Deseo y sed de Dios

¿Qué sucede a aquél que desea ardientemente orar, o que es atraído por la oración y qué debe hacer? Cada uno tiene experiencia de ese deseo, en mayor o menor grado mientras avanza en el camino de la vida cristiana, – si es que ha comenzado a buscar a Dios mediante un esfuerzo personal -, y hasta que alcanza finalmente el fin deseado: la comunión viviente con Él. Esta experiencia se continúa, por otra parte, cuando el fin ha sido alcanzado. Es un estado que recuerda el de un hombre sumergido en profundos pensamientos, encerrado en sí mismo, concentrado en su alma, no prestando atención a lo que lo rodea, a las gentes, a las cosas, a los acontecimientos. Sin embargo, cuando un hombre está sumergido en sus pensamientos, es el intelecto el que actúa, mientras que aquí es el corazón.

Cuando sobreviene la sed de Dios, el alma está recogida en sí misma y permanece ante la faz de Dios; a veces, ella despliega, ante él, las esperanzas y los sufrimientos de su corazón, como Ana, la madre de Samuel; a veces, ella le rinde gloria, como la muy santa Virgen María; o incluso, permanece ante él en la admiración, como lo hizo a menudo San Pablo. En ese estado, toda actividad personal, todo pensamiento y todo proyecto se detiene; la atención deja de aplicarse a las cosas exteriores. El alma en sí misma no quiere ya interesarse en nada.

Esto puede suceder cuando se está en la iglesia o durante la oración, durante una lectura o una meditación, incluso durante alguna ocupación exterior o mientras uno se encuentra acompañado. Pero
en ningún caso depende de nuestra voluntad. Aquél que ha experimentado alguna vez esta sed no puede olvidarla y busca volverla a sentir; la busca, pero no logrará jamás hacerla volver mediante sus propios esfuerzos; ella viene por sí misma. Una sola cosa depende de nuestra libre voluntad: cuando ese estado
de deseo sobreviene, no permitáis que cese, sino poned la mayor atención en darle la posibilidad de permanecer en vosotros durante el mayor tiempo posible.

La oración interior comporta dos estados. El primero es arduo, es el de aquél que se esfuerza en alcanzarlo por sí mismo; en el otro, la oración brota y actúa por sí misma; se es involuntariamente
arrastrado a él, mientras que el primero debe ser objeto de un esfuerzo constante. En verdad, por sí mismo, ese esfuerzo está destinado al fracaso, pues nuestros pensamientos están siempre
dispersos; sin embargo, testimonia nuestro deseo de alcanzar la oración incesante, y es por ello que atrae sobre nosotros la misericordia del Señor; es por su causa que Dios, de tiempo en tiempo, colma nuestro corazón de un impulso irresistible a través del cual la oración espiritual se revela a nosotros bajo su verdadera forma.

En la oración puramente contemplativa, las palabras y los pensamientos desaparecen, no por nuestra voluntad, sino por impulso previo. La oración del intelecto se transforma en oración del corazón, o mejor, en oración del intelecto en el corazón; su aparición coincide con la del calor en el corazón. A partir de ese momento, en el curso normal de la vida espiritual, no hay ninguna otra. Esta oración, profundamente arraigada en el corazón, puede prescindir de palabras y de pensamientos; puede consistir únicamente en permanecer en presencia de Dios, abriéndole nuestro corazón en la adoración y el amor. Es un estado en el cual se es irresistiblemente empujado a permanecer interiormente en presencia de Dios; o bien es la visita del espíritu de oración. Pero todo esto no constituye todavía la verdadera oración contemplativa, que es el estado de oración más elevado, y que sólo aparece de tiempo en tiempo entre los elegidos por Dios.


Extraido del libro «El arte de la oración» de Teófano el recluso y otros autores espirituales




Tres etapas en la oración

Podemos distinguir tres etapas:

  1. el hábito de la oración vocal común, en la iglesia o en la casa.
  2. la unión de los pensamientos y de los sentimientos de piedad con el intelecto y el corazón.
  3. la oración continua.

La Oración de Jesús puede ir a la par con la primera o la segunda de esas etapas, pero su verdadero lugar se encuentra con la oración continua. La condición principal para tener éxito en la oración es purificar al corazón de todas las pasiones y de toda ligazón con las realidades sensibles; a falta de ello, la oración permanecerá siempre en el primer grado, es decir, vocal. Cuanto más purificado esté el corazón, en mayor medida la oración vocal llegará a ser oración del intelecto en el corazón, y cuando el corazón haya llegado a ser totalmente puro, entonces la plegaria continua se establecerá en él ¿Cómo puede llegarse a esto? En la iglesia, seguid los oficios y retened los pensamientos y los
sentimientos que allí experimentáis. En vuestra casa, despertad en vosotros el pensamiento y el sentimiento de la oración, y conservadlo en vuestra alma con la ayuda de la Oración de Jesús.


