La habitación de Cristo en el alma, y la muerte de las pasiones carnales



San Juan Crisóstomo escribió: «Preguntáis: ¿Qué sucederá si Cristo está en nosotros? ‘Si Cristo está en vosotros, vuestro cuerpo está muerto al pecado, mientras vuestro espíritu vive para la justicia” (Rom. 8, 10)».

Si no tenéis en vosotros el Espíritu Santo, ya veis el mal que de ello resulta: la muerte, la enemistad respecto a Dios, la imposibilidad de serle grato sometiéndoos a su ley y de pertenecer a Cristo y poseerlo en vosotros. Ved también qué dulce es ser el templo del Espíritu, pertenecer a Cristo, llevarlo en sí con los ángeles; pues tener un cuerpo muerto al pecado significa el comienzo de la vida eterna, la posesión, en esta vida, de la garantía de la resurrección y la fuerza para avanzar por el camino de la virtud. Notad que el Apóstol no dice solamente «el cuerpo está muerto»; él agrega «al pecado»; comprended bien que es el pecado de la carne el que está muerto, no el cuerpo mismo. No es el cuerpo en tanto tal, al que se refiere el Apóstol. Por el contrario, quiere que el cuerpo, aunque muerto, esté siempre vivo. Cuando nuestro cuerpo, en lo que se refiere a las reacciones carnales, no difiere de aquellos que yacen en la tumba, se trata de un signo seguro de que poseemos en nosotros al Hijo y que el Espíritu permanece en nosotros.

Igual que las tinieblas no pueden habitar con la luz, todo lo que es carnal, apasionado y malo, no puede permanecer en presencia de nuestro Señor Jesucristo y de su Espíritu; pero, igual que la existencia del sol no excluye la de las tinieblas, la presencia del Hijo y del Espíritu no destruye inmediatamente todo lo que es malo y apasionado en nosotros; ella, simplemente, despoja al pecado del poder que ejercía sobre nuestra voluntad. Cuando una ocasión se presenta, los elementos apasionados e inclinados al mal que llevamos en nosotros se manifiestan y solicitan nuestra conciencia y nuestra voluntad. Si nuestra conciencia les presta atención existe un gran riesgo de que nuestra voluntad se vuelva igualmente hacia ellos. Pero si, en ese momento, nuestra conciencia y nuestra voluntad vigilan esas inclinaciones y se alinean del lado del espíritu, si ellas se vuelven hacia nuestro Señor y su Espíritu, todo lo que existía en nosotros de carnal y apasionado será inmediatamente llevado como el humo por el viento. Esto muestra que la carne está muerta y no tiene fuerzas.

He aquí pues una regla general para todos los cristianos cualquiera sea la etapa de la vida espiritual en que se encuentren: si alguien permanece firmemente con su conciencia y su voluntad, del lado del espíritu, en una unión viviente y consciente con nuestro Señor y su Espíritu, nada carnal o apasionado podrá subsistir en él, no más que las tinieblas ante el sol o el frío frente al fuego. En ese caso, la carne está completamente muerta y sin movimiento. Es de ese estado del que habla San Pablo en el texto citado por San Juan Crisóstomo. San Macario de Egipto, por su parte, también lo describe más de una vez.

La regla que debemos seguir en la vida espiritual está bien descrita por San Hesiquio. La esencia de su enseñanza es esta: «Cuando la carne y las pasiones se levantan, separaos de ellas con desprecio y disgusto y volveos en la oración hacia nuestro Señor Jesucristo que está en vosotros. Entonces, lo que es carnal y apasionado desaparecerá inmediatamente”.


Extraido del libro «El arte de la oración» de Teófano el recluso y otros autores espirituales


La Perla preciosa




Mas aquí es de notar que no cualquier grado de caridad basta para dar al hombre esta paz y hartura interior de que hablamos, sino sola la perfecta caridad. Para lo cual es de saber que esta virtud así como va cresciendo, así va obrando en el ánima mayores y más excelentes efectos.

Porque primeramente ella (cuando Dios lo ordena) trae consigo un conoscimiento experimental de la bondad, suavidad y nobleza de Dios: del cual conoscimiento nasce una grande inflamación de la voluntad, y desta inflamación un maravilloso deleite, y deste deleite un encendidísimo deseo de Dios, y del deseo una nueva hartura, y de la hartura una embriaguez, y désta una seguridad y cumplido reposo en Dios, en el cual nuestra ánima descansa y tiene su sábado espiritual con él.

