¿Qué es la oración? ¿Cuál es su esencia? ¿Cómo podemos aprender a orar? ¿Qué experimenta el cristiano que ora en la humildad de su corazón? tales son las preguntas a las que este libro desearía responder. Presenta un cuadro de la oración en sus diferentes grados, desde la oración vocal ordinaria hasta la oración perpetua del corazón; pero trata, ante todo, de una forma particular de la oración conocida en la Iglesia Ortodoxa bajo el nombre de Oración de Jesús. Se trata de una de las más simples entre todas las oraciones cristianas; consiste en una frase única “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí”. 9 palabras en español, en ruso, en griego no más de 7. Es sin embargo alrededor de esas pocas palabras que a través de los siglos muchos ortodoxos han edificado su vida espiritual y es por medio de esta oración que han penetrado los misterios más profundos del conocimiento cristiano. Ahora bien, la presente obra busca explicar cómo los hombres pudieron descubrir tantas cosas en una frase tan corta.
La definición de la oración que se puede encontrar en esta antología es extremadamente simple. La oración es, ante todo, el estado de aquel que se presenta ante Dios. Según las palabras de San Dimitri de Rostov (siglo 17), la oración consiste en volver hacia Dios la inteligencia y los pensamientos: “Orar significa presentarse ante Dios con el intelecto mirarlo mentalmente sin apartarse y conversar con él en un temor y una esperanza plenas de respeto”. La expresión “presentarse ante Dios” aparece muchas veces bajo la pluma de Teófano: “Lo esencial consiste en presentarse ante Dios con el intelecto encerrado en el corazón y perseverar así noche y día hasta el fin de la vida”; “No será contradecir el sentido de las instrucciones de los Santos Padres afirmar: ‘comportaos como queráis desde el momento en que aprendáis a presentaros ante Dios con el intelecto encerrado en el corazón, pues es allí donde se encuentra la esencia de la oración’”. Este hecho de presentarse ante Dios puede acompañarse con palabras o bien permanecer sin palabras. Se puede hablar a Dios, o bien permanecer silenciosamente en su presencia, sin decir nada, pero consciente de que él está cerca de nosotros, “más cerca nuestro que nuestra propia alma”. Así como lo dice Teófano: “la oración interior significa que se permanece ante Dios con el intelecto unido al corazón sea viviendo simplemente en su presencia, sea expresando súplicas, acciones de gracias, o alabanzas”.
Mientras que San Dimitri habla de “permanecer ante Dios con el intelecto” Teófano se muestra más preciso y dice “permanecer ante Dios con el intelecto unido al corazón o encerrado en el corazón” está noción, permanecer con el intelecto en el corazón, constituye uno de los principios cardinales de la doctrina ortodoxa sobre la oración. Para percibir todo lo que implica esta fórmula es necesario comenzar por examinar rápidamente la enseñanza ortodoxa sobre la naturaleza humana. Teófano y los otros autores citados en el “arte de la oración” distinguen en el hombre tres elementos: el cuerpo, el alma y el espíritu, que Teófano describe así: “el cuerpo está hecho de tierra, no es por lo tanto algo muerto sino por el contrario algo vivo provisto de un alma viviente. En está alma ha sido insuflado un espíritu, el Espíritu de Dios destinado a conocerlo, glorificarlo, buscarlo y a gustar y encontrar la alegría en él y en ninguna otra cosa. El alma es por consiguiente el principio fundamental de la vida, lo que hace de un ser humano algo viviente por oposición a una masa de carne inanimada. Sin embargo, mientras que el alma existe ante todo sobre el plano natural, el Espíritu nos pone en contacto con el orden de las realidades divinas. Es la facultad más elevada del hombre y la que nos hace aptos para entrar en comunión con Dios. En tanto qué tal, el espíritu del hombre está estrechamente ligado a la tercera persona de la Santa Trinidad, el Espíritu Santo o Espíritu de Dios; pero, a pesar de esta estrecha conexión, no son idénticos. Confundirlos nos conduciría al panteísmo.
El cuerpo, el alma y el espíritu tienen, cada uno su manera particular de conocer: el cuerpo conoce por los cinco sentidos, el alma por el razonamiento intelectual, el espíritu por la conciencia, por una percepción mística que trasciende los procedimientos ordinarios de la razón humana.
Fuera de esos tres elementos: el espíritu, el alma y el cuerpo hay otro aspecto de la naturaleza humana que permanece por afuera de esta clasificación tripartita: el corazón. El término corazón tiene una importancia muy particular en la doctrina ortodoxa sobre el hombre. Cuando en Occidente se habla del corazón se entiende por ello las emociones y los afectos; pero en la Biblia como en la mayoría de los libros ascéticos de la Iglesia Ortodoxa, el Corazón tiene una significación mucho más rica: es el órgano principal del ser humano, físico y espiritual; es el centro de la vida, el principio determinante de todas sus actividades y todas sus aspiraciones. El corazón incluye igualmente las emociones y los afectos pero significa mucho más; abraza todo lo que constituye lo que nosotros llamamos una “persona”.
