

Este método es mas eficaz que los otros dos para alcanzar seguramente nuestro objetivo. El éxito de los dos primeros métodos depende del éxito del tercero. Pues los dos primeros son de carácter mental, mientras que, a través de la acción, el pensamiento penetra todo nuestro ser. Cuando nuestra acción es santificada por su consagración a Dios, mientras la cumplimos, cierto elemento divino penetra todos los órganos y todas las potencias que participan en el trabajo. Cuanto mayor es el número de las acciones, más numerosos son los elementos divinos que penetran en el hombre. Finalmente, lo llenan completamente, de manera que toda su naturaleza está inmersa en lo divino y habita en Dios. Poco a poco, como esta orientación hacia Dios llega a ser un hábito, la oración, con la inquietud de lo que está bien, se establece también más sólidamente. La oración y la adoración impregnan el trabajo que es cumplido por la gloria de Dios; y como permanecemos en lo divino, nuestras acciones están dotadas de más fuerza y más eficacia.

San Pablo resume todas nuestras actividades en dos expresiones: palabras y acciones. Las palabras son pronunciadas por los labios, las acciones son cumplidas por los otros miembros. Desde el momento en que uno se despierta hasta que se duerme, está ocupado en una y otra actividad. Nuestras palabras corren casi sin detenerse, mientras que los diversos movimientos del cuerpo siguen continuamente. iQué magnífica ofrenda se haría a Dios, si todo esto fuera hecho para su gloria! Para que nuestras palabras sirvan para la gloria de Dios, es necesario desterrar no sólo los malos propósitos, sino igualmente la habladuría hueca e inútil; es necesario que subsista una sola forma de conversación, la que edifique a nuestros hermanos o por lo menos no les cause ningún daño.

Así debemos consagrar a Dios este don de la palabra que recibimos, recitando oraciones. Por otra parte, orientando nuestras acciones hacia la gloria de Dios, podemos no sólo desembarazarnos de las malas acciones llevadas a cabo bajo el efecto de la codicia o de la irritación (tales cosas no deberían venir al espíritu de un cristiano), sino llegar igualmente a ser capaces de ver con qué espíritu debemos cumplir esas acciones en la medida en que sean permitidas, necesarias y útiles. Esto libera nuestra actividad de toda búsqueda de sí, de toda servidumbre con respecto al mundo y a sus caminos.

Hacer todo en el nombre de Dios quiere decir orientar todo hacia su gloria, intentar cumplir todo de una manera que le sea agradable, porque ésa es su voluntad. Quiere decir, igualmente, envolver cada acción, comenzarla con oración y terminarla con oración: cuando comenzamos, pedir la bendición de Dios; durante el trabajo, implorar su ayuda; y, al terminar, darle gracias por haber querido cumplir su obra en nosotros y a través de nosotros.

Teófano el Recluso