En lo cual parece que estos ocho grados van de tal manera encadenados, que uno abre camino para el otro, y el que precede, abre camino y dispone para el que se sigue.

Porque el primer grado (que es aquel conoscimiento experimental de Dios) es una muy principal puerta por donde entran los dones y beneficios de Dios en el ánima, y la enriquecen grandemente. Porque deste conoscimiento que está en el entendimiento (aunque derivado del gusto de la voluntad) procede una grande inflamación y fuego en esa misma voluntad, con el cual arde en el amor de aquella inmensa bondad y benignidad que allí se le descubrió.

Y deste fuego nasce un suavísimo deleite, que es aquel manna escondido, que nadie conosce sino el que lo ha probado, el cual es propriedad natural que anda en compañía del amor y procede del, así como la lumbre naturalmente procede del sol.

Éste es uno de los principales instrumentos que toma Dios para sacar los hombres del mundo y destetarlos de todos los deleites sensuales. Porque es tan grande la ventaja que hace este deleite á todos los otros deleites, que fácilmente renuncia el hombre á todos los otros por él. Y porque las cosas espirituales son tan excelentes y tan divinas, que mientras más se gustan, más se desean, luego deste gusto nasce un encendidísimo deseo de gozar y poseer este tesoro, porque ya el ánima en ninguna otra cosa halla verdadero gusto ni descanso sino en él. Y porque sabe que este bien se alcanza con el trabajo de las virtudes y aspereza de vida y con la imitación de aquel Señor que dice: Yo soy camino, verdad y vida, nadie viene al Padre sino por mí, de aquí nasce otro encendidísimo deseo, no sólo de meditar, sino también de imitar la vida deste Señor, y andar por todos los pasos que él anduvo. Y los pasos son humildad, paciencia, obediencia, pobreza, aspereza, mansedumbre, misericordia, y otros tales.

A este deseo sucede la hartura (tal cual en esta vida se puede poseer) porque no da Dios deseos á los suyos para atormentarlos, sino para cumplirlos y disponerlos para cosas mayores. Y así como él es el que mata y da vida, así también él es el que da á los suyos el deseo y la hartura, con la cual se engendra en el ánima un tan grande hastío de las cosas del mundo, que las viene á tener como debajo los pies, con lo cual queda ella pacíflca, satisfecha y contenta con solo este dulcísimo bocado, en quien halla todos los gustos y deleites juntos, y conosce por experiencia que en ninguna otra cosa puede la criatura racional hallar cumplido reposo, sino en solo él.

A este tan alto grado sucede la embriaguez, que sobrepuja á la hartura, á que nos convida el Esposo en el libro de los Cantares: con la cual el ánima se olvida de todas las cosas perecederas y á veces de sí misma, por estar sumida y anegada en el abismo de la infinita bondad y suavidad de Dios.

Desta celestial embriaguez se sigue el séptimo grado, que es seguridad, aunque no perfecta cual es la de la gloria, sino cual se sufre en esta vida, que es mayor de lo que nadie puede imaginar: con la cual canta el hombre alegremente con el Profeta (según traslada S. Hierónimo) diciendo: Tú, Señor, me heciste morar seguro en la confianza . Porque después de probada por tales medios la inmensidad de la bondad y providencia paternal de Dios, viene á participar una maravillosa seguridad y confianza en esta providencia, la cual le hace animosamente decir aquellas palabras del Profeta: El Señor es nuestro refugio y nuestra fortaleza, por tanto no temeremos, aunque se turbe la tierra y se trastornen los montes y vengan á caer en el corazón de la mar.

Pues desta tan grande seguridad y confianza nasce la tranquilidad del ánima, que es un cumplido reposo, una holganza espiritual, un silencio interior, un sueño reposado en el pecho del Señor, y es finalmente aquella paz que el Apóstol dice que sobrepuja todo sentido, porque no hay seso humano que baste á comprehender lo que es, sino aquél que la ha probado.

Y la felicidad destos dos postreros grados prometió el Señor á sus escogidos por Isaías, cuando dijo: Asentarse ha mi pueblo en la hermosura de la paz, y en los tabernáculos de la confianza, y en un descanso cumplido y abastado de todos los bienes.