Otras distinciones

La oración comporta diferentes grados. Al comienzo es sólo una oración en palabras pronunciadas, pero debe acompañarse de la oración del intelecto y del corazón que le da calor y estabilidad. Más tarde, la oración del intelecto en el corazón conquista su independencia; es a veces activa; estimulada por el esfuerzo personal, y a veces actúa por sí misma y es otorgada como un don. La oración en tanto que don es la misma cosa que la atracción interior hacia Dios y se desarrolla a partir de dicha atracción. Más tarde, cuando el estado del alma se ha estabilizado bajo la influencia de esa atracción, la oración del intelecto en el corazón llega a ser constantemente activa. Todas las atracciones pasajeras, experimentadas anteriormente, son transformadas en estado de contemplación; y es allí que comienza la oración contemplativa. El estado de contemplación es una captación del espíritu, y de la visión toda entera, por un objeto espiritual tan cautivante que todas las cosas exteriores son olvidadas y permanecen enteramente ausentes de la conciencia. El espíritu y la conciencia se sumergen tan totalmente en el objeto contemplado que es como si nosotros no lo poseyéramos más.

Oración del hombre, don de la oración, oración de éxtasis

Existe la oración que el hombre realiza, y existe la oración que Dios mismo otorga a aquél que ora (I. Sam. 2,9) (7). ¿Quién no conoce la primera?. Debéis conocer también la segunda, al menos en su comienzo. Quien desea acercarse al Señor comienza a hacerlo por medio de la oración. Comienza a ir a la iglesia, a orar en su casa, con la ayuda de un libro de oraciones o no. Sin embargo, sus pensamientos continúan vagabundeando. No llega a dominarlos. A pesar de todo, cuanto más se sostiene en la oración, en mayor medida sus pensamientos se calman y su oración llega a ser pura. Pero la atmósfera del alma no está verdaderamente purificada hasta que una pequeña llama espiritual no se haya encendido allí. Esa llama es la obra de la gracia, no de una gracia especial, sino de la gracia común a todos. Esta llama aparece cuando el hombre alcanza un cierto grado de pureza en el orden de su vida moral. Cuando se enciende esa pequeña llama, o cuando un calor permanente se forma en el corazón, el torbellino de los pensamientos se aplaca. Sucede al alma la misma cosa que a la mujer que padecía flujo de sangre: «El flujo cesó» (Lúe 8, 44). Cuando se llega a ese estado, la oración llega a ser más o menos continua; y es aquí que la Oración de Jesús sirve de intermediario. Este es el límite que puede alcanzar la oración realizada por el hombre. Creo que esto está bien claro para vosotros.

Más allá de ese estado, nos puede ser acordado otro tipo de oración, que es dada al hombre en lugar de ser realizada por él. El espíritu de oración se expande en el hombre y lo conduce hacia las profundidades del corazón, como si fuera tomado de la mano y conducido por la fuerza de un lugar a otro. El alma es mantenida cautiva por una fuerza que la invade, y ella prefiere permanecer así en el interior, tanto tiempo como esa fuerza irresistible de la oración mantenga sobre ella su dominio. Este «desvanecimiento» se hace en dos etapas. En el curso de la primera, el alma ve todo y permanece consciente de sí misma y de todo lo que la rodea; permanece capaz de razonar y de gobernarse, puede poner fin a ese estado si lo quiere. Esto también debe quedar bien claro para vosotros.

Sin embargo, los Santos Padres, y especialmente San Isaac el Sirio, mencionan un segundo grado de oración que es dado al hombre y desciende sobre él. Isaac considera que esta oración, que él llama éxtasis o arrobamiento, es más elevada que la descrita más arriba. En ésta también el espíritu de oración desciende sobre el hombre; pero el alma llevada por él, entra en tal estado de contemplación que olvida todo lo que la rodea, cesa de razonar y se contenta con contemplar. No tiene ya el poder de controlarse ni de poner fin a ese estado. Recordad aquello que los santos Padres relatan sobre un hermano que entró en oración antes de la comida de la tarde y no volvió en sí hasta el día siguiente por la mañana. Esa es la oración de contemplación, o de arrobamiento. Esta oración es acompañada, entre algunos, por una iluminación del rostro, o una luz que los envuelve o incluso, por la levitación. El apóstol San Pablo estaba en ese estado cuando fue arrebatado hasta el paraíso, y los santos profetas estaban también en ese estado cuando fueron arrebatados por el Espíritu.

Admirad la inmensa misericordia de Dios hacia nosotros, pecadores. Hacemos un pequeño esfuerzo y he aquí en qué maravillas culmina. Se puede, entonces, decir con derecho a aquéllos que luchan: continuad, pues vale la pena.



La esencia de la vida cristiana

Las personas se preocupan de la educación cristiana pero la dejan incompleta. Desdeñan el aspecto más esencial y más difícil y permanecen en lo que es más fácil, lo visible y lo exterior.

Esta educación imperfecta y mal dirigida, forma cristianos que observan lo más correctamente posible todas las reglas y las formas exteriores de una vida devota, pero que se interesan poco o nada en los movimientos interiores del corazón y en el progreso verdadero de la vida interior. Evitan pecar gravemente, pero no velan sobre los pensamientos de su corazón. Se permiten a veces juzgar a los demás, se dejan llevar por el orgullo o la vanagloria, entran en cólera (como si ese sentimiento pudiera ser justificado por una buena causa), se dejan distraer por la belleza o los placeres, ofenden a los demás en sus momentos de irritación, son demasiado perezosos para orar, o se pierden en pensamientos vanos en el momento de la oración. No se turban por tales cosas, considerándolas insignificantes. Van a la iglesia y oran en sus hogares según una regla establecida, se dedican a sus ocupaciones habituales y están perfectamente satisfechos de sí mismos y en paz. Pero no se preocupan casi de lo que pasa en su corazón. Es posible que, durante todo ese tiempo, cultiven malos pensamientos, quitando a su vida, honesta y piadosa, todo el valor que ella pudiera tener.

