Grados de la oración.

Del mismo modo que hay en el hombre tres elementos, hay tres principales grados de oración: la oración vocal o corporal; la oración del intelecto y la oración del corazón (o del intelecto en el corazón), qué es la oración espiritual.

Resumiendo esa triple distinción, Teófano hace la observación siguiente: «debéis orar, no solamente con palabras, sino con el intelecto; y no solamente con el intelecto, sino con el corazón, de modo que el intelecto comprenda y vea claramente lo que las palabras significan, y que el corazón sienta lo que el intelecto piensa. Todo esto junto constituye la oración verdadera, y si uno de esos elementos falta, o bien la oración es imperfecta, o bien no existe «.

El primer tipo de oración, vocal o corporal, es la oración de los labios y de la lengua; consiste en leer o recitar ciertas fórmulas, en arrodillarse, en permanecer de pie o postergarse. Resulta claro que dicha oración, si es puramente vocal o corporal, no es realmente una oración. Además del hecho de recitar fórmulas, es esencial concentrarse interiormente sobre el sentido de lo que decimos, encerrado nuestro intelecto en las palabras de la oración. Es así cómo se desarrolla el primer grado de la oración, que en forma completamente natural llega a ser el segundo grado; toda oración vocal,  para ser digna de ese nombre, debe ser, hasta cierto punto, una oración interior o una oración del intelecto.

A medida que la oración se interioriza, la recitación exterior se hace menos importante. Basta que el intelecto piense interiormente las palabras sin ningún movimiento de los labios; sucede así que el intelecto ora sin formar ninguna palabra. Sin embargo, aquellos que están adelantados en los caminos de la oración, querrán a veces, hacer uso de la oración vocal ordinaria, pero está también será una oración interior del intelecto.

 No es suficiente, sin embargo, alcanzar el segundo grado; durante el tiempo que la oración permanece en la cabeza, en el intelecto o en el cerebro, ella es incompleta e imperfecta. Es necesario descender de la cabeza del corazón, «encontrar el lugar del corazón”, «hacer descender el intelecto en el corazón”, «unir el intelecto con el corazón”. Entonces la oración llegará a ser verdaderamente «la oración del corazón», la oración, no de una sola facultad, sino del hombre entero: alma espíritu y cuerpo; la oración no solo de la inteligencia, de la razón natural, sino del espíritu con su poder particular de entrar en contacto directo con Dios.

Señalemos que la oración del corazón no es solo la del alma y el espíritu, sino igualmente la del cuerpo. Es necesario no olvidar que, entre otras cosas, el corazón es igualmente un órgano corporal. El corazón tiene, él también, un rol positivo que jugar en la obra de la oración. Esto resalta claramente en la vida de los santos ortodoxos, cuyos cuerpos, durante la oración, fueron exteriormente transfigurados por la luz divina, igual que el cuerpo de Cristo fue transfigurado sobre el Thabor.

La oración del corazón toma dos formas diferentes: Una -tales las palabras de Teófano-, es «ardua, cuando el hombre se esfuerza por alcanzar la por sí mismo», y la otra «espontánea, cuando la oración existe y actúa por sí misma”. En el primer grado, la oración es todavía algo que el hombre ofrece mediante su propio esfuerzo consciente, ayudado naturalmente por la gracia de Dios. En el segundo grado, es otorgada al hombre como un don; a él le parece qué es «tomado por la mano y llevado por la fuerza de una habitación a la otra». Ya no es él quién ora, sino el Espíritu de Dios el que ora en él. Una oración semejante, acordada como un don, puede venir solo de tiempo en tiempo, o ser, por el contrario, incesante. En el segundo caso, la oración se prosigue independientemente de lo que se haga, se hable o se escriba; se prolonga en los sueños y despierta al hombre cuando llega por la mañana. La oración no es ya una serie de actos, ha llegado a ser un estado; entonces se ha descubierto cómo cumplir el mandato de San Pablo: «orad sin cesar”. Según las palabras de Isaac el sirio: «cuando el espíritu hace su morada en un hombre, este no cesa de orar, pues el espíritu ora constantemente en el. En estado de vigilia o de sueño, la oración no se detiene jamás en su alma, ya sea que coma o beba, que esté tendido o realizando un trabajo y, aún cuando está sumergido en el sueño, el perfume de la oración respira espontáneamente en su corazón». Cómo canta la Biblia: «duermo, pero mi corazón vela”. (Cant. 5,2).

A partir de ese momento, la oración del corazón comienza a tomar la forma de una «oración mística», en el sentido más restringido del término; es lo que Teófano llama la “oración contemplativa», o la «que sobrepasa los límites de la conciencia». En el estado de contemplación, nos dice, «el intelecto y la visión toda entera se hacen cautivos de un objeto espiritual tan irresistible que todas las cosas exteriores son olvidadas y enteramente ausentes de la conciencia. El intelecto y la conciencia son sumergidos tan completamente en el objeto contemplado que es como si no se los poseyeran más». Teófano llama a ese estado de contemplación “oración de éxtasis» o «arrobamiento».

En esta antología hay, sin embargo, muy poco sobre esos estados elevados de oración. aquellos que no tienen una experiencia personal de tal oración no comprenderían lo que pudiera decirse, mientras que aquellos que la experimentaron, no tienen necesidad de libros.

Extraído del prólogo de Kallistos Ware del libro «El arte de la oración».




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