Éste es, hermano mío, el reino del cielo en la tierra, y el paraíso de deleites de que podemos gozar en este destierro, y éste es el tesoro escondido á los ojos del mundo en la heredad del Evangelio, por el cual el sabio mercader vende todo cuanto tiene por alcanzarlo.


DEL TRATADO DEL AMOR DE DIOS DEL MEMORIAL DE LA VIDA CRISTIANA DE FRAY LUIS DE GRANADA.

Alguien que está siempre allí



Creed firmemente que, aunque estéis solos hay siempre, no solamente cerca de vosotros, sino en vosotros, alguien que os mira y sabe todo lo que sucede en vuestro interior. Lo que os escribí concerniente a la recitación frecuente de la Oración de Jesús durante la jornada se revelará como un medio muy poderoso para alcanzar ese fin.

Trabajad así y orad a Dios para que vele a fin de acordaros la gracia de saber lo que significa “tener una herida en el corazón”, como dice el Padre Partheno. Esto no sucede al primer intento. Os será necesario, tal vez un año o más de trabajo asiduo, antes de que se manifieste alguna cosa. Que Dios os bendiga en esta obra y sobre esta ruta. No veáis en esto algo secundario, sino la tarea principal de vuestra vida.

Tanto tiempo como dura vuestro desorden interior, incluso si oráis, vuestro corazón permanece frío, es movido raramente por un sentimiento de calor y una oración ferviente. Cuando esta confusión interior es dominada, el calor de la oración llega a ser constante y el corazón se enfría sólo raramente, siendo además, este estado, rápidamente superado al volver pacientemente a la regla de vida y a las ocupaciones que despiertan ese sentimiento de calor.

La actitud del corazón hacia los ataques de la vanidad y de las pasiones, será también muy diferente. ¿Quién puede dejar de sentir dichos ataques? Sólo que, anteriormente, ellos penetraban en el corazón, tomaban posesión de él y lo cautivaban por la fuerza, de tal modo que él estaba constantemente sucio por el placer que obtenía de los malos pensamientos, aún si ellos no lo llevaban al pecado. Ahora, cuando el ataque se prepara, el guardián, la atención, se mantiene permanentemente a la entrada del corazón y, por el nombre de Nuestro Señor Jesucristo, rechaza al enemigo. Sólo muy raramente el enemigo logra introducir en el alma alguna tentación, esta es, por otra parte, inmediatamente notada, rechazada, purificada por el arrepentimiento, y no queda de ella ningún rastro.

Durante el período de búsqueda, antes que se alcance este estadio, se pasa años sentado al borde del agua, como el enfermo de la piscina de Bethesda, implorando «No tengo a nadie para que me arroje al agua (Juan, 5, 7). ¿Cuándo llegará el Salvador de Israel, él, que puede arrojarnos en la piscina de aguas vivificantes? ¿Cómo es posible que él, que hemos acogido en nosotros, nos haga languidecer así? Es nuestra propia falta, él está en nosotros, pero nosotros no estamos en su presencia. Es por ello que debemos volver a entrar en nosotros mismos para encontrarlo.

Hemos leído bastante, ahora nos es necesario actuar; bastante hemos mirado como los otros avanzan, nos es necesario marchar.



Extraido del libro «El arte de la oración» de Teófano el recluso y otros autores espirituales

Los frutos de la oración


DEL FRUCTO QUE SE SACA DE LA ORACIÓN Y MEDITACIÓN.

CAPÍTULO I

Porque este breve tratado habla de la oración y meditación, será bien al principio decir en pocas palabras el fructo que de este sancto ejercicio se puede sacar, porque con más alegre corazón se ofrezcan los hombres a él.

Notoria cosa es que uno de los mayores impedimentos que el hombre tiene para alcanzar su última felicidad y bienaventuranza, es la mala inclinación de su corazón y la dificultad y pesadumbre que tiene para bien obrar: porque a no estar ésta de por medio, facilísima cosa le sería correr por el camino de las virtudes, y alcanzar el fin para que fué criado. Por lo cual dijo el Apóstol: Huélgome con la ley de Dios según el hombre interior, pero siento otra ley y inclinación en mis miembros, que contradice a la ley de mi espíritu, y me lleva tras sí captivo a la ley del pecado. Ésta es, pues, la causa más universal que hay de todo nuestro mal.