Tenemos ahora el caso de alguien que conoció algunas debilidades en su vida cristiana. Toma conciencia de sus insuficiencias, constata la imperfección del camino que sigue y la inestabilidad de sus esfuerzos. Se separa entonces de lo que su piedad tenía de formalista para esforzarse en alcanzar una vida interior. Es llevado a ello por la lectura de libros espirituales, por conversaciones con aquellos que conocen la esencia de la vida espiritual o incluso por la insatisfacción que le producen sus propios esfuerzos, por cierta intuición de que algo le falta y que no todo está como debiera.

A pesar de la aparente honestidad de su vida, no ha encontrado la paz. Le falta lo que ha sido prometido a los verdaderos cristianos: «paz y alegría en el Espíritu Santo» (Rom. 14, 17). Una vez que este pensamiento turbador se introduce en él, sus conversaciones con personas experimentadas, o sus lecturas, le revelan lo que no anda bien. Ve el defecto esencial de su vida: su falta de atención a los movimientos interiores de su corazón y su falta de dominio de sí.

Comprende entonces que la esencia de la vida cristiana consiste en permanecer ante Dios con el intelecto unido al corazón, en Cristo Jesús, por la gracia del Espíritu Santo. Llega a ser, entonces, capaz de controlar todos sus movimientos interiores y todas sus acciones exteriores, a fin de ponerlo todo al servicio de la Santa Trinidad, haciendo consciente y libremente una ofrenda de todo su ser a Dios.

Intelecto, corazón, sentimientos

Una vez que se ha tomado conciencia de lo que es verdaderamente la esencia de la vida cristiana y cuando se ha descubierto que se trata de algo que todavía no se posee, el intelecto se pone a trabajar en la esperanza de adquirirlo. Se comienza a leer, a reflexionar y a hablar. Se llega a comprender que la vida cristiana depende de la unión con el Señor. Pero, mientras se reflexiona en esta verdad solamente con la inteligencia, ella permanece lejos del corazón, y no es de ningún modo «sentida». Y, por ese hecho, no da fruto.

Mirad hacia el interior; ¿qué encontráis allí?

En ese momento, el hombre, preocupado, mira hacia el interior de sí mismo: ¿Qué descubre allí? Un vagabundaje de pensamientos y pasiones en incesante movimiento, un corazón frío y duro, la obstinación y la desobediencia, el deseo de hacer todo según la propia voluntad. En una palabra, se descubre interiormente en muy mal estado. Viendo esto, su celo se inflama y pone esfuerzos encarnizados para desarrollar su vida interior, para controlar sus pensamientos y las disposiciones de su corazón.

Los consejos que recibe le demuestran la necesidad de velar sobre sí mismo, de vigilar los movimientos interiores del corazón. Para no aceptar nada malo, es necesario conservar el recuerdo de Dios. Se pone entonces a la obra para llegar a ese recuerdo, para detener tanto el viento como la marea de sus pensamientos. No puede evitar sus malos sentimientos y sus impulsos malvados, del mismo modo que no se puede evitar el mal olor de un cadáver. Su intelecto, tal como un pájaro mojado y transido, no puede elevarse hasta el recuerdo de Dios.

¿Qué hacer entonces? Sed paciente, se le dice, y continuad vuestros esfuerzos. Continúa pues, pero en su corazón todo permanece idéntico. Finalmente, encuentra a alguien experimentado que le explica que todo ese desorden proviene de que sus fuerzas íntimas están divididas. El intelecto y el corazón deben estar unidos, entonces, el vagabundaje de los pensamientos se detendrá y habrá encontrado un timonel para dirigir la barca, una palanca gracias a la cual podrá poner en movimiento todo ese mundo interior.

¿Pero, cómo unir el intelecto y el corazón? Tomad el hábito de pronunciar esta oración: «Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí», poniendo cuidado en mantener siempre la atención del intelecto en el corazón. Y esta oración, si aprendéis a hacerla bien, o mejor, cuando ella esté injertada en vuestro corazón, os conducirá al fin que deseáis. Unirá en vosotros el intelecto y el corazón, arrancará vuestros pensamientos de su vagabundaje habitual y os dará el poder de dirigir los movimientos de vuestra alma.

Extraido del libro «El arte de la oración» de Teófano el recluso y otros autores espirituales

La esencia de la oración

Sin oración espiritual interior, no hay oración en absoluto, pues sólo ella es la oración real, verdaderamente agradable para Dios. Lo que importa es el espíritu presente en el interior de las palabras de la oración. Sea la oración hecha en casa o en la iglesia, si la oración interior está ausente, las palabras no tienen más que la apariencia, y no la realidad de la oración.

¿Qué es, por consiguiente, la oración? La oración es la elevación del intelecto y del corazón hacia Dios, por la alabanza y la acción de gracias, por la súplica también, para obtener las cosas buenas que necesitamos, ya se trate de cosas espirituales o de cosas materiales. La esencia de la oración consiste, entonces, en la elevación espiritual del corazón hacia Dios. El intelecto, encerrado en el corazón, permanece totalmente consciente ante la faz de Dios, colmado de adoración, y expande ante él su amor. Esa es la oración espiritual, y toda oración debiera ser de tal naturaleza. La oración exterior, se haga en casa o en la iglesia, no es más que la expresión verbal y la forma de la oración; la esencia del alma de la oración está en el interior del intelecto y del corazón del hombre. Todo el orden de oraciones establecida por la Iglesia, todas las oraciones compuestas para el uso individual, están llenas de un movimiento de amor hacia Dios. Aquél que ora con sólo un poco de atención no puede evitar dirigirse hacia Dios, a menos que esté completamente desatento a lo que hace.

