LIBRO TERCERO DE LA ORACIÓN
I. Cómo se ha de practicar este segundo modo de oración de contemplación
II. Práctica de este ejercicio
III. Advertencia acerca del modo de oír Misa, Comulgar y otros ejercicios
IV. Del desahogo y libertad de espíritu con que se ha de usar este ejercicio
V. Pónese una advertencia importante acerca de por qué no se ha de discurrir, ni querer nada en esta oración
VI. Advertencia en que se explica, cómo el concepto, que se ha de formar en la contemplación ha de ser no sólo de la Divinidad, sino también de la Humanidad
VII. Que este ejercicio lo puede hacer cualquier persona en cualquier estado, oficio u ocupación que tenga
VIII. Que lo que más nos ayuda, puestos allí delante de Dios para negociar que nos llene de sus bienes y misericordias, es el resignarnos totalmente en su voluntad
IX. Continúase cuánta es la alteza de esta resignación
X. De otra más pura y desnuda resignación, que han de procurar las personas más aprovechadas
XI. Que una de las más principales cosas, que en este ejercicio se ha de hacer es fiarse de Nuestro Señor
XII. Respóndese a una objeción, con que se explicará más lo dicho en el capítulo antecedente
XIII. Qué es lo que se colige de lo dicho en este capítulo, y el antecedente
XIV. Cómo el alma no está ociosa en esta oración, y que con este ejercicio se hace a Dios un sacrificio agradabilísimo de nuestra vida y alma; y se triunfa de nuestros capitales enemigos
XV. Cuánto más se negocia con Dios con este ejercicio de contemplación, en fe, y resignación, que con hablar, rezar y discurrir
XVI. Prosigúese cuánto importa resignarse en las manos de Dios
XVII. Que con este ejercicio se negocia también por los que se han encomendado en nuestras oraciones, y cómo con esta resignación se adquieren las virtudes
XVIII. Que aprovecha más esta resignación muchas veces, que las meditaciones, y que con ella hay verdadera devoción, aunque haya sequedad
XIX. Respóndese a una objeción, de por qué razón no se ha de discurrir, ni meditar en esta oración de contemplación
XX. Respóndese a una objeción contra lo dicho en estos capítulos antecedentes, con que del todo queda clara la doctrina dicha
XXI. Satisfácese a otra duda como la pasada con unas palabras muy notables del angélico Doctor Santo Tomás
XXII. Cómo sea de más importancia el estar entregado en la voluntad de Dios, que el estar discurriendo
XXIII. Que la razón que hay fuera de las dichas, porque no se siente lo que allí se hace, procede de que entonces es verdadera oración de contemplación
XXIV. Explícase, cómo cuando uno piensa a su corto entender, que no hace allí nada y que va perdido, entonces hace más, y va más ganado: y que estas materias no se han de entender y querer palpar con los ojos, sino fiarse de Dios
XXV. Cómo allí se cree y ama a Dios puestos en aquella resignación y sequedad
XXVI. Continúase el intento pasado, de que el alma no está ociosa en la contemplación, y cómo adora a Dios en este ejercicio, y cuánto importa que la oración sea de rodillas
XXVII. Que aunque una persona puesta en aquella resignación, no esté imaginando en Dios, está con todo eso entonces más llegada a Dios su alma por la fe; y que el más alto modo de conocer a Dios es no imaginándole con figuras, sino creyéndole como es en sí mismo
XXVIII. Explícase más cómo se ama a Dios más de veras en esta resignación, que con discurrir y meditar; y del gran provecho que causa en las almas, sacándolas de sus vicios, y pecados
XXIX. De algunos inconvenientes que tienen las meditaciones en los poco cautos, y que con usar este otro ejercicio se libran las almas de muchos engaños del demonio
XXX. Explícase por qué razón en este ejercicio no hay necesidad de formar imaginaciones para entender, ni creer
XXXI. Cómo se ha de ejercitar aún con más perfección este segundo ejercicio de resignación y contemplación
XXXII. Que aunque más pensamiento, disparates, y tentaciones vengan a la imaginación, cuando se está en oración, y aunque más sequedad, e indevoción sensible haya, no nos quita el estar allí negociando con Dios, y amándole, ni de tener oración
XXXIII. Explícase más cómo se tiene oración con una buena voluntad, y deseo de tenerla aunque haya más pensamiento
XXXIV. Explícase en particular cómo el intento y fin, que se pretende en este ejercicio, es una perfecta, y verdadera imitación de Cristo Redentor Nuestro, y de su Vida y Pasión
LIBRO CUARTO DE LA ORACIÓN
I. Si estando delante de Dios en oración, o fuera de ella, enviase su Majestad algún regalo, o ternura, ¿si será bien estársele gozando, o desecharle por Dios? Y cuánto bien hay en padecer sequedades, desabrimientos, y penas, en la oración
II. Que los principiantes podrán revivir los regalos sensibles en la oración, pero no otras visiones y novedades
III. Que estas materias de oración, y de espíritu, no se han de comunicar, ni pedir parecer, sino es a los Confesores, y Maestros, que saben bien de ellas, o tuvieren experiencia, porque echarán a perder los penitentes
IV. Por qué razón no se han de comunicar estas materias espirituales con todos los Maestros, aunque sean doctos, si no es que sean experimentados en ellas
V. Prosigúese la razón del capítulo pasado
VI. Que el tratar de tener oración es importante se enseñe a los de pequeña edad también
VII. Que para servir a Dios no es menester andarse matando con penitencia, y ayunos, y de la discreción, que ha de haber en esto
VIII. Cuánto importa el silencio y hablar poco
IX. Que vale más tener pocas devociones, y rezarlas bien, que muchas sin esta calidad: y qué es lo que se ha de rezar, o qué tanto para hacerlo bien
X. Cómo se habrá una persona para vencer las tentaciones; y en otra cualquier cosa buena, o mala