Pues para quitar esta pesadumbre y dificultad, y facilitar este negocio, una de las cosas que más aprovechan, es la devoción. Porque (como dice Sancto Tomás) no es otra cosa devoción, sino una promptitud y ligereza para bien obrar: la cual despide de nuestra ánima toda esta dificultad y pesadumbre, y nos hace prontos y ligeros para todo bien. Porque es una refección espiritual, un refresco y roscío del cielo, un soplo y aliento del Espíritu Sancto, y un afecto sobrenatural: el cual de tal manera regala, esfuerza y trasforma el corazón del hombre, que le pone nuevo gusto y aliento para las cosas espirituales, y nuevo desgusto y aborrescimiento de las sensuales. Lo cual nos muestra la experiencia de cada día: porque al tiempo que una persona espiritual sale de alguna profunda y devota oración, allí se le renuevan todos los buenos propósitos, allí son los fervores y determinaciones de bien obrar, alli el deseo de agradar y amar a un Señor tan bueno y tan dulce como allí se le ha mostrado, y de padecer nuevos trabajos y asperezas, y aun derramar sangre por El, y allí finalmente reverdece y se renueva toda la frescura de nuestra alma.

Y si me preguntas por qué medios se alcanza este tan poderoso y tan noble afecto de devoción, a esto responde el mismo Sancto Doctor diciendo que por la meditación y contemplación de las cosas divinas: porque de la profunda meditación y consideración de ellas redunda este afecto y sentimiento en la voluntad (que llamamos devoción) el cual nos incita y mueve a todo bien. Y por eso es tan alabado y encomendado este sancto y religioso ejercicio de todos los Sanctos: porque es medio para alcanzar la devoción, la cual aunque no es más que una sola virtud, nos habilita y mueve a todas las otras virtudes, y es como un estímulo general para todas ellas. Y si quieres ver cómo esto es verdad, mira cuan abiertamente lo dice Sanct Buenaventura por estas palabras:

Si quieres sufrir con paciencia las adversidades y miserias desta vida, seas hombre de oración. Si quieres alcanzar virtud y fortaleza para vencer las tentaciones del enemigo, seas hombre de oración. Si quieres mortificar tu propria voluntad con todas sus aficiones y apetitos, seas hombre de oración. Si quieres conoscer las astucias de Satanás, y defenderte de sus engaños, seas hombre de oración. Si quieres vivir alegremente y caminar con suavidad por el camino de la penitencia y del trabajo, seas hombre de oración. Si quieres ojear de tu ánima las moscas importunas de los vanos pensamientos y cuidados, seas hombre de oración. Si la quieres sustentar con la grosura de la devoción, y traerla siempre llena de buenos pensamientos y deseos, seas hombre de oración. Si quieres fortalecer y confirmar tu corazón en el camino de Dios, seas hombre de oración. Finalmente, si quieres desarraigar de tu ánima todos los vicios, y plantar en su lugar las virtudes, seas hombre de oración: porque en ella se rescibe la unión y gracia del Espíritu Sancto, la cual enseña todas las cosas. Y demás desto, si quieres subir a la alteza de la contemplación, y gozar de los dulces abrazos del Esposo, ejercítate en la oración, porque éste es el camino por do sube el ánima a la contemplación y gusto de las cosas celestiales.

¿Ves, pues, de cuánta virtud y poder sea la oración? Y para prueba de todo lo dicho (dejado aparte el testimonio de las Escripturas Divinas) esto baste agora por suficiente probanza, que habernos oído y visto, y vemos cada día muchas personas simples, las cuales han alcanzado todas estas cosas susodichas, y otras mayores, mediante el ejercicio de la oración. Hasta aquí son palabras de Sant Buenaventura. ¿Pues qué tesoro, qué tienda se puede hallar más rica ni más llena de todos los bienes que ésta?

Oye también lo que dice a este propósito otro muy religioso y sancto Doctor, hablando de esta misma virtud. En la oración (dice él) se alimpia el ánima de los pecados, apaciéntase la caridad, certifícase la fe, fortaléscese la esperanza, alégrase el espíritu, derrítense las entrañas, pacifícase el corazón, descúbrese la verdad, véncese la tentación, huye la tristeza, renuévanse los sentidos, repárase la virtud enflaquecida, despídese la tibieza, consúmese el orín de los vicios, y en ella saltan centellas vivas de deseos del Cielo, entre las cuales arde la llama del divino amor. Grandes son las excelencias de la oración, grandes son sus privilegios. A ella están abiertos los cielos, a ella se descubren los secretos, y a ella están siempre atentos los oídos de Dios. Esto baste agora para que en alguna manera se vea el fructo de este sancto ejercicio.