Nadie puede dispensarse de la oración interior.

No sabríamos vivir espiritualmente a menos de elevarnos hacia Dios por la oración; pero el único medio que tenemos de elevarnos así es la actividad espiritual, pues Dios es espíritu. Hay una oración espiritual que acompaña la oración vocal o exterior, ya sea en la casa o en la iglesia, hay también una oración espiritual que existe por sí misma, sin ninguna forma exterior y sin postura corporal; sin embargo, en uno y otro caso, la esencia es la misma. Esas dos formas de oración son obligatorias, tanto para el laico como para el monje.

El Salvador nos ha recomendado entrar en nuestra celda secreta y, allí, orar al Padre en secreto. «Esa celda secreta, dice San Dimitri de Rostov, significa el corazón». Por consiguiente, para obedecer al mandato de Dios, debemos orar a Dios secretamente con el intelecto en el corazón. Ese mandamiento se dirige a todos los cristianos. El apóstol Pablo da, también, el mismo consejo cuando dice: «Orad sin cesar, dirigiendo todas vuestras súplicas en el Espíritu» (Ef, 6, 18). Entiende por ello la oración espiritual del intelecto y recomienda a todos los cristianos sin distinción orar de esta manera. Recomienda también a todos los cristianos orar sin cesar (1 Tes., 5, 17). Sin embargo, la oración incesante sólo es posible cuando se ora con el intelecto en el corazón.

Cuando os levantéis por la mañana, permaneced con la mayor firmeza posible ante Dios en vuestro corazón, mientras ofrecéis vuestras oraciones; luego, id al trabajo, que es la voluntad del Señor respecto a vosotros, sin que vuestros sentimientos ni vuestra conciencia se alejen de él. De esta manera, cumpliréis vuestro trabajo con las facultades de vuestro cuerpo y de vuestra alma, pero en vuestro intelecto y en vuestro corazón, permaneceréis con Dios.

La oración exterior no es suficiente.

La oración exterior, por sí sola, no basta. Dios mira el intelecto y no son verdaderos monjes los que no unen la oración interior a la oración exterior. En su estricto sentido, la palabra «monje» significa un recluso, un solitario. Aquél que no ha entrado en sí mismo no es todavía un recluso, no es todavía un monje, aunque viva en el más aislado de los monasterios. El intelecto del asceta que no está recogido y encerrado en sí mismo habita, necesariamente, en el tumulto y la agitación. Esto sucede porque él deja entrar libremente una multitud de pensamientos. Su intelecto erra, sin fin ni necesidad, a través del mundo en su detrimento. El retiro del hombre al interior de sí mismo no puede hacerse sin la ayuda de una oración atenta y, en particular, la práctica atenta de la Oración de Jesús.

Alcanzar la apatheia y la santidad – es decir, la perfección cristiana -, es algo imposible para quien no ha adquirido la oración interior. Todos los Padres están de acuerdo sobre ese punto.

El sendero de la oración auténtica se hace mucho más estrecho cuando el asceta comienza a penetrar en él, gracias a la actividad del hombre interior. Sin embargo, cuando él entra en ese camino estrecho y siente hasta qué punto ese camino es necesario para la salvación, y llega a amar su actividad en la celda interior, entonces llega también a amar la estrechez de su vida exterior, porque ella le sirve de claustro y es el lugar de la actividad interior.

Extraido del libro «El arte de la oración» de Teófano el recluso y otros autores espirituales





La oración del intelecto en el corazón.

A veces oramos usando las palabras de oraciones ya compuestas; otras veces la oración nace directamente en nuestro corazón y, desde allí se eleva hacia Dios. Tal era la oración de Moisés ante el Mar Rojo. El apóstol se refiere a ese tipo de oración cuando dice: «Mediante la gracia, cantad en vuestro corazón al Señor». Explicando este texto, San Juan Crisóstomo escribe: «Cantad por la gracia del Espíritu, no es simplemente con los labios, sino con atención, permaneciendo en pensamiento ante Dios en vuestro corazón. He aquí lo que significa la expresión: cantando al Señor; de otro modo, el canto no sirve para nada y las palabras se desvanecen en el aire. No se canta para la asistencia. Incluso sobre la plaza pública, es posible dirigirnos a Dios en el interior de nosotros mismos, y cantar, sin ser escuchados por nadie. Es bueno orar en el corazón, incluso cuando se está en viaje, y ser elevado a las alturas por la oración». Solamente una oración semejante es una oración verdadera. La oración vocal no es una oración si tanto el intelecto como el corazón no oran igualmente.

Esta oración está formada en el corazón por la gracia del Espíritu Santo. Aquél que se vuelve hacia Dios y es santificado por los sacramentos, recibe al mismo tiempo un sentimiento de amor por Dios en el interior de sí mismo; desde ese momento, comienzan a construirse en su corazón los fundamentos del edificio que le permitirá elevarse hacia las alturas. Si no lo destruye por medio de una conducta indigna, ese sentimiento llegará a ser, con el tiempo, la perseverancia y el trabajo, una llama; pero si él lo destruye por su indignidad, aunque el camino del retorno y de la reconciliación con Dios no esté cerrado para él, ese sentimiento no le será ya otorgado en forma inmediata y gratuitamente. Tendrá ante él un largo y penoso esfuerzo para cumplir, para reencontrarlo a fuerza de oración. Pero Dios no rechaza a nadie.

