La oración de Jesús.

Teóricamente, la oración de Jesús no es más que uno de los múltiples caminos que pueden permitir alcanzar la oración interior;  sin embargo, en la práctica, ella adquirió en la Iglesia Ortodoxa una influencia y una popularidad tales que está casi identificada con la oración interior en sí misma. La oración de Jesús es especialmente recomendada como un camino rápido para alcanzar la oración continua;  el mejor medio, y el más fácil, de concentrar la atención, es establecer el intelecto en el corazón.  esas referencias a la oración de Jesús como camino fácil, no deben, evidentemente, ser consideradas demasiado literalmente. orar en espíritu y en verdad, no es jamás fácil, y menos que nunca en los comienzos de la empresa. Para emplear una expresión rusa, la oración es un podvig, «una hazaña» del combate ascético.

La oración de Jesús es habitualmente recitada bajo la forma: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí». la palabra «pecador» puede ser agregada al final, o la oración puede ser dicha en plural: «ten piedad de nosotros»; pueden existir incluso otras variantes. Lo que es esencial y constante es únicamente la invocación del nombre divino.

La invocación del nombre es una oración de extrema simplicidad. Es una manera de orar que puede ser adoptada por todos: no requiere ningún conocimiento particular, ninguna preparación elaborada. Tal como lo dice un autor reciente, lo único que se debe hacer es comenzar. «Antes de comenzar a pronunciar el nombre de Jesús, estableced en vosotros la paz y el recogimiento: pedir la inspiración y la ayuda del Espíritu Santo… enseguida, comenzar simplemente. Aquel que quiere marchar debe comenzar por dar un primer paso; para nadar, es necesario, primero, arrojarse al agua. Es igual para lo que constituye la invocación del nombre. Comenzar por pronunciarlo con adoración y amor. Manteneos en él. Repetidlo. No penséis que estáis invocando el nombre, pensad en el mismo Jesús. Decid su nombre lentamente, dulcemente, apaciblemente».

Teófano subraya ese carácter de simplicidad muy a menudo: «la obra de Dios es simple: es la oración; es decir, hijos que se dirigen a su padre sin ninguna sutileza… La práctica de la oración  es llamada un «arte» y es un arte muy simple. Permaneciendo con vuestra conciencia y vuestra atención en el corazón, repetir incesantemente: «Señor Jesucristo Hijo de Dios, ten piedad de mí”. 

Se recomienda al principiante recitar la oración «lentamente, dulcemente, apaciblemente». Cada palabra debe ser dicha con recogimiento, sin prisa y, por lo tanto, sin énfasis. La oración no debe ser obligada ni forzada, debe correr naturalmente, apaciblemente. «El nombre de Jesús no debe ser proclamado ni pronunciado con algún tipo de violencia, aunque sea interior». Es necesario orar sin cesar con concentración y atención interior, pero también es necesario no mezclar a la oración un sentimiento de obligación, una intensidad provocada o una emoción artificial.

Siendo tan corta y tan simple, la oración puede recitarse, no importa donde no importa cuando. Puede recitarse en el omnibus, mientras se trabaja en el jardín o en la cocina; vistiéndose o caminando, cuando se padece insomnio, durante los periodos de angustia o de tensión, cuando otras formas de oración se han hecho imposibles. Desde ese punto de vista, es necesario reconocer que se trata de una oración particularmente bien adaptada a la tensión del mundo moderno. Es una oración especialmente recomendada a los monjes, a quienes se entrega un rosario formando parte del hábito; pero es en la misma medida una oración para los Laicos, cualquiera sea su ocupación en el mundo. Es la oración del eremita y del recluso, y al mismo tiempo la oración de aquellos que están comprometidos en el trabajo social, la atención de los enfermos, la enseñanza o la visita de las prisiones.  

Es una oración que conviene a todas las etapas de la vida espiritual, desde la más elemental a la más avanzada.

Extraído del prólogo de Kallistos Ware del libro “El arte de la oración”.



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