Capitulo 1 Del tratado de la oración y la meditación de Fray Luis De Granada

La ermita del corazón



Soñáis con una ermita pero ya la tenéis, pues vuestra ermita está allí donde estéis. Sentaos en silencio y decid: «¡Señor, ten piedad!». ¿Si os aisláis del resto del mundo, cómo cumpliréis la voluntad de Dios? Simplemente preservando en vosotros el estado interior que debe ser el vuestro. ¿Y cuál es? Es el recuerdo incesante de Dios, mantenido con temor y piedad, y acompañado por el pensamiento de la muerte. El hábito de marchar en presencia de Dios y recordarlo es el aire que se respira en la vida espiritual. Puesto que somos creados a imagen de Dios, ese hábito nos debería resultar totalmente natural; si está ausente, es porque hemos caído lejos de Dios. Esa caída nos obliga a luchar por adquirir el hábito de vivir en su presencia. Todo nuestro esfuerzo ascético debe consistir en permanecer conscientemente a la presencia de Dios. Sin embargo, hay, además, otras actividades secundarias que son, también, parte de la vida espiritual, y es necesario esforzarse por dirigir esas actividades hacia su verdadero fin. Ya sea la lectura, la meditación o la oración, todas nuestras actividades, todas nuestras ocupaciones y nuestros contactos, deben ser conducidos de tal manera que no nos distraigan de la presencia de Dios.

El fondo de nuestra conciencia y de nuestra atención debe estar siempre concentrada en el recuerdo de Dios. El intelecto está en la cabeza y los intelectuales viven siempre en la cabeza. Viven cerebralmente y sufren una incesante turbulencia de pensamientos. Esa turbulencia no permite a la atención concentrarse sobre un solo pensamiento. El intelecto no puede, en tanto está en la cabeza, concentrarse únicamente en el recuerdo de Dios. Es necesario volver a traerlo a cada instante. Esa es la razón por la cual aquellos que desean establecer en sí mismos ese pensamiento único de Dios deben abandonar su cabeza, descender con el intelecto en el corazón, y permanecer allí en una atención continua. Es, entonces, solamente cuando el intelecto está unido al corazón, que es posible esperar tener éxito en mantener el recuerdo de Dios. He aquí el fin que debéis tener constantemente ante los ojos y hacia el cual debéis avanzar. No penséis que esta tarea sobrepasa vuestras fuerzas, pero no os la figuréis tampoco tan fácil que os bastará desearla para obtenerla.

La primera cosa que se debe hacer es atraer el intelecto hacia el corazón recitando vuestras oraciones con el sentimiento que corresponde a su sentido, pues son los sentimientos del corazón los que, habitualmente, gobiernan al intelecto. Si hacéis bien ese primer paso vuestros sentimientos se adaptarán al contenido de vuestra oración. Pero, además de esa primera clase de sentimientos, existen otros, mucho más fuertes y más dominantes, sentimientos que cautivan a la vez nuestra conciencia y nuestro corazón, sentimientos que encadenan el alma y no le dejan ninguna libertad porque retienen toda la atención. Ellos son de un género particular y, tan pronto como hacen su aparición, el alma comienza a orar por sí misma con sus propias palabras y sus propios sentimientos. Es necesario no interrumpir jamás esta efusión de sentimientos y de oraciones que nacen en el corazón; no intentéis continuar, sino deteneos inmediatamente, pues debéis dejarlos en total libertad para expresarse, hasta que se hayan agotado y vuestras emociones hayan retornado a su nivel habitual. Esta segunda forma de oración es más poderosa que la primera y sumerge el intelecto en el corazón más rápidamente. Sin embargo, ella no puede manifestarse más que después de la primera, o al mismo tiempo.

Cuando oráis con sentimiento, ¿dónde se encuentra vuestra atención, sino en el corazón? Obtened el sentimiento y adquiriréis también la atención. La cabeza es un mercado de pulgas llenado por la multitud. No se puede orar a Dios en ese lugar. Si en ciertos momentos la oración va bien y se prosigue como por propio impulso, es un buen signo, ello quiere decir que comienza a injertarse en el corazón. Tened cuidado de no dejar que vuestro corazón se ate y esforzaos por mantener a Dios en la memoria, por verlo ante vosotros y trabajar en su presencia.