Puesto que todos tienen la gracia, una sola cosa es necesaria: dejar a esta gracia en libertad de actuar. La gracia tiene libertad de actuar cuando el yo se encuentra desleído y las pasiones desarraigadas. Cuanto más purificado está nuestro corazón, más vivo llega a ser nuestro sentimiento hacia Dios. Y cuando nuestro corazón está enteramente purificado, entonces ese sentimiento de calor hacia Dios llega a ser un fuego. Incluso en aquéllos que han cesado por un tiempo de experimentar la obra de la gracia, este calor hacia Dios se reanima largo tiempo antes de que ellos hayan alcanzado una completa purificación de sus pasiones. No es todavía más que una semilla o una chispa, pero si se vela sobre ella con cuidado, brilla y comienza a llamear. Pero ella no es sin embargo todavía permanente; a veces se eleva y a veces vuelve a caer y, cuando brilla, no es siempre con la misma intensidad. Poco importa, por otra parte, con qué fuerza arde; esa llama de amor se eleva siempre hacia Dios y le canta su cántico. Es sobre ella que la gracia construye todo su edificio, pues está siempre presente en los creyentes. Aquéllos que se dan sin retorno a la gracia son guiados por ella; ella los forma y los educa de una manera que sólo ella conoce.

El sentimiento que se experimenta hacia Dios, incluso si no está acompañado de palabras, es una oración. Las palabras sostienen y a veces profundizan el sentimiento.

Conservad con cuidado ese don del sentimiento, que os es acordado por la misericordia de Dios. ¿Cómo? En primer lugar por la humildad, atribuyendo todo a la gracia y nada a vosotros mismos.
Desde que vosotros confiéis en vosotros mismos, la gracia disminuirá en vosotros y, si no os recuperáis, ella cesará por completo su obra Entonces sólo os restará lamentaros y gemir. Por lo tanto, considerándoos como polvo y ceniza, permaneced en la gracia y no volquéis vuestro corazón ni vuestro pensamiento hacia ninguna otra cosa, salvo por necesidad. Permaneced sin cesar con el Señor. Si la llama interior comienza a debilitarse un poco, inmediatamente esforzaos para que retome vigor. El Señor está cerca. Si os dirigís hacia Él con temor y contrición, inmediatamente recibiréis sus dones.

Extraído del libro “El arte de la oración”. Textos de Teófano el Recluso y otros autores espirituales.



La oración de Jesús.

Teóricamente, la oración de Jesús no es más que uno de los múltiples caminos que pueden permitir alcanzar la oración interior;  sin embargo, en la práctica, ella adquirió en la Iglesia Ortodoxa una influencia y una popularidad tales que está casi identificada con la oración interior en sí misma. La oración de Jesús es especialmente recomendada como un camino rápido para alcanzar la oración continua;  el mejor medio, y el más fácil, de concentrar la atención, es establecer el intelecto en el corazón.  esas referencias a la oración de Jesús como camino fácil, no deben, evidentemente, ser consideradas demasiado literalmente. orar en espíritu y en verdad, no es jamás fácil, y menos que nunca en los comienzos de la empresa. Para emplear una expresión rusa, la oración es un podvig, «una hazaña» del combate ascético.

La oración de Jesús es habitualmente recitada bajo la forma: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí». la palabra «pecador» puede ser agregada al final, o la oración puede ser dicha en plural: «ten piedad de nosotros»; pueden existir incluso otras variantes. Lo que es esencial y constante es únicamente la invocación del nombre divino.

La invocación del nombre es una oración de extrema simplicidad. Es una manera de orar que puede ser adoptada por todos: no requiere ningún conocimiento particular, ninguna preparación elaborada. Tal como lo dice un autor reciente, lo único que se debe hacer es comenzar. «Antes de comenzar a pronunciar el nombre de Jesús, estableced en vosotros la paz y el recogimiento: pedir la inspiración y la ayuda del Espíritu Santo… enseguida, comenzar simplemente. Aquel que quiere marchar debe comenzar por dar un primer paso; para nadar, es necesario, primero, arrojarse al agua. Es igual para lo que constituye la invocación del nombre. Comenzar por pronunciarlo con adoración y amor. Manteneos en él. Repetidlo. No penséis que estáis invocando el nombre, pensad en el mismo Jesús. Decid su nombre lentamente, dulcemente, apaciblemente».

Teófano subraya ese carácter de simplicidad muy a menudo: «la obra de Dios es simple: es la oración; es decir, hijos que se dirigen a su padre sin ninguna sutileza… La práctica de la oración  es llamada un «arte» y es un arte muy simple. Permaneciendo con vuestra conciencia y vuestra atención en el corazón, repetir incesantemente: «Señor Jesucristo Hijo de Dios, ten piedad de mí”. 

Se recomienda al principiante recitar la oración «lentamente, dulcemente, apaciblemente». Cada palabra debe ser dicha con recogimiento, sin prisa y, por lo tanto, sin énfasis. La oración no debe ser obligada ni forzada, debe correr naturalmente, apaciblemente. «El nombre de Jesús no debe ser proclamado ni pronunciado con algún tipo de violencia, aunque sea interior». Es necesario orar sin cesar con concentración y atención interior, pero también es necesario no mezclar a la oración un sentimiento de obligación, una intensidad provocada o una emoción artificial.