Las homilías de San Macario desarrollan esta noción del corazón: “el corazón gobierna sobre todo organismo corporal y reina sobre él, y cuando la gracia posee al corazón, ella gobierna todos los miembros y todos los pensamientos, pues es en el corazón que se encuentra el intelecto y todos los pensamientos del alma, así como sus deseos; por su intermedio la gracia penetra igualmente todos los miembros del cuerpo”.
“El corazón es de una profundidad insondable; podemos encontrar allí salas de recepción y dormitorios, puertas y portales, numerosas oficinas y pasajes. Se encuentra allí el taller de la justicia tanto como el de la maldad. La muerte y la vida están en el. El corazón es el palacio de Cristo, es allí donde Cristo, nuestro Rey, viene a tomar su reposo con los ángeles y los espíritus de los Santos; en él permanece, lo recorre y establece su reino”.
“El corazón no es más que un pequeño navío y, sin embargo, allí se encuentran leones, dragones, criaturas venenosas y todos los refinamientos de la maldad; los senderos rugosos y ásperos y los abismos abiertos. Pero también están Dios y los ángeles, la vida y el reino, la luz y los apóstoles, la Ciudad Celeste y los tesoros de la gracia. Todo está allí.
Así comprendido, resulta claro que el corazón no se confunde con ninguno de los tres elementos constitutivos del hombre, el cuerpo, el alma o el espíritu, pero que, sin embargo, está ligado a cada uno de los tres.
El corazón es una realidad material; es una parte de nuestro cuerpo, el centro de nuestro organismo desde el punto de vista físico. Ese aspecto material del corazón no debe ser olvidado cuando los textos ascéticos ortodoxos hablan del corazón. Ellos entienden, entre otras cosas, el corazón carnal, un músculo del cuerpo, y es necesario evitar comprenderlos únicamente desde el punto de vista simbólico o metafórico.
El corazón está de una manera especial ligado al psiquismo del hombre, a su alma. Cuando el corazón cesa de latir, sabemos que el alma ya no está en el cuerpo. Además, lo que nos interesa aquí muy especialmente, el corazón está ligado al espíritu, como dice Teófano: “el corazón, es el hombre profundo, el espíritu. Es en él que se encuentra la conciencia, la idea de Dios y nuestra dependencia total en relación a él y todos los tesoros eternos de la vida espiritual”. La palabra corazón, nos dice, debe a veces ser comprendida no en su sentido ordinario sino en el sentido de “hombre interior” según San Pablo o según San Pedro “el hombre oculto del corazón”. Es el espíritu a la imagen de Dios que fue insuflado en el primer hombre y que permanece en nosotros incluso después de la caída. Es por ello que los autores griegos y rusos gustan de citar este texto: “el hombre interior y el corazón son de una profundidad e inconmensurable” Salmo 63:7. Ese “corazón profundo” es el espíritu del hombre; él designa el centro o la cima de nuestro ser, lo que los místicos romanos y flamencos llaman “el fondo del alma”. Es allí, en el corazón profundo, donde el hombre encuentra a Dios frente a frente.
Sabiendo esto, es posible comprender en alguna medida lo que Teófano quiere decir cuando describe la oración como el estado de aquel que “se presenta ante Dios con la inteligencia en el corazón”. Durante todo el tiempo que el asceta ora con el intelecto en la cabeza actúa únicamente con los recursos de la inteligencia humana y a este nivel no realizará jamás un encuentro personal inmediato con Dios. Mediante el uso de su cerebro él puede saber algo respecto de Dios, pero no puede conocer a Dios. En efecto, no puede tener conocimiento directo de Dios sin un amor muy intenso, y un amor semejante debe venir no solo del cerebro, sino del hombre todo entero, es decir, del corazón. Es necesario pues que el asceta descienda de su cabeza su corazón. no se le pide abandonar sus potencias intelectuales -la razón también es un don de Dios- pero debe descender con su intelecto a su corazón.
Comienza, entonces, por descender a su corazón natural y, de allí, a su corazón profundo, en ese lugar interior del corazón que no es ya una realidad carnal. Allí, en esas profundidades descubre en primer lugar el espíritu con la semejanza de Dios que la Santísima Trinidad insufló en el hombre en el momento de la creación, y con ese espíritu, llega a conocer el Espíritu de Dios que permanece en cada cristiano a partir del bautismo, aunque la mayoría de nosotros no tenga conciencia de su presencia. En esa perspectiva todo el fin de la vida ascética y mística consiste en redescubrir la gracia del bautismo. Aquél que quiera avanzar a lo largo del sendero de la oración interior debe “volver en sí mismo”, encontrar el reino de los cielos que está en el interior, y de esa manera pasar la frontera misteriosa que separa lo creado de lo increado.
Extraído del prólogo de Kallistos Ware del libro «el arte de la oración»