Extraido del libro «El arte de la oración» de Teófano el recluso y otros autores espirituales



La otra ribera del Jordán




Lo que es esencial durante la oración, es unir el intelecto al corazón. Esto no puede lograrse más que por la gracia de Dios y en el tiempo señalado por él.

Las técnicas son ventajosamente reemplazadas por una recitación apacible de la Oración. Es necesario hacer una breve pausa entre cada invocación, la respiración debe ser calma y apacible, y el intelecto debe permanecer encerrado en las palabras de la oración. Por ese medio, se puede fácilmente alcanzar cierto grado de atención.

Muy rápidamente el corazón comienza a sentirse en simpatía con la atención del intelecto mientras ora; comienza entonces a existir acuerdo entre el corazón y el intelecto y, poco a poco, ese acuerdo se transformará en unión del intelecto y del corazón: de ese modo, la manera de orar recomendada por los Padres se establecerá por sí misma.

Los métodos mecánicos y corporales nos han sido propuestos, únicamente, como medios de lograr fácil y rápidamente la atención en la oración, jamás como algo esencial.

La práctica de la Oración de Jesús alcanza su cumbre cuando se llega a la oración pura, la que es coronada por la apátheia o perfección cristiana, don de Dios, que él acuerda a esos luchadores espirituales cuando le place. San Isaac el Sirio dijo: «Pocos reciben el don de la oración pura. Apenas se encuentra en cada generación una sola persona que alcanza el misterio cumplido en la oración pura y que, por la gracia y el amor de Dios, alcanza la otra ribera del Jordán».


Extraido del libro «El arte de la oración» de Teófano el recluso y otros autores espirituales




Los frutos de la oración incesante



Es por la oración incesante que el asceta alcanza una pobreza espiritual auténtica. Aprendiendo a pedir sin cesar la ayuda de Dios, pierde poco a poco su confianza en sí mismo. Si hace algo con éxito, no ve allí su propio logro, sino que lo atribuye a la misericordia divina que él implora sin cesar. La oración incesante lleva a la adquisición de la fe, pues aquél que ora continuamente comienza gradualmente a sentir la presencia de Dios. Ese sentimiento se desarrolla poco a poco, de tal modo que el ojo espiritual llega a reconocer a Dios en su Providencia mejor de lo que el ojo natural ve los objetos materiales; y entonces el corazón conoce la presencia de Dios por una experiencia inmediata. Aquél que ha visto a Dios de esta manera y ha sentido así su presencia, no puede dejar de creer en él con una fe viviente que se manifestará en sus actos.

La oración incesante vence al mal mediante la esperanza en Dios; conduce al hombre a una santa simplicidad, separando su intelecto del hábito de dispersarse en pensamientos distintos y hacer planes sobre sí mismo y sobre su prójimo, y manteniéndolo siempre en una pobreza y una humildad de pensamientos. Es en esto que consiste la formación del hombre de oración. Aquél que ora sin cesar pierde gradualmente el hábito de dejar vagar sus pensamientos, de estar distraído, de estar colmado de vanas preocupaciones, y cuanto más profundamente se arraiga en el alma ese impulso hacia la santidad y hacia la humildad, más se pierden los hábitos precedentes. Finalmente, llega a ser como un niño, tal como lo recomienda Cristo en el Evangelio; llega a ser loco por amor de Cristo, es decir, pierde la falsa sabiduría del mundo y recibe de Dios una inteligencia espiritual.

La curiosidad, la desconfianza y la sospecha son igualmente destruidas por la oración incesante; a partir de allí, los otros comienzan a parecemos buenos, y de esta transformación del corazón nace el amor por los hombres. Aquél que ora sin cesar permanece constantemente en el Señor, reconoce al Señor como Dios, adquiere el temor de Dios del cual nace la pureza, y ésta da nacimiento al amor divino. El amor de Dios lo colma con los dones del Espíritu Santo, del que es el templo.