Siendo tan corta y tan simple, la oración puede recitarse, no importa donde no importa cuando. Puede recitarse en el omnibus, mientras se trabaja en el jardín o en la cocina; vistiéndose o caminando, cuando se padece insomnio, durante los periodos de angustia o de tensión, cuando otras formas de oración se han hecho imposibles. Desde ese punto de vista, es necesario reconocer que se trata de una oración particularmente bien adaptada a la tensión del mundo moderno. Es una oración especialmente recomendada a los monjes, a quienes se entrega un rosario formando parte del hábito; pero es en la misma medida una oración para los Laicos, cualquiera sea su ocupación en el mundo. Es la oración del eremita y del recluso, y al mismo tiempo la oración de aquellos que están comprometidos en el trabajo social, la atención de los enfermos, la enseñanza o la visita de las prisiones.  

Es una oración que conviene a todas las etapas de la vida espiritual, desde la más elemental a la más avanzada.

Extraído del prólogo de Kallistos Ware del libro “El arte de la oración”.



Grados de la oración.

Del mismo modo que hay en el hombre tres elementos, hay tres principales grados de oración: la oración vocal o corporal; la oración del intelecto y la oración del corazón (o del intelecto en el corazón), qué es la oración espiritual.

Resumiendo esa triple distinción, Teófano hace la observación siguiente: «debéis orar, no solamente con palabras, sino con el intelecto; y no solamente con el intelecto, sino con el corazón, de modo que el intelecto comprenda y vea claramente lo que las palabras significan, y que el corazón sienta lo que el intelecto piensa. Todo esto junto constituye la oración verdadera, y si uno de esos elementos falta, o bien la oración es imperfecta, o bien no existe «.

El primer tipo de oración, vocal o corporal, es la oración de los labios y de la lengua; consiste en leer o recitar ciertas fórmulas, en arrodillarse, en permanecer de pie o postergarse. Resulta claro que dicha oración, si es puramente vocal o corporal, no es realmente una oración. Además del hecho de recitar fórmulas, es esencial concentrarse interiormente sobre el sentido de lo que decimos, encerrado nuestro intelecto en las palabras de la oración. Es así cómo se desarrolla el primer grado de la oración, que en forma completamente natural llega a ser el segundo grado; toda oración vocal,  para ser digna de ese nombre, debe ser, hasta cierto punto, una oración interior o una oración del intelecto.

A medida que la oración se interioriza, la recitación exterior se hace menos importante. Basta que el intelecto piense interiormente las palabras sin ningún movimiento de los labios; sucede así que el intelecto ora sin formar ninguna palabra. Sin embargo, aquellos que están adelantados en los caminos de la oración, querrán a veces, hacer uso de la oración vocal ordinaria, pero está también será una oración interior del intelecto.

 No es suficiente, sin embargo, alcanzar el segundo grado; durante el tiempo que la oración permanece en la cabeza, en el intelecto o en el cerebro, ella es incompleta e imperfecta. Es necesario descender de la cabeza del corazón, «encontrar el lugar del corazón”, «hacer descender el intelecto en el corazón”, «unir el intelecto con el corazón”. Entonces la oración llegará a ser verdaderamente «la oración del corazón», la oración, no de una sola facultad, sino del hombre entero: alma espíritu y cuerpo; la oración no solo de la inteligencia, de la razón natural, sino del espíritu con su poder particular de entrar en contacto directo con Dios.

Señalemos que la oración del corazón no es solo la del alma y el espíritu, sino igualmente la del cuerpo. Es necesario no olvidar que, entre otras cosas, el corazón es igualmente un órgano corporal. El corazón tiene, él también, un rol positivo que jugar en la obra de la oración. Esto resalta claramente en la vida de los santos ortodoxos, cuyos cuerpos, durante la oración, fueron exteriormente transfigurados por la luz divina, igual que el cuerpo de Cristo fue transfigurado sobre el Thabor.

La oración del corazón toma dos formas diferentes: Una -tales las palabras de Teófano-, es «ardua, cuando el hombre se esfuerza por alcanzar la por sí mismo», y la otra «espontánea, cuando la oración existe y actúa por sí misma”. En el primer grado, la oración es todavía algo que el hombre ofrece mediante su propio esfuerzo consciente, ayudado naturalmente por la gracia de Dios. En el segundo grado, es otorgada al hombre como un don; a él le parece qué es «tomado por la mano y llevado por la fuerza de una habitación a la otra». Ya no es él quién ora, sino el Espíritu de Dios el que ora en él. Una oración semejante, acordada como un don, puede venir solo de tiempo en tiempo, o ser, por el contrario, incesante. En el segundo caso, la oración se prosigue independientemente de lo que se haga, se hable o se escriba; se prolonga en los sueños y despierta al hombre cuando llega por la mañana. La oración no es ya una serie de actos, ha llegado a ser un estado; entonces se ha descubierto cómo cumplir el mandato de San Pablo: «orad sin cesar”. Según las palabras de Isaac el sirio: «cuando el espíritu hace su morada en un hombre, este no cesa de orar, pues el espíritu ora constantemente en el. En estado de vigilia o de sueño, la oración no se detiene jamás en su alma, ya sea que coma o beba, que esté tendido o realizando un trabajo y, aún cuando está sumergido en el sueño, el perfume de la oración respira espontáneamente en su corazón». Cómo canta la Biblia: «duermo, pero mi corazón vela”. (Cant. 5,2).