Extraido del libro «El arte de la oración» de Teófano el recluso y otros autores espirituales

La parábola de la levadura



Recordad la parábola de la levadura oculta en tres medidas de harina. La presencia de la levadura en la pasta no es visible inmediatamente, permanece oculta durante cierto tiempo; más tarde su acción se hace visible; finalmente, penetra toda la pasta. De la misma manera, el reino interior comienza por ser secreto; luego se revela y, finalmente, se abre y aparece en todo su poder.

Se revela, como hemos dicho más arriba, por la aspiración espontánea de retirarnos en nosotros mismos y permanecer en presencia de Dios. El alma no actúa ya por sus propias fuerzas, es movida por una influencia exterior. Alguien la toma a su cargo y la guía interiormente. Es Dios, la gracia del Espíritu Santo, el Señor y Salvador; poco importa como lo nombréis, el sentido es siempre el mismo. Dios muestra de ese modo que acepta la ofrenda del alma y desea llegar a ser el amo; al mismo tiempo acostumbra al alma a su dominación, revelándole su verdadera naturaleza.

Hasta que siente en él esta aspiración —y ello no se produce de golpe— el hombre parece actuar por sus propias fuerzas, aunque en realidad esté sostenido por la gracia; pero la acción de la gracia permanece oculta. Pone toda su atención y su buena voluntad en recogerse en sí mismo y recordar a Dios, en rechazar los pensamientos malos o inútiles y realizar todos sus deberes de una manera que sea agradable a Dios. Se ejercita y se aplica hasta quedar agotado, pero no consigue nada; sus pensamientos lo distraen, los movimientos de sus pasiones lo dominan, hay desorden y errores en su trabajo. Todo ello se produce porque Dios todavía no ha tomado las cosas en su mano. Pero, tan pronto como lo hace (lo que sucede cuando se es presa de un deseo no deliberado de permanecer en el interior de sí mismo, en su presencia), todo vuelve al orden. Es el signo de que el rey está allí.


Extraido del libro «El arte de la oración» de Teófano el recluso y otros autores espirituales


Sed colmados por el Espíritu Santo



El espíritu de la gracia vive en los cristianos desde el momento en que han sido bautizados y recibido el crisma. Y la participación en los sacramentos del arrepentimiento y la comunión ¿no es también el medio de recibir torrentes de gracia?

Aquellos que ya recibieron el Espíritu, es útil que recuerden estas palabras: «No extingáis el Espíritu» (I. Tes. 5, 19). Pero, ¿Cómo se puede además, decirles: «Sed colmados del Espíritu Santo?». La gracia del Espíritu Santo es en verdad, comunicada a todos los cristianos, pues tal es el poder de la fe. Pero el Espíritu Santo, viviendo en los cristianos, no realiza por sí mismo su salvación; colabora con la libre determinación de cada uno. Es en ese sentido que el cristiano puede ofender o extinguir al Espíritu, o contribuir por el contrario a la manifestación perceptible de su acción en él. Cuando esto sucede, el cristiano se siente en un estado extraordinario, que se expresa por una alegría profunda, apacible y dulce, elevándose a veces hasta el alborozo del espíritu: es decir la exultación espiritual. Oponiéndolo a la ebriedad producida por el vino, el Apóstol dice que no debemos buscar esta última, sino la exultación que llama «estar colmado por el Espíritu Santo». El mandato: «Sed colmados del Espíritu Santo» nos exhorta, simplemente, a conducirnos de manera de cooperar con el Espíritu, o bien, de permitirle obrar libremente en nosotros, de manifestarse en nosotros por medio de un toque perceptible.

El Señor, una vez que ha entrado en comunión con el espíritu del hombre, no lo llena completamente en forma inmediata, ni lo habita enteramente. Esto no proviene de una vacilación de su parte, pues él está siempre listo a llenarlo todo, sino surge de nosotros, porque en nosotros las pasiones todavía están mezcladas con las potencias de nuestra naturaleza, todavía no fueron ni separadas de ellas ni reemplazadas por las virtudes que se les oponen.

Mientras cada uno pone todo su celo en combatir a sus pasiones, es necesario mantener el ojo del intelecto dirigido hacia Dios. Ese es un principio fundamental que debemos recordar sin cesar si queremos llevar una vida agradable a Dios. Nos servirá para discernir la rectitud o la perversión de las reglas y obras ascéticas que pensamos emprender.

Debemos tener viva conciencia de esta necesidad de estar incesantemente orientados hacia Dios, pues parece que todos los errores cometidos en la vida activa provienen de la ignorancia de ese principio.