A partir de ese momento, la oración del corazón comienza a tomar la forma de una «oración mística», en el sentido más restringido del término; es lo que Teófano llama la “oración contemplativa», o la «que sobrepasa los límites de la conciencia». En el estado de contemplación, nos dice, «el intelecto y la visión toda entera se hacen cautivos de un objeto espiritual tan irresistible que todas las cosas exteriores son olvidadas y enteramente ausentes de la conciencia. El intelecto y la conciencia son sumergidos tan completamente en el objeto contemplado que es como si no se los poseyeran más». Teófano llama a ese estado de contemplación “oración de éxtasis» o «arrobamiento».

En esta antología hay, sin embargo, muy poco sobre esos estados elevados de oración. aquellos que no tienen una experiencia personal de tal oración no comprenderían lo que pudiera decirse, mientras que aquellos que la experimentaron, no tienen necesidad de libros.

Extraído del prólogo de Kallistos Ware del libro «El arte de la oración».




El intelecto en el corazón.

¿Qué es la oración? ¿Cuál es su esencia? ¿Cómo podemos aprender a orar? ¿Qué experimenta el cristiano que ora en la humildad de su corazón? tales son las preguntas a las que este libro desearía responder. Presenta un cuadro de la oración en sus diferentes grados, desde la oración vocal ordinaria hasta la oración perpetua del corazón; pero trata, ante todo, de una forma particular de la oración conocida en la Iglesia Ortodoxa bajo el nombre de Oración de Jesús. Se trata de una de las más simples entre todas las oraciones cristianas; consiste en una frase única “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí”. 9 palabras en español, en ruso, en griego no más de 7. Es sin embargo alrededor de esas pocas palabras que a través de los siglos muchos ortodoxos han edificado su vida espiritual y es por medio de esta oración que han penetrado los misterios más profundos del conocimiento cristiano. Ahora bien, la presente obra busca explicar cómo los hombres pudieron descubrir tantas cosas en una frase tan corta. 

La definición de la oración que se puede encontrar en esta antología es extremadamente simple. La oración es, ante todo, el estado de aquel que se presenta ante Dios. Según las palabras de San Dimitri de Rostov (siglo 17),  la oración consiste en volver hacia Dios la inteligencia y los pensamientos: “Orar significa presentarse ante Dios con el intelecto mirarlo mentalmente sin apartarse y conversar con él en un temor y una esperanza plenas de respeto”.  La expresión “presentarse ante Dios” aparece muchas veces bajo la pluma de Teófano: “Lo esencial consiste en presentarse ante Dios con el intelecto encerrado en el corazón y perseverar así noche y día hasta el fin de la vida”; “No será contradecir el sentido de las instrucciones de los Santos Padres afirmar: ‘comportaos como queráis desde el momento en que aprendáis a presentaros ante Dios con el intelecto encerrado en el corazón, pues es allí donde se encuentra la esencia de la oración’”. Este hecho de presentarse ante Dios puede acompañarse con palabras o bien permanecer sin palabras. Se puede hablar a Dios, o bien permanecer silenciosamente en su presencia, sin decir nada, pero consciente de que él está cerca de nosotros, “más cerca nuestro que nuestra propia alma”. Así como lo dice Teófano: “la oración interior significa que se permanece ante Dios con el intelecto unido al corazón sea viviendo simplemente en su presencia, sea expresando súplicas, acciones de gracias, o alabanzas”.

Mientras que San Dimitri habla de “permanecer ante Dios con el intelecto” Teófano se muestra más preciso y dice “permanecer ante Dios con el intelecto unido al corazón o encerrado en el corazón” está noción, permanecer con el intelecto en el corazón, constituye uno de los principios cardinales de la doctrina ortodoxa sobre la oración. Para percibir todo lo que implica esta fórmula es necesario comenzar por examinar rápidamente la enseñanza ortodoxa sobre la naturaleza humana. Teófano y los otros autores citados en el “arte de la oración” distinguen en el hombre tres elementos: el cuerpo, el alma y el espíritu, que Teófano describe así: “el cuerpo está hecho de tierra, no es por lo tanto algo muerto sino por el contrario algo vivo provisto de un alma viviente. En está alma ha sido insuflado un espíritu, el Espíritu de Dios destinado a conocerlo, glorificarlo, buscarlo y a gustar y encontrar la alegría en él y en ninguna otra cosa. El alma es por consiguiente el principio fundamental de la vida, lo que hace de un ser humano algo viviente por oposición a una masa de carne inanimada. Sin embargo, mientras que el alma existe ante todo sobre el plano natural, el Espíritu nos pone en contacto con el orden de las realidades divinas. Es la facultad más elevada del hombre y la que nos hace aptos para entrar en comunión con Dios. En tanto qué tal, el espíritu del hombre está estrechamente ligado a la tercera persona de la Santa Trinidad, el Espíritu Santo o Espíritu de Dios; pero, a pesar de esta estrecha conexión, no son idénticos. Confundirlos nos conduciría al panteísmo.

El cuerpo, el alma y el espíritu tienen, cada uno su manera particular de conocer: el cuerpo conoce por los cinco sentidos, el alma por el razonamiento intelectual, el espíritu por la conciencia, por una percepción mística que trasciende los procedimientos ordinarios de la razón humana.