En vez de concentrar toda la atención sobre su conducta exterior, el asceta debe fijarse, como fin, estar atento y vigilante, y marchar en presencia de Dios. Si Dios lo otorga, experimentaréis enseguida una especie de herida en el corazón; y entonces, lo que deseáis, o algo todavía mejor, vendrá por sí mismo. Un cierto ritmo se pondrá en movimiento y hará progresar todo correctamente, de una manera coherente y apropiada, sin que tengáis siquiera que pensar en ello. Entonces llevaréis vuestro amo en vosotros mismos, más sabio que ningún otro amo de la tierra.

Extraido del libro «El arte de la oración» de Teófano el recluso y otros autores espirituales


Un corazón ardiente



«Felices en la esperanza, pacientes en la prueba, perseverantes en la oración» (Rom. 12, 12). Tales son los signos del abrasamiento del espíritu. «Aquél que arde en espíritu trabaja con celo por el Señor. Espera de él la realización de sus esperanzas, supera las tentaciones que encuentra afrontando pacientemente sus ataques y llamando sin cesar en su ayuda a la gracia divina» (Ex Teodoreto). «Todas esas cosas sirven para mantener ese fuego, la llama del Espíritu» (San Juan Crisóstomo).

«Felices en la esperanza». Desde el primer momento del despertar del espíritu por la gracia, el pensamiento consciente del hombre, y sus aspiraciones, pasan de la criatura al Creador, de lo que es terrestre a lo que es celeste, de lo que es temporario a lo que es eterno. Es allí donde se encuentra su tesoro y allí también su corazón. No espera nada de aquí abajo, todas sus esperanzas están en el mundo por venir. Su corazón renuncia a todo lo que pertenece a este mundo, nada en él lo atrae ya, y él no espera ya ninguna alegría. Se regocija en los bienes que vendrán; ellos son los que espera firmemente poseer algún día. Este trasplante de los tesoros del hombre y de los deseos de su corazón, es uno de los rasgos esenciales del espíritu despierto y ardiente. Hace del hombre un peregrino que, sobre la tierra, busca su patria, la Jerusalén celeste. Tales deben ser las características de todos los cristianos que recibieron la gracia. Es por ello que el Apóstol prescribe también en otro lugar: «Si habéis resucitado con Cristo, (es decir si habéis sido despertados en el espíritu por la gracia de Cristo) buscad las cosas de lo alto, allí donde se encuentra Cristo, sentado a la diestra de Dios. Poned vuestro afecto en las cosas de lo alto, no en las de la tierra, pues estáis muertos y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios» (Col. 3, 1—3). El Apóstol quiere decir, aquí, que vosotros estáis muertos para todas las cosas terrestres, creadas, temporarias.

¿Cómo hicieron nuestros grandes ascetas, nuestros Padres y nuestros maestros para encender en sí mismos el espíritu de oración, y establecerse firmemente en la oración? Todo su objetivo era volver su corazón ardiente de amor solo por el Señor. Dios quiere el corazón, pues es en él que se encuentra la fuente de vida. Allí donde está el corazón, allí están la conciencia, la atención, el intelecto; allí se encuentra el alma toda entera. Cuando el corazón está en Dios, todo el hombre está en Dios y permanece constantemente ante él en adoración, en espíritu y en verdad.

Esto llega rápida y fácilmente en algunos, pues tal es la misericordia de Dios. El temor de Dios los ha penetrado profundamente, su conciencia ha sido estimulada con gran fuerza, y su celo rápidamente inflamado los ha puesto sobre el camino de la salvación, puros y sin tacha ante Dios. Su ardor por serle gratos ha llegado a ser en poco tiempo un fuego devorador. Se trata de las almas seráficas, ardientes, rápidas en sus movimientos, soberanamente activas.

En otros, por el contrario, todo se hace con lentitud. Tal vez ello proviene de una indolencia natural, o bien la intención de Dios a su respecto es diferente. Sus corazones no se calientan sino con lentitud. Tienen todos los hábitos de la piedad y sus vidas aparecen exteriormente santas; pero todo ello no es para mejor, pues su corazón está vacío de lo que debería tener. Esto no sucede sólo a los laicos, sino también a quienes viven en los monasterios e incluso a los eremitas.

Extraido del libro «El arte de la oración» de Teófano el recluso y otros autores espirituales