Fuera de esos tres elementos: el espíritu, el alma y el cuerpo hay otro aspecto de la naturaleza humana que permanece por afuera de esta clasificación tripartita: el corazón. El término corazón tiene una importancia muy particular en la doctrina ortodoxa sobre el hombre. Cuando en Occidente se habla del corazón se entiende por ello las emociones y los afectos; pero en la Biblia como en la mayoría de los libros ascéticos de la Iglesia Ortodoxa, el Corazón tiene una significación mucho más rica: es el órgano principal del ser humano, físico y espiritual; es el centro de la vida, el principio determinante de todas sus actividades y todas sus aspiraciones. El corazón incluye igualmente las emociones y los afectos pero significa mucho más; abraza todo lo que constituye lo que nosotros llamamos una “persona”.

 Las homilías de San Macario desarrollan esta noción del corazón: “el corazón gobierna sobre todo organismo corporal y reina sobre él, y cuando la gracia posee al corazón, ella gobierna todos los miembros y todos los pensamientos, pues es en el corazón que se encuentra el intelecto y todos los pensamientos del alma, así como sus deseos; por su intermedio la gracia penetra igualmente todos los miembros del cuerpo”.

 “El corazón es de una profundidad insondable; podemos encontrar allí salas de recepción y dormitorios, puertas y portales, numerosas oficinas y pasajes. Se encuentra allí el taller de la justicia tanto como el de la maldad. La muerte y la vida están en el. El corazón es el palacio de Cristo, es allí donde Cristo, nuestro Rey, viene a tomar su reposo con los ángeles y los espíritus de los Santos; en él permanece, lo recorre y establece su reino”.

“El corazón no es más que un pequeño navío y, sin embargo, allí se encuentran leones, dragones, criaturas venenosas y todos los refinamientos de la maldad; los senderos rugosos y ásperos y los abismos abiertos. Pero también están Dios y los ángeles, la vida y el reino, la luz y los apóstoles, la Ciudad Celeste y los tesoros de la gracia. Todo está allí.

Así comprendido, resulta claro que el corazón no se confunde con ninguno de los tres elementos constitutivos del hombre, el cuerpo, el alma o el espíritu, pero que, sin embargo, está ligado a cada uno de los tres.

El corazón es una realidad material; es una parte de nuestro cuerpo, el centro de nuestro organismo desde el punto de vista físico. Ese aspecto material del corazón no debe ser olvidado cuando los textos ascéticos ortodoxos hablan del corazón. Ellos entienden, entre otras cosas, el corazón carnal, un músculo del cuerpo, y es necesario evitar comprenderlos únicamente desde el punto de vista simbólico o metafórico.

El corazón está de una manera especial ligado al psiquismo del hombre, a su alma. Cuando el corazón cesa de latir, sabemos que el alma ya no está en el cuerpo. Además, lo que nos interesa aquí muy especialmente, el corazón está ligado al espíritu, como dice Teófano: “el corazón, es el hombre profundo, el espíritu. Es en él que se encuentra la conciencia, la idea de Dios y nuestra dependencia total en relación a él y todos los tesoros eternos de la vida espiritual”. La palabra corazón, nos dice, debe a veces ser comprendida no en su sentido ordinario sino en el sentido de “hombre interior” según San Pablo o según San Pedro “el hombre oculto del corazón”. Es el espíritu a la imagen de Dios que fue insuflado en el primer hombre y que permanece en nosotros incluso después de la caída. Es por ello que los autores griegos y rusos gustan de citar este texto: “el hombre interior y el corazón son de una profundidad e inconmensurable” Salmo 63:7. Ese “corazón profundo” es el espíritu del hombre; él designa el centro o la cima de nuestro ser, lo que los místicos romanos y flamencos llaman “el fondo del alma”. Es allí, en el corazón profundo, donde el hombre encuentra a Dios frente a frente.

Sabiendo esto, es posible comprender en alguna medida lo que Teófano quiere decir cuando describe la oración como el estado de aquel que “se presenta ante Dios con la inteligencia en el corazón”. Durante todo el tiempo que el asceta ora con el intelecto en la cabeza actúa únicamente con los recursos de la inteligencia humana y a este nivel no realizará jamás un encuentro personal inmediato con Dios. Mediante el uso de su cerebro él puede saber algo respecto de Dios, pero no puede conocer a Dios. En efecto, no puede tener conocimiento directo de Dios sin un amor muy intenso, y un amor semejante debe venir no solo del cerebro, sino del hombre todo entero, es decir, del corazón. Es necesario pues que el asceta descienda de su cabeza su corazón. no se le pide abandonar sus potencias intelectuales -la razón también es un don de Dios- pero debe descender con su intelecto a su corazón.

Comienza, entonces, por descender a su corazón natural y, de allí, a su corazón profundo, en ese lugar interior del corazón que no es ya una realidad carnal. Allí, en esas profundidades descubre en primer lugar el espíritu con la semejanza de Dios que la Santísima Trinidad insufló en el hombre en el momento de la creación, y con ese espíritu, llega a conocer el Espíritu de Dios que permanece en cada cristiano a partir del bautismo, aunque la mayoría de nosotros no tenga conciencia de su presencia. En esa perspectiva todo el fin de la vida ascética y mística consiste en redescubrir la gracia del bautismo. Aquél que quiera avanzar a lo largo del sendero de la oración interior debe “volver en sí mismo”, encontrar el reino de los cielos que está en el interior, y de esa manera pasar la frontera misteriosa que separa lo creado de lo increado. 

Extraído del prólogo de Kallistos Ware del libro «el arte de la oración»